El locro también pide garantía

Julio Marengo
Por Julio Marengo 01 Julio 2014
Confieso que he pagado por locro. Por un locro con pocos motivos para el orgullo local, en uno de esos lugares exclusivos para turistas.

Cuando llegó el plato vimos que tenía cara de sopa: pálido, de aspecto poco alentador, mostraba sus ingredientes a la deriva. Pero como la vista no se aloja en el paladar y el hambre suele tomar sus riesgos, lo probamos. Confirmado: mucha sopa, casi nada de locro. ¿Tendrán libro de quejas? Encuentro miradas cómplices en otros comensales. Pero como en la vida siempre hay revancha, el propio dueño ofrece una segunda chance: humita al plato. La aceptamos, no nos damos por vencidos, aún cuando las empanadas de mondongo ya habían parecido dignas de manos principiantes. Aquí, a 30 minutos de la capital de la empanada. La gentileza no consigue levantar el aplazo. Y claro, la tercera fue la vencida. ¿Postre? Ni locos.

Nos preguntamos: ¿qué pensarán los turistas? ¿Qué pensará un porteño, un cordobés, un salteño que haya venido a parar a estas tierras? Puede parecer menor esta cuestión, ¿pero cómo, en la ciudad más importante del NOA, no somos capaces de deslumbrar con la comida regional? ¿Quién podría controlar esto? El Gobierno puede ver que los restaurantes estén limpios, que paguen impuestos y que los empleados estén en blanco. ¿Pero puede controlar el sabor? Y tal vez sí, deba hacerlo. No clausurando, desde luego, pero sí otorgando un sello de calidad, una garantía de sabor certificada por los paladares más avezados, por las miles de campeonas de la empanada que circulan por la provincia.

“Comité de Comida Regional”, “Junta Provincial del Sabor”, “Comisión Pública del Locro y la Empanada”, “Secretaría de Estado del Buen Comer”... lo pueden llamar como quieran. Pero no corramos el riesgo de que quien nos visite una vez no vuelva nunca más.

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