11 Agosto 2009 Seguir en 
¿Ha sentido alguna vez, que los acontecimientos, las tareas diarias o el trabajo, le desbordan y le superan? Es una posibilidad que, a lo largo de la vida laboral, cobra más fuerza cuando no se administra correctamente el tiempo. La consultora española Soluciones Eficaces (www.solucioneseficaces.com) compartió un relato que puede ayudar a replantear el uso de las horas. La historia trata de un ejecutivo muy ocupado con su trabajo. Todos los días llegaba tarde a su casa y tras saludar a su hija, se metía en el despacho a seguir trabajando. Su niñita, de cinco años, acudía a verle, porque deseaba estar con su papi, pero siempre la regañaba diciéndole que tenía mucho trabajo.
La historia se repetía una y otra vez, hasta que un día la niña al sentirse regañada de nuevo, en vez de irse, se volvió a su padre y le preguntó:
Hija: Papi, tú en tu trabajo, ganas mucho dinero ¿verdad?
Padre: Pues no hija, gano dinero pero no mucho, por eso tengo que seguir trabajando en casa.
H: Papi ¿Me podrías decir cuanto ganas en una hora en tu trabajo?
P: Hija, me haces unas preguntas... Por favor déjame que tengo muchas cosas que hacer.
Lejos de darse por vencida, la niña volvió a preguntarle a su padre.
H: Papi, de verdad, dime cuanto ganas en una hora en tu trabajo
P: Si te lo digo, ¿me dejarás que siga? -le preguntó inquisitoriamente el padre-.
H: Si, dímelo y me voy.
P: Pues... - y se puso a hacer cálculos- unos $ 50.
H: Gracias -dijo la niña marchándose de inmediato-.
El padre se quedó desconcertado por la insistente pregunta de la niña, pero se puso de nuevo a trabajar, hasta que oyó un estruendo enorme que provenía del cuarto de su hija. Por lo que se levantó enfurecido dispuesto a regañarla de nuevo, convencido, que la niña había roto algo importante. Cuando entró en la habitación de la pequeña, vio que ella estaba en el suelo con la alcancía rota en mil pedazos y contando las monedas. Justo cuando el padre iba a empezar a lanzar sus chillidos más feroces por lo que había hecho, la niña se acercó mirándole a los ojos y con las manos llenas de monedas, le dijo:
H: Papi, toma este dinero.
El padre desconcertado, puso las manos y recogió el dinero que le daba su hija y le preguntó...
P: Pero hija, ¿por qué me das este dinero?
H: Papi, te compro una hora de tu tiempo...
Para reflexionar.
La historia se repetía una y otra vez, hasta que un día la niña al sentirse regañada de nuevo, en vez de irse, se volvió a su padre y le preguntó:
Hija: Papi, tú en tu trabajo, ganas mucho dinero ¿verdad?
Padre: Pues no hija, gano dinero pero no mucho, por eso tengo que seguir trabajando en casa.
H: Papi ¿Me podrías decir cuanto ganas en una hora en tu trabajo?
P: Hija, me haces unas preguntas... Por favor déjame que tengo muchas cosas que hacer.
Lejos de darse por vencida, la niña volvió a preguntarle a su padre.
H: Papi, de verdad, dime cuanto ganas en una hora en tu trabajo
P: Si te lo digo, ¿me dejarás que siga? -le preguntó inquisitoriamente el padre-.
H: Si, dímelo y me voy.
P: Pues... - y se puso a hacer cálculos- unos $ 50.
H: Gracias -dijo la niña marchándose de inmediato-.
El padre se quedó desconcertado por la insistente pregunta de la niña, pero se puso de nuevo a trabajar, hasta que oyó un estruendo enorme que provenía del cuarto de su hija. Por lo que se levantó enfurecido dispuesto a regañarla de nuevo, convencido, que la niña había roto algo importante. Cuando entró en la habitación de la pequeña, vio que ella estaba en el suelo con la alcancía rota en mil pedazos y contando las monedas. Justo cuando el padre iba a empezar a lanzar sus chillidos más feroces por lo que había hecho, la niña se acercó mirándole a los ojos y con las manos llenas de monedas, le dijo:
H: Papi, toma este dinero.
El padre desconcertado, puso las manos y recogió el dinero que le daba su hija y le preguntó...
P: Pero hija, ¿por qué me das este dinero?
H: Papi, te compro una hora de tu tiempo...
Para reflexionar.







