Palacios de arena

La ciudadanía pasó el peor momento de los últimos 30 años y ahora el gobierno de Alperovich lo padece. Un exceso de soberbia impidió ver una larga mecha que encendió la crisis policial. Una autocrítica necesaria

Federico Diego van Mameren
Por Federico Diego van Mameren 15 Diciembre 2013

José Alperovich y sus “sijosesistas” jamás podrán recuperarse. Les quedarán magulladuras. Juan Domingo Perón llegó a decir que “cuando el pueblo se cansa, hace tronar el escarmiento”. El pueblo de Tucumán no se cansó: se sintió solo, traicionado, abandonado, desvalorizado. Las autoridades que eligió para que lo gobiernen estos años decidieron darle la espalda. No supieron resolver un conflicto. Y cuando trazaron una estrategia, no sólo fue equivocada sino que fue en contra del ciudadano.

El tiempo, ese sabio que es capaz de poner paños frío en las hogueras, envejece a esta gestión que no sabe cómo explicar lo inexplicable. En estos días, con la ilusión de recuperar la confianza, el afecto y el respeto perdido, el gobernador y sus adláteres han movido algunas piezas. Lo grave es que después de que los tucumanos pasaron el peor momento de los últimos 30 años, la reacción ha sido en cámara lenta. Y fue en Cámara lenta porque Alperovich y los “sijosesistas” tienen miedo de perderlo todo. Y cuando un estadista tiene miedo, está perdido. Por eso titubean. Por eso tantean. Porque están sumidos en una oscuridad de ideas.

En el Poder Ejecutivo cambiaron el jefe de Policía varias horas después, cuando ya el miedo y la ira gobernaban Tucumán. Ahora intentan buscar y meter presos a los que provocaron la levantada -o escondida de los cobardes policías-. Las autoridades que eligieron los tucumanos intentan explicar que quisieron desalojar a la policía, pero no tuvieron el apoyo judicial necesario. Hay quienes bisbisean que un juez demoró y no actuó a tiempo. Si fue así, ¿por qué es sólo un rumor sijosesista y no una denuncia concreta? ¿Dónde está el gobernador que avasallaba con todo y que desobedecía o mandaba hacer a la Justicia lo que era necesario según su lectura?

Hay funcionarios de alto rango que dicen que estaban atados de manos porque eran víctimas de una extorsión por parte de los policías. ¿Por qué no se los denunció por extorsión a los policías? Cabe destacar que el delito de extorsión puede tener penas más graves que el de sedición que denunció el Gobierno. No obstante, grande es la ineptitud de las autoridades, que ante la presión de un centenar -o hasta de 1.000- policías hambrientos -o ambiciosos, dieron la espalda a más de un millón de habitantes. Se equivocaron en el diagnóstico, en la acción y en cómo dijeron algunas cosas. En uno de los peores momentos, desde el Ejecutivo se anunció que era prioritario atender el reclamo de los policías, con lo cual quedaba en segundo plano la población. Está claro que esa no era la intención, pero terminó siendo una verdad, por la impericia.

Ni el ministro Jorge Gassenbauer ni su secretario Paul Hoffer estuvieron a la altura de las circunstancias. Minimizaron los datos que no podían no tener: si hasta circulaban por SMS y se publicaban en Facebook. Y si no sabían que las tropas que ellos debían controlar se iban a desbocar, peor aún.

El gobernador dio la cara pero cuando le preguntaron por la autocrítica se molestó. Alperovich está enojado. Y cuando la ira domina los sentimientos, las decisiones suelen ser equivocadas. Los estadistas, las autoridades, los responsables están obligados a tomar decisiones a cada segundo. Si se enojan, chocarán.

Por eso Alperovich, o quien lo asesore, se confunde cuando sentencia que la sociedad está enojada con la Policía. Es mezquina esa apreciación. Está enojada -pero principalmente herida- con todos. El vecino está molesto con su vecino que no lo ayudó a atrincherarse; miles de tucumanos no pueden ni ver a la policía; el saqueado no sólo está hecho trizas, sino que además desconfía de su cliente, de su amigo, de su vecino; el saqueador dice esta es mi oportunidad porque no la tuvo antes: porque no pudo tener lo que otros ya poseen y se había quedado añorando frente al televisor. Y todos están enojados con el Estado, que debió haberse ocupado de ellos.

La propia ministra de Educación, Silvia Temkin, fue presa de la desesperación del Gobierno. Mandó a los chicos a clase cuando muchos niños venían de ser acunados por los tiros y de estar alterados porque sus padres empuñaban armas para defenderse de otro “que ya venía” y que nunca llegó. La sociedad estuvo presa de la paranoia y no la ayudaron a calmarse. La obligaban a ver normalidad donde no la hubo.

Lo que pasó es muy grave. La herida es profunda.

Cosecharás tu siembra
Es absolutamente comprensible que le esté pasando esto a Alperovich. Nunca atendió las críticas y siempre las minimizó porque escondían -según sus “sijosesistas”- raras intenciones. En Tucumán se llegó a este desquicio porque no hay quicio: porque las instituciones fueron pisoteadas, principalmente, por las autoridades.

Alperovich, además, está solo. También fue alertado por la prensa -que él denosta- sobre los riesgos de dejar pasar fallas. Su ministro de Salud, Pablo Yedlin, autorizó el pago de cursos que incomprobables y lo protegió no le costó el puesto. Su vicegobernador condujo una convención constituyente con un manejo de fondos impresentable e inexplicable y su respuesta fue “no se nada”. Los “sijosesistas” dicen que el problema de la convención es porque hay gente que no lo quiere a Manzur. Respuestas simples para problemas complejos. Les preocupa sacarse rápido las cosas y que el jefe no se altere. Algunos forman parte del Gabinete, pero no son los principales hombres de consulta.

Susana Trimarco padeció la incapacidad del Gobierno y no pasó nada. Pero cuando gritó y la escuchó la Nación, se convirtió en la emperadora. Sus palabras se convierten en hechos. Ella ya hizo cambios en el Ministerio de la Seguridad y ahora los pide en el Ministerio de Gobierno. Nadie le puso freno a esta mujer dolida que desafío a la Justicia. Esta semana reaccionaron algunos jueces, pero ni la Corte ni los funcionarios dicen nada. Le temen.

El mismo celo ha puesto la gestión en defender a capa y espada a los Kirchner en todo momento. Cuando las papas quemaron en Tucumán mandaron los gendarmes, pero el baile siguió. Todo un mensaje para Alperovich, que llegó a obligar a la Legislatura a hacer papelones para cumplir los llamados desde la Casa Rosada.

Los ejemplos sobran en la subestimación que hace el Gobierno provincial sobre el respeto a las instituciones… hasta que el cántaro se rompe. Por eso, cuando el gobernador dice que las manifestaciones contra él tienen infiltrados está diciendo una verdad. Seguramente los hay, pero de ninguna manera eso implica soslayar las 48 horas de terror que hicieron reaccionar a quienes tuvieron miedo.

Los tucumanos salieron a defenderse con armas que no habían comprado 24 horas antes porque leían en Facebook que iba a haber saqueos. Las adquirieron mucho antes. Hoy, ni el número de muertos se conoce con certeza indubitable y, curiosamente, cuando se consultan esos datos a las autoridades, ellas afirman que no lo pueden decir. La información de lo que le pasa al Estado no es pública por el sólo hecho de que el gobernador salga a diario a tomar contacto con la gente.

Azules del sijosesismo
Muchos, muchísimos policías vieron a Tucumán convertido en un infierno. Pero no les importó, priorizaron su bolsillo y no fueron capaces de buscar la paz. Una gran mayoría de esos son policías nombrados durante la gestión de Alperovich y muchos por sugerencia de legisladores y de otros que hicieron política con los nombramientos.

Estos agentes que hoy no pueden mirar a la cara a los tucumanos, fueron formándose bajo la tutela de Mario López Herrera y de Eduardo Di Lella, quien declaró en Tribunales: “No soy un experto en materia policial”. Se lo hubiera dicho al gobernador cuando juró el cargo y tal vez hoy hubieran sido distintos los hechos. De la misma manera, Alperovich puso como sucesor a un amigo y no a un experto. Gassenbauer tampoco sabía de seguridad.

Historia maldita
La Policía de Tucumán no arrastra una historia de cándidos corderitos. Siempre fue el lobo feroz que se ocupó de voltear autoridades, o por lo menos de minar su capacidad de acción. En 1982, un domingo a la siesta, obligó a sacar una pistola al gobernador de facto Antonio Merlo y ahí mismo terminó su gestión de gobierno. En democracia, la Policía motivó al ex gobernador Fernando Riera a ponerse una pistola sobre la sien para terminar de acordar con los sediciosos. José Domato terminó siendo rehén de las locuras y asesinatos del Malevo Ferreyra y los clanes azules. Eran tiempos en los que siglas como Mopol o agrupamientos como el del Comando Atila eran tan conocidos como el parque 9 de Julio.

Cuando llegó la intervención federal, no se lo ocurrió nada mejor que tenerlo al Malevo bajo el ala del sombrero. Más tarde lo heredó Ramón Ortega, gestión durante la cual el Malevo fue preso y condenado. Pero Ferreyra se burló y se escapó de Tribunales después de ser condenado, mostrando cuán inmanejable es la Policía. Bussi, como gobernador elegido por los tucumanos, puso una topadora en la puerta de la Casa de Gobierno cuando no sabía que hacer con los Ale, que tenían vínculos de impunidad con la Policía. Tanto es así que cuando llegó Julio Miranda, su secretario de Gobierno, Fernando Juri, hizo un acuerdo para que los Ale y su escuadrón de remises ayudaran a dar seguridad a la población. Algo no funcionó bien nunca. Nada de esto podía obviar Alperovich que además tiene a los barrabravas caminando por la Casa de Gobierno panchos como por su casa. No hace mucho tiempo la Policía le secuestró el auto a la hija del gobernador en un control de alcoholemia. La brújula del Ejecutivo parece desimantada.

Vuelta a empezar
El horror magulló a Alperovich. Dejó al descubierto que la obsecuencia de la Legislatura no ayuda y que los desórdenes de la Justicia tampoco aportan soluciones. Fue la locura de un grupo de policías lo que encendió la mecha, pero esta venía siendo tejida hace muchos años por el mensaje de pragmatismo, voluntarismo y de poco respeto a las leyes. La billetera puede solucionar conflictos y seducir voluntades hasta que el pueblo da su escarmiento. La oposición se apuró en escribir comunicados flamígeros e imputar delitos. También fue presa de su larga siesta. Olvidarse de los demás, desobedecer las leyes, tratar de controlar el funcionamiento de la Cámara y del Poder Judicial son cuestiones que la oposición también permitió o no supo frenar.

Y ahora, ¿quién reconstruye? ¿Quién administra el caos? Por ahora, los pedidos de diculpas o las autocríticas deberían figurar en la agenda. El Estado parece habitar palacios de arena que cualquier soplido podría desmoronar. Es tarea de cada ciudadano aportar su granito al pisotear el enojo y abrazar la confianza en el otro. Las heridas tardarán en cicatrizar.

“El arma más potente no es la violencia sino hablar con la gente”, enseñó Mandela, quien también defendía la idea de que “el perdón libera el alma y elimina el miedo” .

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