Quienes hacemos proyecciones macro y microeconómicas disponemos de “modelos de comportamiento” con los cuales predecimos la conducta probable de los agentes económicos. Surgidos de la propia evidencia empírica de la Argentina, con fundamentos en las ciencias sociales, y utilizando complejas ecuaciones econométricas, estos indicadores “líderes” anticipan con una eficacia sorprendente los cambios que se verificarán entre los próximos meses en el PBI, en el consumo privado y en la Inversión.
Con ellos, ya hace un año, previo al conflicto entre el Gobierno y el sector agropecuario y 10 meses antes de que estallara la crisis financiera mundial, pronosticamos la fase descendente en aquellas tres variables: un soft landing, denominación que los economistas utilizamos para describir un descenso no traumático de la actividad. Es que las señales ya eran claras el verano pasado: pese al optimismo que imprimía el flamante Gobierno al mostrar tasas de crecimiento del 8% anual, se acumulaban señales macro imposibles de no advertir: inflación, crisis de infraestructura, insuficiencia de inversión y dolarización de los ahorros.
Por eso, no fue sólo la impericia de gobernantes o la crisis internacional lo que modificó el pronóstico de soft landing a hard landing. La Argentina ya había definido cuatro años antes un cambio de paradigma en su organización económica que el nuevo contexto sólo dejó más expuesto, en particular cuando se tomó la decisión de incautar de los ahorros previsionales privados.
Este nuevo paradigma, lejos de ser una “refundación” de la Argentina opera como una suerte de contrarreforma ideológica de la década del 90. Alguna de sus características son: 1) aislamiento financiero internacional, 2) estatización de empresas (privadas y privatizadas), 3) control estatal de ingresos (precios, salarios, tarifas), 4) crowding out (el sector privado es desplazado por el sector público como sujeto de crédito), 5) restricción al flujo de bienes y de capitales (impuestos a la exportación, proteccionismo, encajes al ingreso de capitales, control de cambios), y, 6) manipulación estadística.
En esta suerte de capitalismo sin mercados y/o socialismo sin un Estado mínimamente eficiente para controlar el contrato que se establece con el sector privado, cuando se hacen las políticas activas modernas, son pocas las señales que puedan seducir a empresarios no cortesanos a “enterrar” dinero en la Argentina. Es que la evaluación profesional de una inversión en la Argentina actual requiere descontar flujos futuros con tasas descuento superiores al riesgo país -del orden de 16% anual en dólares-, y en una economía con estos principios y en el umbral de la recesión, son muy pocos los negocios que puedan ofrecer un valor actual positivo.
11 Enero 2009 Seguir en 









