Fotoreportaje: huellas de lucha - LA GACETA Tucumán

Fotoreportaje: huellas de lucha

A 37 años de su cierre, los galpones abandonados de la Textil La Escalada, en Los Ralos, son reductos de la memoria. En su interior, máquinas e instalaciones fueron testigos de luchas y sueños de progreso

04 May 2015
Jorge Olmos Sgrosso - Redacción LA GACETA

El 28 de junio de 1966 la Argentina sufría un golpe militar.  Era derrocado el presidente Arturo Illia. Su honradez y ciertas medidas económicas que había tomado se mostraban contrarias a los intereses de algunos sectores empresariales tanto nacionales como internacionales, y a una parte importante e influyente del sindicalismo.

Juan Carlos Onganía, general del Ejército, asumió el mando de la autodenominada “Revolución Argentina”. Su gobierno estuvo marcado por el autoritarismo; la opresión hacia los trabajadores; la censura mediática, cultural y política, y por la violencia con que se reprimía cualquier manifestación contraria al régimen.

La provincia de Tucumán y su industria azucarera padecieron las medidas económicas de aquel gobierno militar. Mediante una violenta intervención armada, se cerraron 11 ingenios. Eso empujó al exilio a casi 250.000 habitantes, la tercera parte de la población en ese momento. 

En la localidad de Los Ralos, a 25 kilómetros de San Miguel de Tucumán, el ingenio homónimo cerró sus puertas al finalizar la zafra del año 1966. Eso puso en jaque el destino de sus pobladores.

En los galpones de depósito de azúcar del ex ingenio, el empresario textil y ex presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), Raúl Lamuraglia, instaló la hilandería “Textil La Escalada” en julio del año 1967. Ocupó obreros que antes habían trabajado en el ingenio. El empresario era acusado de no cumplir con el pago del jornal, de explotar a los empleados y maltratarlos. Se produjeron despidos injustificados sin el pago de la indemnización correspondiente. Esta suma de factores impulsó una huelga el 22 de octubre de 1969 que desembocó en la toma de la fábrica por parte de los obreros, que habían pasado tres meses sin haber recibido respuestas a sus reclamos.


Cierre y reapertura

Tras esa lucha, la hilandería dejó de funcionar bajo la órbita privada y se decretó su expropiación. Finalmente reabrió en 1973 ya en el ámbito estatal. El empeño y la dedicación al trabajo caracterizaba a los obreros raleños que, entonces más que nunca, sentían la fábrica como propia.

Con el golpe militar del 24 de marzo de 1976, la fábrica, al igual que toda la Argentina, fue víctima de la violencia, el terrorismo de Estado, la persecución y la tortura. Volvieron el maltrato y la explotación laboral. El miedo dominaba y la protesta era mala palabra. Se hablaba de la fábrica como “un nido de subversivos”. Con la maquinaria del terrorismo estatal a toda marcha, en la textil no sorprendía la ausencia de algunos de los dirigentes que habían impulsado la protesta del año 69.

Cinco de sus trabajadores continúan hoy desaparecidos. En el año 2014, los restos de Lisandro Díaz y de Domingo Díaz, quienes participaron en huelga, fueron hallados en la fosa común y clandestina llamada “Pozo de Vargas”.

Finalmente, con el objetivo de desarticular las conquistas de la clase trabajadora, la dictadura decidió cerrar la fábrica en el año 1978, y con ella los sueños de un trabajo digno y de un mañana floreciente para Los Ralos y sus generaciones futuras.

Juan Francisco Cabrera, quien, junto a su amigo Juan “el cabudo” Bórquez, inició la histórica huelga, recuerda con espanto los tormentos que sufrió en junio de 1977 durante los 21 días más largos de su vida; aquello ocurrió mientras estuvo secuestrado en Arsenales, el centro clandestino de detención más grande que tuvo Tucumán. Cuenta que recibía golpes, ahogamientos en recipientes de agua y descargas eléctricas que lo dejaban inconsciente, entre otras torturas. Lo acusaban de subversivo por su pasada lucha contra la opresión en la fábrica. Su testimonio sirvió para condenar en 2013 a militares que actuaron en Tucumán en la dictadura.

Hoy, con 78 años, sueña con el renacimiento de un polo industrial en la región. Ese fue el anhelo de juventud de todos sus compañeros. Está convencido de que sin la lucha hubieran seguido oprimiendo a los trabajadores y que sin esa pelea que se mostraba como interminable, Los Ralos sería hoy un pueblo muerto. “El espíritu de la lucha está presente siempre y también se encuentra en el trabajo. Resueltos los problemas, hay que trabajar. El trabajador es responsable de sus actos y de su fuente laboral”, sostiene con firmeza. “No hay sociedad justa sin valores como la dignidad, la libertad, el respeto, la solidaridad y fraternidad. Y el principal vehículo para llegar a estos valores es la educación. La dictadura atacó esos valores. Eliminó y nos dejó sin una ejemplar generación de dirigentes gremiales, que hoy nos hacen tanta falta”.

Hoy los galpones de la textil de Los Ralos son testigos mudos de la historia: sus máquinas e instalaciones se encuentran tal cual quedaron hace 37 años. Las acorrala solamente la corrosión del paso del tiempo y el vandalismo. 

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