¿Por quién doblan las campanas?

"Nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti", escribió John Donne. ¿Por qué las guerras siguen devastando a la humanidad? ¿Seguirían existiendo si los que las deciden estuvieran solamente un día inmersos en ellas? Por Carlos Duguech, para LA GACETA - Tucumán.

28 Noviembre 2010
Con tantas fuentes en las que se puede abrevar para la imaginación sobre la guerra, la imaginación aparece como fácil. Profusión de imágenes en películas de todos los tiempos y de los noticieros de la TV y de los inmensos recursos de Internet, a lo que se suman los medios gráficos. Ellos aportan lo suyo para permitir elaborar imaginativamente lo que se supone son horrores de toda guerra: cadáveres diseminados en los campos de batalla que hoy no son eso sino calles de pueblos y ciudades; edificios destruidos y bosques arrasados; cuerpos mutilados, de combatientes y de civiles, entre ellos niños, mujeres, ancianos. Lo que suele expresarse con aséptica verba: "efectos colaterales". Imaginar la guerra, con todos esos ingredientes, resulta ya no sólo tarea de escritores y novelistas que en ese marco tejen sus atrayentes historias sino de quien quiera hacerlo, no importa desde cuál condición o perspectiva. Ernest Hemingway nos acercó su novela en los 40 -ambientada en la guerra civil española-: Por quién doblan las campanas. Pudo, en medio de una guerra que conoció de cerca como corresponsal, elaborar una historia dramática de amor ,cuyo título se basa en un fragmento de Devociones para ocasiones emergentes, del poeta inglés John Donne, que vale transcribir: "Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti". Verdaderamente, Donne instala una visión que se acomoda perfectamente a lo que queremos manifestar sobre la guerra y la feroz tragedia antropológica que ella provoca en todo tiempo, en todo lugar.

Es, para algunos pocos, la gloria. Condecoraciones y cruces que lucirán en el pecho de los militares regresados del combate. Vivos o envuelto su ataúd con la bandera de su patria. Gloria en vida y también gloria post mortem.

Es para muchísimos, para casi todos, la segadora de historias de vida, la piedra enorme y pesada cayendo permanentemente sobre sus casas, sus esperanzas, sus vidas. Cada víctima de la guerra es una angustiosa interpelación a la naturaleza humana, a su sentido de supervivencia.

Imaginar la guerra no es vivir la guerra. Va de suyo que esa aserción está revestida de una coraza axiomática. Tantos movimientos y acciones pacifistas arraigados en el mundo moderno se esfuerzan por incidir en las determinaciones de los gobernantes de los países con capacidad y acción guerrera para que desarmen sus arsenales. Principalmente, aquellos con armas de destrucción masiva. Imaginarla, como si uno mismo se entregara en medio del fragor guerrero sin pausa, fuegos y esquirlas amenazantes, heridas que se abren desgarrándose en nuestros brazos y piernas, no dejará de ser una imaginación asaz simplificada, pasajera, sin efectos pos traumáticos mientras uno se ve entero, sentado frente al televisor, releyendo revistas con ilustraciones profusas originadas en campos de batalla. Sean en El Líbano, en Bosnia, en Gaza, en Chechenia, en Irak o en Afganistán.

Preguntas sin respuestas
¿Cómo sentir en propia carne el quemante agujero de la metralla en el cuerpo de los otros?¿De qué manera podrá experimentarse el horror de verse inerme, quieto, frente a la bayoneta enemiga del que lleva otro disfraz de combate?

¿Cuál será la aproximación a la realidad vivida, con sólo imaginarla, por el que ya casi ni respira, caído al lado de cadáveres quietos, manando sangre espesa aún por la boca en mueca y los ojos clavados en miradas ciegas?

¿Qué de semejanza experimental tendrá imaginarse a un combatiente atrapado en escombros de la propia casa, impotente en medio de los ayes apagándose del propio hijo aplastado a unos metros, luego del bombardeo?

¿Cómo saber qué atravesaba la mente y el espíritu del veterano con rumbo al suicidio? Seguirán las preguntas sin respuestas sobre el poder de la imaginación a la hora de hacer inteligible en su totalidad el rostro horroroso de la guerra.

Sin embargo, como escapándonos de ese laberinto de desencuentros entre la realidad de toda guerra -esa máxima violencia de las sociedades y de los estados- y la imaginación que se supone nos da cuenta de su naturaleza, es que esta vez nos proponemos algo distinto: imaginar que no haya guerras.

Hay aquí nuevas preguntas y empezamos por la primera de ellas: ¿Cómo hacerlo de modo que complazca la expectativa del planteo? Pues bien, imaginando que disminuyen los presupuestos de guerra de todos los países por un Tratado Internacional de Desarme Inmediato con el agregado de un Programa Mundial de Reconversión Industrial (de productos bélicos a bienes de uso civil). Es posible. Muchos otros tratados que parecían utópicos se suscribieron. Por ejemplo, el Protocolo de Roma que dio origen a la Corte Penal Internacional en la ONU, inimaginable hace sólo algunos decenios.

Una segunda pregunta, tal vez la mejor dotada de significado en este ejercicio de imaginar la guerra: ¿Estarían dispuestos los que deciden las guerras, los Bush, los Blair, los Aznar (y por qué no, los que las heredaron, los Obama, los Brown, los Rodríguez Zapatero), y los que las alientan tras bambalinas corporativas, a calzarse uniformes de combate y permanecer en el frente bélico por sólo una semana? Sí, por sólo una semana en medio de la muerte, la sangre ajena y la propia escurriéndose roja y caliente, la destrucción, los estruendos, los humos y los fuegos. El horror directo, en suma.

Eso es lo que quien esto escribe quiere en verdad imaginar: que los que hacen la guerra y los que se benefician con ellas las vivan por sólo una semana.

Crecería, si ello fuera practicable, la probabilidad sana de que las decisiones guerreras disminuyan, si hay algo de sensibilidad en el espacio íntimo y personalísimo de cada jefe de estado. Y hasta es probable que lo hagan de modo notorio.

Gobernantes y gobernados
Las guerras impulsadas por los personeros de las corporaciones de toda laya se llevan a cabo porque interactúan con los jefes de estado, no importa quién sea y cuánta "independencia" aparente poseer. Por ello mismo, imaginar que quienes las alientan y las deciden, finalmente, con su rúbrica en los decretos guerreros vivan la experiencia guerrera en carne propia, significará un cambio en la modalidad de someterse a los "halcones" que los hay revoloteando en todo poder -casi buitres- para esta vez darle alas y aire a los "palomas". Estos también estructuran el poder, pero con cuasi un inveterado sometimiento. Es la hora de ellos. De levantar su voz, de accionar a favor de nuevos modos de equilibrios de poder no sometido al anclaje pernicioso en la capacidad bélica.

No es por casualidad ni por un buen marketing publicitario que el I have a dream? que lanzó repetidamente Luther King desde el Lincoln Memorial en Washington, haya permanecido en la conciencia colectiva como una expresión universal.

Es que casi todos los de este lado del género humano, los "gobernados", nos expresamos del mismo modo frente al otro lado, el de los "gobernantes", esa minoría frente a la mayoría masiva de los que claman por la paz. Esa minoría que recurrentemente apela, incluso, al recurso de la "guerra preventiva". Que la harán indefectiblemente los gobernados, sólo ellos, y no los gobernantes, ni siquiera por esa semana que imaginamos para ellos. Esa es la discriminación más perversa de una sociedad organizada.

"Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti." Cada vez que una vida es segada por la guerra, aquí o en cualquier lugar del planeta.
© LA GACETA

Carlos Duguech - Periodista, escritor, analista internacional de Radio Universidad. Titular del Llamamiento de los 100 para seguir viviendo.

Tamaño texto
Comentarios
NOTICIAS RELACIONADAS
Comentarios