De pronto, el petróleo significa problemas

Los objetivos definidos durante la bonanza económica por los países exportadores de crudo son ahora inalcanzables. Más aún, las aventuras externas iniciadas resultan ser más complejas. Por Emilio J. Cárdenas - Ex Embajador de la Argentina ante la ONU

25 Enero 2009

En el soñado planeta K no deberían existir las temidas letras de molde, los presidentes podrían dar clases de periodismo y los hombres de prensa serían meros voceros del Gobierno. En ese reino del revés, una suerte de Ministerio de la Verdad, como el que describió George Orwell en su novela 1984, administraría los espacios radiales y designaría a los conductores a cargo de sus contenidos, las estadísticas del Indec no podrían ser refutadas en forma pública y la jefa del Estado podría mofarse de cuanto periodista osara formularle preguntas sobre su estado de salud. En ese planeta imaginario, no habría cámaras televisivas para vicepresidentes molestos ni para dirigentes rurales que no acepten las dádivas oficiales, y los organismos de control estarían obligados al silencio. En ese mundo tan particular, el poder de la palabra quedaría reducido a la palabra del poder.
Cuando, en julio del año pasado, el precio del barril de petróleo crudo alcanzó los U$S 147 el barril las ambiciones de los países exportadores de hidrocarburos parecían imparables. Cualquiera fuera su naturaleza, todo lucía posible y al alcance de las manos. El ascenso de los precios era constante y vertiginoso. En el camino, las transferencias de riqueza, absolutamente monumentales, desequilibraban al mundo. Como consecuencia de esto las ilusiones de poder crecían exponencialmente, alimentadas por ingresos que se presumían siempre crecientes.
De pronto, el daño que esto provocó en el nivel de actividad económica del mundo se hizo inocultable. Con la consiguiente contracción, los precios internacionales del crudo comenzaron a caer. Por ello, desde setiembre de 2008 la OPEP redujo su producción como nunca en las últimas décadas. Tres veces, en cuatro meses. No obstante, los precios del barril de crudo cerraron el año por debajo de los U$S 40 el barril, menos de la tercera parte del nivel del mes de julio, entonces y continúan en esos niveles. Un cimbronazo para muchos, con consecuencias geopolíticas de peso. Particularmente para algunos autócratas, como Vladimir Putin, Hugo Chávez o Mahmoud Ahmadinejad.
Los objetivos definidos durante de la bonanza económica por los países exportadores de crudo son ahora inalcanzables. Más aún, las aventuras externas iniciadas son ahora mucho más complejas. Mantener los enormes subsidios domésticos y el despilfarro populista ya no parece factible.
Para Irán y Venezuela, que en sus presupuestos calcularon ingresos basados en un precio de U$S 60 el barril, todo es distinto.
Chávez, que planeaba aumentar el gasto público en un 23% respecto de 2008, ya no podrá hacerlo. Como si eso fuera poco, una inflación del 36% anual está maniatando su demagogia.
Por su parte, Ahmadinejad esperaba que el 60% de sus ingresos vinieran del petróleo y siguieran alimentando su populismo. Ahora habla de control de precios y recortes de gastos. La inflación, en este caso del 28% anual, también lo castiga frente a la gente. Las cosas están tan difíciles que sondea la posibilidad de liberar los precios de los combustibles o racionar su entrega, medidas que -por alimentar la inflación y profundizar la recesión- la gente rechazará. Ocurre que para Irán no es posible seguir subsidiando los combustibles a niveles del orden de los U$S 100 billones por año. Los universitarios, en este ambiente, redoblan sus protestas y la re-elección del actual presidente comienza a ser un signo de interrogación. En este clima, las elecciones presidenciales previstas para junio se acercan, al galope.
Para Putin las cosas no son tampoco sencillas. En sólo seis meses el valor de las acciones y papeles de las empresas rusas cayó un 70%, en lo que ha sido una catarata de destrucción de valor. La tasa de crecimiento económico del 8% anual se transformó, por esto, en negativa. De la noche a la mañana. La desocupación y la inflación ocupan el centro de la escena y concentran las preocupaciones. El rublo está en sus niveles más bajos de los tres últimos años y parece en caída libre, con el consiguiente drenaje de reservas. El pisoteo caprichoso del estado de derecho no ayuda a Rusia a mejorar la confianza, ni a alimentar la credibilidad de los operadores. En este ambiente, los medios tienen prohibido usar la palabra "crisis". Las protestas sociales -no obstante- han comenzado a aparecer y están creciendo. Particularmente en el este del país, el rincón más descontento de todos.
Está claro que ninguno de los líderes mencionados abandonará fácilmente el poder. Todo lo contrario, aún en dificultades se aferrarán a él. Pero Chávez no podrá seguir violando -constante y abiertamente- el principio de "no intervención", como hasta ahora. Ni repartiendo dineros a sus aliados, en valijas voladoras o con cualquier otro método. Irán no podrá seguir siendo tan generosa como hasta ahora con Hamas o Hezbollah. Y Putin deberá quizás moderar sus no demasiado sutiles mecanismos de presión a partir del suministro de gas natural a sus vecinos europeos. De pronto, las razones para la arrogancia han desaparecido. Y eso está claro.
Mientras tanto, el cartel de los países exportadores de crudo ha decidido disminuir -aún más- sus ventas. Para muchos, esto supone reducir sustancialmente sus ingresos, en lo inmediato al menos. La tentación de trampear, como en el pasado, será grande. Para Angola, por ejemplo, las ventas de crudo generan el 90% de los recursos de tesorería y si ellas caen demasiado, la situación podría volverse insostenible.
Todo un cambio de escenario que, de pronto, está frente a todos. Mientras tanto, la caída de los precios del crudo ayuda al mundo a contener las presiones inflacionarias y a recuperar, lentamente, niveles de confianza resentidos, apostando a una posible -pero todavía lejana- reactivación. Ni la crisis de Gaza, ni el conflicto entre Rusia y Ucrania por la provisión de gas natural han impactado dramáticamente en el estado de cosas, porque es muy distinto al de ayer. (Especial para LA GACETA)

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