El clímax estuvo en la pileta

Las hinchadas también vivieron la tensión del partido; fue la de “Nales” la que pudo liberarse.

CAMPEONES AL AGUA. Los jugadores no dudaron en zambullirse en la pileta luego de festejar en la cancha con la gente y haber dado la tradicional vuelta olímpica. Los festejos continuaron por todo el club. la gaceta / fotos de héctor peralta CAMPEONES AL AGUA. Los jugadores no dudaron en zambullirse en la pileta luego de festejar en la cancha con la gente y haber dado la tradicional vuelta olímpica. Los festejos continuaron por todo el club. la gaceta / fotos de héctor peralta
Era difícil para las dos hinchadas ponerle música a la final. La tensión era demasiada en todo momento. Hasta cuando Cardenales ganaba por 10 puntos, la mayor diferencia que sacó en el partido. La definición del certamen se descomprimió cuando el árbitro marcó el final. Ahí sí, los “purpurados” tomaron el mando de los festejos por el triunfo ante Los Tordos.

Invasión al campo, en total desorden armónico como suele ofrecer el rugby. Simpatizantes que pintan canas sí, pero que su estupendo porte físico delataba que alguna vez jugaron al rugby, cantaban a rabiar una de sus canciones clásicas en la zona de butacas. La bandera gigante que estuvo bastante quieta en la tribuna, como la de Los Tordos también, ahora ondeaba entre los jugadores, coches de bebé, rivales con lágrimas en los ojos y con otros que lloraban, pero de alegría.

La banda sonora del festejo no se detuvo hasta casi media hora más tarde de la coronación y de tal nivel fue el show que hubo cambio de escenario. El cierre, de varios minutos por cierto, fue pasado por agua porque, si bien por primera vez Cardenales ganó el torneo, no por eso había que saltearse la tradición del festejo en la pileta.

Porqué no pensar que el agua verde, más que por el largo tiempo en reposo, reflejó la esperanza de toda una institución. No vaciar el natatorio en época otoñal adquirió otra dimensión porque se convirtió en corolario de un festejo histórico para el “purpurado”.

Fue un momento cumbre que fue custodiado desde los bordes por los hinchas que fueron testigos en silencio. No porque haya sido una caricia al oído escuchar cantar a los jugadores “purpurados”, sino porque merecían ese respeto y que su voz retumbe en todo el club. Hasta el bombo de “La Matienzo” (una facción de la barrabrava de San Martín) de licencia obligada por la suspensión del fútbol, dejó de hacer ruido y le dio paso a los estruendos de los hombres campeones.

El clímax fue con el hit que deben haber practicado durante toda la semana, como alguna estrategia de entrenamiento. Pero la composición, de seguro, se ensayó a puertas cerradas, incluso solo en sus cabezas. Era arriesgado entrenar las cuerdas vocales en voz alta, hasta de mala suerte podría haber sido.

Sonó bien, de hecho, fue lo más afinado que entonaron los rugbiers. Fue el canto más deseado de todo el cancionero “purpurado” porque tras cuatro finales cedidas la sensación no pudo haber sido acompañada con tan buen ritmo. “Borombombom, Borombombom, el maleficio, se terminó...”.

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