Ahora saben que hay complicidad entre saqueadores, delincuentes y policías; ahora saben que un acuerdo salarial de magnitud produce un efecto cascada en la administración pública; ahora saben que los saqueadores están organizados y a la espera de una oportunidad para hacer de las suyas; ahora saben que hay que tener funcionarios con capacidad de gestión para tiempos de crisis; ahora saben que no es suficiente una buena caja de recursos para acallar los males sociales; ahora saben que la droga y el narcotráfico han hecho de Tucumán un lugar de asentamiento; ahora saben que gobernar no es sólo gestionar dinero. ¿No lo sabían acaso antes de cumplirse los 30 años de la democracia recuperada, en 10 años de mandato? La pregunta encierra más incredulidad que interrogación. Lo que algunos tucumanos han descubierto -y se han animado a decir después de la semana trágica de diciembre- es que Alperovich no sabe de política y que sus colaboradores no son hábiles funcionarios políticos o, por lo menos, no son buenos “vasos comunicantes”, al decir de un ex secretario de Estado de un gobierno peronista.
¿Vasos comunicantes? Son los que trabajan para el Gobierno de turno y que están en contacto subterráneo con la policía, los sindicalistas, los empresarios, con los vecinos del centro y de las villas; son los que pueden advertir, decirle al poder qué está sucediendo, qué malestar está germinando y que puede derivar en un desborde social. Es decir, los que ponen al gobernante en contacto con la realidad, para lo que no basta una caminata diaria, ni punteros pagos. Todo eso se enmarca como accionar político, de lo cual se deduce que la política no sólo es un salvavidas sino una actividad que requiere de una gimnasia, argucias y un conocimiento especial de la historia y de las relaciones humanas. No es como para justificar la existencia de “profesionales” del rubro, sino más que nada de los viejos “cuadros” políticos. En última instancia se puede hablar de errores políticos cuando estallan las situaciones extremas como en los días trágicos de miedo y saqueo generando una sensación de desgobierno. O sea, hubo equivocaciones en la toma de decisiones por falta de previsión, por falta de preparación política. En algún momento, una crisis iba a poner a prueba los talentos o los defectos de las autoridades, y a potenciarlos. Ya nadie afirma contundentemente que el gobernador es el líder indiscutible de otrora, el dueño de los votos, del PJ y de las instituciones.
Como reflexionó un “compañero”: el tiburón tiene una herida, y con sangre, el resto le pierde el respeto; y se lo devora. Ya han comenzado a animársele al titular del Poder Ejecutivo, hasta del propio peronismo, donde algunos han pateado el tablero para abandonar al kirchnerismo. Otros están alertas, esperando el primer amague para sumarse a la estampida. Es un síntoma, ven debilidades. Ahora bien, observando que la acción política está entre las bolillas que reprobó, las dudas aumentarán entre las huestes. Máxime si supieran que el gobernador habría deslizado hace tiempo que no quería políticos en su gabinete porque “la política contamina”. Seguramente no quería esta clase de gente porque no era un tema en el que descollaba como para anular o tratar a dirigentes con perfil propio. De hecho, muchos que califican como políticos se han colgado de la gestión alperovichista para cubrir espacios de poder, sólo para eso. Se anularon. Habrá que ver si abandonan ese refugio y desempolvan los cuadernos de la materia que hoy quedó en desuso.
¿Qué puede hacer Alperovich para detener la caída libre? Pedir auxilio a los que tienen la espalda curtida en la gestión pública, escucharlos; y solicitar a sus colaboradores pagos que sean más vasos comunicantes.
¿Vasos comunicantes? Son los que trabajan para el Gobierno de turno y que están en contacto subterráneo con la policía, los sindicalistas, los empresarios, con los vecinos del centro y de las villas; son los que pueden advertir, decirle al poder qué está sucediendo, qué malestar está germinando y que puede derivar en un desborde social. Es decir, los que ponen al gobernante en contacto con la realidad, para lo que no basta una caminata diaria, ni punteros pagos. Todo eso se enmarca como accionar político, de lo cual se deduce que la política no sólo es un salvavidas sino una actividad que requiere de una gimnasia, argucias y un conocimiento especial de la historia y de las relaciones humanas. No es como para justificar la existencia de “profesionales” del rubro, sino más que nada de los viejos “cuadros” políticos. En última instancia se puede hablar de errores políticos cuando estallan las situaciones extremas como en los días trágicos de miedo y saqueo generando una sensación de desgobierno. O sea, hubo equivocaciones en la toma de decisiones por falta de previsión, por falta de preparación política. En algún momento, una crisis iba a poner a prueba los talentos o los defectos de las autoridades, y a potenciarlos. Ya nadie afirma contundentemente que el gobernador es el líder indiscutible de otrora, el dueño de los votos, del PJ y de las instituciones.
Como reflexionó un “compañero”: el tiburón tiene una herida, y con sangre, el resto le pierde el respeto; y se lo devora. Ya han comenzado a animársele al titular del Poder Ejecutivo, hasta del propio peronismo, donde algunos han pateado el tablero para abandonar al kirchnerismo. Otros están alertas, esperando el primer amague para sumarse a la estampida. Es un síntoma, ven debilidades. Ahora bien, observando que la acción política está entre las bolillas que reprobó, las dudas aumentarán entre las huestes. Máxime si supieran que el gobernador habría deslizado hace tiempo que no quería políticos en su gabinete porque “la política contamina”. Seguramente no quería esta clase de gente porque no era un tema en el que descollaba como para anular o tratar a dirigentes con perfil propio. De hecho, muchos que califican como políticos se han colgado de la gestión alperovichista para cubrir espacios de poder, sólo para eso. Se anularon. Habrá que ver si abandonan ese refugio y desempolvan los cuadernos de la materia que hoy quedó en desuso.
¿Qué puede hacer Alperovich para detener la caída libre? Pedir auxilio a los que tienen la espalda curtida en la gestión pública, escucharlos; y solicitar a sus colaboradores pagos que sean más vasos comunicantes.
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