UNA CREADORA. En el último trabajo de Iparraguirre, uno de los hallazgos mayores es la escritura misma.
28 Noviembre 2010 Seguir en 

Sylvia Iparraguirre nos entrega una ficción caracterizada por una estructura perfecta, cuyos componentes mantienen un equilibrio fascinante.
San Alfonso, un pueblo de Buenos Aires cuya historia está ligada a la construcción de la cárcel y el asilo, adquiere contornos míticos. "Como la distancia es un valor relativo, la lejanía de Buenos Aires, fue, para la aldea naciente, pura cercanía, y el efecto de la construcción, el opuesto". Los constructores traen una dudosa modernidad que se inaugura con la muerte de Ulrico.
La historia de San Alfonso se narra a través de fotografías antiguas y crónicas que muestran su lado siniestro de un lugar que "al atardecer, volvía a ser campo. Como si luchara de manera desigual contra la fuerza centrípeta de la tierra que, al anochecer, imponía cíclicamente su dominio sobre lo que se alzara sobre ella"
Él y ella
La fábula tiene dos protagonistas centrales: Bautista y Sonia. El joven anarquista italiano Bautista Pissano, que entra en la prisión en 1926, detrás de las rejas se convierte en un experto carpintero además de un eximio lector. Es una figura romántica de posiciones diferentes a las del famoso Severino de Giovanni. Acaba por considerar su militancia una búsqueda de su identidad; después de 10 años en la cárcel se queda en el pueblo.
La muchacha huérfana, de anónima cuna, ha vivido desde su niñez en el convento. Si la cárcel constriñe en vano a Bautista, el convento fracasará en el intento de domeñar a Sonia. Aunque las religiosas le repitan que "deben ser más bajas que la hierba", la joven logra obtener un pasado al enamorarse de un hombre prohibido. El fracaso de la relación amorosa y su trabajo de costurera la llevan a valorar la libertad.
La narración comienza 20 años después de la llegada del preso político. Bautista y Sonia, casados, recuerdan sus vidas sentados en la galería de su casa.
"La orfandad era el hueco alrededor del cual había hecho su vida, el borde de sombra por el que había caminado". Esa orfandad representada por la vida de Sonia está de algún modo en la solitaria vida de Bautista, el inmigrante. En el epílogo Iparraguirre muestra hasta qué punto puede ser reparada. Como en las novelas de Manuel Puig el pueblo está lleno de voces: vecinos, monjas, internas, presos, policías forman una suerte de coro griego. En ese conjunto se destacan el loco Biasi y La boca chiquita.
Con esos elementos Iparraguirre nos entrega una novela convincente, con muy pocos elementos, que mueve al lector a identificarse con los personajes. Uno de los hallazgos mayores es la escritura misma. Quizá se extraña una mayor densidad histórica pero Iparraguirre hace una opción, la de la intimidad.
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