La Argentina no es Venezuela

La Argentina no es Venezuela

La candidatura de Manzur no es bien mirada dentro del peronismo. La oposición festeja. Amaya y los Orellana.

 LA GACETA / PROCESAMIENTO DE IMAGENES SOBRE FOTOS DE ARCHIVO LA GACETA / PROCESAMIENTO DE IMAGENES SOBRE FOTOS DE ARCHIVO
23 Junio 2013

 Por Rubén Rodó

para LA GACETA - Tucumán

Si, de antemano, la Presidente sabía que la Corte Suprema daría por tierra con la "democratización de la Justicia", por qué su persistencia de llevar adelante una causa perdida hasta su propia derrota. ¿No fue un acto de masoquismo político, con alto costo para sí misma, que tendrá que cargar como un estigma más allá de su tránsito terrenal? Por un atajo ilegítimo y ajurídico pretendió sojuzgar al Poder Judicial, colocando la ley por encima de la Constitución, con la singular tesis de que el poder del pueblo, expresado en un Parlamento con una mayoría circunstancial, es intangible. Así entendido, por ej., un Congreso, cualquiera fuera su signo, podría restablecer la esclavitud, abolida por la Asamblea del Año XIII, y la Corte, sumisamente, tendría que acatar tal disparate. En esa concepción absolutista y antidemocrática, el kirchne-cristinismo no acepta el control de constitucionalidad de las leyes, uno de los pilares donde se asienta el sistema republicano.

El virus de la política
La intentona de la dama de negro de inyectar en las entrañas de la Justicia el virus de la política, despojando a los magistrados de su independencia, no cuajó. El Supremo Tribunal puso las cosas en su lugar con el único voto en contra de Raúl Zaffaroni, porque la Argentina no es la Venezuela chavista, donde su difunto líder llegó a meter en prisión a una juez, disconforme con su fallo. El destacado tratadista fue quien en la asamblea reformadora del 94 fundamentó la composición del Consejo de la Magistratura por estamentos y determinó el número de sus componentes, cuidando que hubiera un equilibrio dentro del órgano. Como hoy es un peón de brega K, se inclinó por la propuesta del oficialismo.

Bulimia de poder
La viuda de Kirchner padece, al igual que su extinto marido, de una enfermiza bulimia de poder, detrás de la cual subyace su anhelo de eternidad en la poltrona presidencial, que sólo se explica por su capricho personal llevado al extremo del paroxismo, a pesar de la expresa prohibición de la Carta Magna. Ella misma, siendo constituyente por Santa Cruz, votó en la convención de Santa Fe, en 1994, por un Consejo lo más distante posible de la toxicidad política. Después de una década en el gobierno, en un gesto de amnesia voluntaria, volvió sobre sus pasos en el afán de teñir su gestión con una coloratura épica y revolucionaria. En la trastienda, sólo deja ver sus hilachas fascistoides de un poder sin límites con una concentración de mando unipersonalísimo que no lo ejerció ni Juan Perón.

Cristina no se rinde. Más temprano que tarde se va votar (la llamada democratización de la Justicia), dijo en Córdoba, al celebrarse los 400 años de la fundación de la Universidad y llamó a nuevas batallas. El ministro de Justicia de la Nación aseguró que se acataría el fallo y la jefe de Estado dice otra cosa. ¿Entonces, a quién creerle? Están en marcha algunas operaciones para perforar a la Corte. Una, sería ampliar el número de sus vocalías. Antes, se debe derogar la ley de Kirchner que bajó a cinco el total de componentes. La Presidente puede proponer ese ensanchamiento, pero se topará con el muro infranqueable de los dos tercios del Senado, que no los tiene ahora, ni los tendrá a futuro. La otra posibilidad es echar mano a las subrogancias, como se comenta. Esa alternativa -nunca utilizada en la Corte- sólo es viable cuando una vocalía quedara vacante. Las dos vías están obturadas.

La caída de la elección por el voto popular de los miembros del Consejo de la Magistratura, dejó a la consulta sin el aditivo que le daba extensión territorial en toda la Argentina. Pretendía exhibir esa dudosa victoria como un éxito político, para contrarrestar la adversidad de las urnas en sitios urbanos densamente poblados como la Capital Federal, Santa Fe, Córdoba y Mendoza.

En Tucumán, Alperovich no transita su mejor hora; está parado en las antípodas. Pocas veces en el feudo subtropical la política estuvo tan saturada de incertidumbres como ahora, al momento de nombrar candidatos tanto del oficialismo como del arco opositor. Las dudas fueron la única certeza hasta el inminente cierre de listas de las primarias. Hubo cambios a granel sobre cómo conformar la grilla de los comicios a definirse el 11 de agosto, como escala previa de las legislativas del domingo 27 de octubre, fecha de alta significación simbólica en la liturgia K, pues se cumple el tercer aniversario de la muerte de Néstor Kirchner.

Bendición presidencial
El zar de pago chico, otrora acostumbrado a nominar a dedo a los postulantes, sin que se cuestionara su decisión, no sabía esta vez qué hacer. Eliminado él como cabeza de lista, con varias tiras de nombres bajo el brazo, peregrinó hasta el santuario de la Casa Rosada, por la bendición presidencial. El llamado telefónico tan temido se concretó. La Cámpora -a la que no ama y viceversa-, metió nepóticamente a Mabel Carrizo, esposa del legislador Jesús Salim, entre los elegidos como si no hubiera en el peronismo otra mujer con suficientes laureles para ocupar el curul.

Encabeza el lote Juan Manzur, quien no es bien mirado dentro del peronismo. La oposición festeja. Como financista apurado, se le acusa de enriquecimiento ilícito. Es un blanco fijo sobre cuyo lomo descargará una lluvia de mandobles. En la Justicia Federal el proceso se cuece a fuego lento. Tampoco cuenta con los amores de la zarina local. El armado de la lista por el mandamás se estima que no fue una decisión acertada. Dejó afuera a Amaya y sus muchachos, y a los mellizos Orellana, dos bastiones con bases electorales propias. Heridos por la exclusión y con bronca, su respuesta silenciosa se hará sentir en las urnas, seguramente.

En el Acuerdo Cívico y Social, después de muchos tironeos y de un fuego impiadoso desde las entrañas de la UCR, el senador José Cano será el caballo de tiro de la tropa, junto con Silvia Elías de Pérez, el dueto más taquillero en el escaparate electoral. Juan Casañas, dentro y fuera del radicalismo, fue el nudo de la discordia. Su inclusión significó un profundo fastidio interno en el centenario partido. Más allá de los nombres circunstanciales de las listas, la pelea de fondo es entre el gobernador y José Cano. Este disfruta de su mejor momento político. Que asuma su banca de diputados o vuelva a la del Senado, depende de él y lo decidirá más adelante.

Candidatura a regañadientes
El tren para una sola vez. Cano en corto tiempo logró empinarse en la política nacional a un sitial que nunca tuvo otro radical desde el retorno de la democracia. Su nombre ganó la adhesión de amplias franjas de la tucumanía como alternativa de poder en 2015. Por eso, resultan inconcebibles las zancadillas y mezquindades que emergieron dentro del radicalismo cuestionando su nombre. De mala gana y a regañadientes, Cano aceptó la candidatura. Su lado flaco fue sostener a Casañas. En sustitución, como prenda de unidad, surgió el nombre de Roberto Sánchez, el corredor de autos, pero uno de los popes del partido quiso imponer a su hijo y todo volvió a fojas cero. A última hora, Cano consiguió sumar a Rubén Chebaia y al legislador Federico Romano Norri. Al final, la interna radical se dirimirá en las primarias del 11 de agosto. Salgan otros a cantar y veremos quién es menos, dice Martín Fierro en su memorable poema gauchesco.

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