Los trapos sucios se lavan en casa. Al menos eso nos enseñaron nuestros abuelos. Pero esta consigna tan arraigada en otras democracias no vale ni como saldo de temporada en la Argentina. Porque aquí, los trapos sucios ni siquiera se lavan: permanecen sucios y escondidos para no levantar el anatema de la sospecha. De hecho, nuestros funcionarios se comportan como si los ciudadanos de este país fuésemos en realidad extranjeros a los que hay que ocultarles la mugre debajo de la alfombra, mientras se los intenta convencer de que todo marcha viento en popa.
Se nos dice, por ejemplo, que en Tucumán jamás hubo un gobierno tan activo como éste; que en esta “década ganada” se hicieron inversiones nunca antes vistas y que el crecimiento ha sido histórico. Pero la realidad muestra algo muy distinto: muestra una ciudad dominada por la basura y la desidia, un turismo que no puede despegar de su nivel más básico y una escalada de inseguridad y violencia propia de sociedades salvajes. Y, como si eso fuera poco, el abismo económico acecha a la vuelta de la esquina, mientras la presión fiscal agobia a la clase media como en una suerte de terrorífico deja vù feudal. Por eso, decirle a alguien lo bien que luce, cuando en realidad se siente fatal, es una soberbia tomadura de pelo. Esta crisis, que no es sólo política sino fundamentalmente moral, nos está haciendo madurar como sociedad. Ya no estamos para cuentos o para los habituales discursos de la política pretérita. Ahora sabemos cuáles son nuestros problemas y queremos que esos problemas sean enfrentados de una buena vez. Tenemos demasiados trapos sucios en el armario. Y hay que limpiarlos. Está bien que no se los enseñemos a las visitas, pero no tenemos por qué seguir escondiéndolos en el ropero. Merecemos -ya casi da vergüenza repetirlo- la verdad. Y la verdad es que la crisis nos ha develado una provincia poco competitiva que ni siquiera ha sabido explotar sus enormes riquezas turísticas. Si uno transita por los principales circuitos lo que va a encontrar -lo que se sigue encontrando- es una gran belleza siempre rodeada por una gran desidia. Porque a pocos días del inicio del receso invernal -que es nuestra temporada turística fuerte- los caminos que llevan a esos tesoros naturales siguen tan agrietados y enfermos como hace cinco años. Da pena ver -y el que firma estas líneas puede dar fe de ello- a las familias tucumanas buscando un lugar digno para hacer un picnic en el dique El Cadillal porque o la maleza domina el sector o hay pocos merenderos en pie. Da pena y también bronca, porque se ha hecho un esfuerzo enorme para dotar a la zona de atractivos como la aerosilla que atrae a multitudes cada fin de semana. Lo mismo sucede con los basurales que proliferan por toda la ciudad y que siguen siendo -qué duda cabe- la primera bofetada con la que recibimos a nuestros visitantes. La segunda vendrá después, cuando deban circular por calles agrietadas y rutas sin carteles indicadores.
Estos ejemplos bastan para darnos cuenta de que la realidad que vivimos es muy distinta de la que pregonan los funcionarios. “Es una realidad mendaz”, como diría Marcos Aguinis. Hay un cuento infantil que se llama “El gran palacio de la mentira”, cuyos protagonistas son duendes que construyen sendos palacios. Uno va levantándose con cada verdad. El otro se edifica con bloques de mentiras. Este último va creciendo y creciendo con artimañas, medias verdades y falsedades. El otro, ladrillo a ladrillo, bien despacio. Un día el palacio de la mentira empieza a resquebrajarse: sus ladrillos de cristal no pueden soportar el peso y se hacen añicos. El cuento, dicen, es una ingeniosa alegoría sobre nuestra vida: nada puede erigirse con discursos mentirosos o con verdades a medias, ya que tarde o temprano todo se desmorona. La mentira no es ausencia de verdad sino, sobre todo, falta de moral. Vale la pena tenerlo en cuenta, porque aún estamos a tiempo de salvar nuestro palacio.
Se nos dice, por ejemplo, que en Tucumán jamás hubo un gobierno tan activo como éste; que en esta “década ganada” se hicieron inversiones nunca antes vistas y que el crecimiento ha sido histórico. Pero la realidad muestra algo muy distinto: muestra una ciudad dominada por la basura y la desidia, un turismo que no puede despegar de su nivel más básico y una escalada de inseguridad y violencia propia de sociedades salvajes. Y, como si eso fuera poco, el abismo económico acecha a la vuelta de la esquina, mientras la presión fiscal agobia a la clase media como en una suerte de terrorífico deja vù feudal. Por eso, decirle a alguien lo bien que luce, cuando en realidad se siente fatal, es una soberbia tomadura de pelo. Esta crisis, que no es sólo política sino fundamentalmente moral, nos está haciendo madurar como sociedad. Ya no estamos para cuentos o para los habituales discursos de la política pretérita. Ahora sabemos cuáles son nuestros problemas y queremos que esos problemas sean enfrentados de una buena vez. Tenemos demasiados trapos sucios en el armario. Y hay que limpiarlos. Está bien que no se los enseñemos a las visitas, pero no tenemos por qué seguir escondiéndolos en el ropero. Merecemos -ya casi da vergüenza repetirlo- la verdad. Y la verdad es que la crisis nos ha develado una provincia poco competitiva que ni siquiera ha sabido explotar sus enormes riquezas turísticas. Si uno transita por los principales circuitos lo que va a encontrar -lo que se sigue encontrando- es una gran belleza siempre rodeada por una gran desidia. Porque a pocos días del inicio del receso invernal -que es nuestra temporada turística fuerte- los caminos que llevan a esos tesoros naturales siguen tan agrietados y enfermos como hace cinco años. Da pena ver -y el que firma estas líneas puede dar fe de ello- a las familias tucumanas buscando un lugar digno para hacer un picnic en el dique El Cadillal porque o la maleza domina el sector o hay pocos merenderos en pie. Da pena y también bronca, porque se ha hecho un esfuerzo enorme para dotar a la zona de atractivos como la aerosilla que atrae a multitudes cada fin de semana. Lo mismo sucede con los basurales que proliferan por toda la ciudad y que siguen siendo -qué duda cabe- la primera bofetada con la que recibimos a nuestros visitantes. La segunda vendrá después, cuando deban circular por calles agrietadas y rutas sin carteles indicadores.
Estos ejemplos bastan para darnos cuenta de que la realidad que vivimos es muy distinta de la que pregonan los funcionarios. “Es una realidad mendaz”, como diría Marcos Aguinis. Hay un cuento infantil que se llama “El gran palacio de la mentira”, cuyos protagonistas son duendes que construyen sendos palacios. Uno va levantándose con cada verdad. El otro se edifica con bloques de mentiras. Este último va creciendo y creciendo con artimañas, medias verdades y falsedades. El otro, ladrillo a ladrillo, bien despacio. Un día el palacio de la mentira empieza a resquebrajarse: sus ladrillos de cristal no pueden soportar el peso y se hacen añicos. El cuento, dicen, es una ingeniosa alegoría sobre nuestra vida: nada puede erigirse con discursos mentirosos o con verdades a medias, ya que tarde o temprano todo se desmorona. La mentira no es ausencia de verdad sino, sobre todo, falta de moral. Vale la pena tenerlo en cuenta, porque aún estamos a tiempo de salvar nuestro palacio.
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