Amores de madre que pueden llegar a agobiar

Tienen el propósito de conducir a sus hijos a la felicidad y al éxito pero, sin darse cuenta, consiguen el efecto contrario en los chicos.

28 Feb 2008
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SILENCIO. La fuerte presión de una madre posesiva inhibe al adolescente.

Siete de la mañana. El sol empieza a despuntar en las calles de una ciudad cualquiera. Mariana hace los últimos pasos hasta llegar a la puerta de su casa luego de una fiesta de quince años poblada de risas, festejos y ese aire adolescente que todo lo invade. Adentro, Esther, su madre, se sirve ansiosa los primeros mates de la mañana mientras observa su figura en el pequeño espejo del rincón. El cristal le devuelve una acuarela que a sus cuarenta y tantos ya no le gusta tanto observar. Se acomoda el pelo mientras piensa, con un dejo de frustración en la mirada, que tendría que haber sido estrella de cine o tal vez cantante. Se sirve otro mate y sueña con que Mariana tal vez lo logre.
La muchacha finalmente llega y encuentra a Esther con un mate en la mano, ansiosa por saber qué pasó en la fiesta: "Contame todo, ¿bailaste con Esteban?, ¿cómo que no? Si me dijiste que te gustaba?. Además su papá es productor de televisión, no seas tonta, hija, tenés tantas cualidades y a lo mejor... dejame a mí que yo de estas cosas sé: mañana lo invito a comer a casa, pero antes te compro el maquillaje que te va mejor"
Mensajes como estos pueblan las palabras de algunas madres hacia sus hijos e hijas, que ven en ellos una prolongación de sí mismas. Tienen el firme propósito de llevarlos al éxito, siempre y cuando éste coincida con lo que ellas tienen establecido como tal. O pretenden que sus hijos no se alejen de su "plan maestro", pero a la vez están distantes y sin interés hacia las necesidades de ellos.
Lejos de ser calculadoras y maquiavélicas, se proponen ser buenas, lo hacen "por el bien de sus hijos". Pero consiguen todo lo contrario: en lugar de fomentar su desarrollo independiente, los vuelven inseguros y dependientes como ellas. "Suele verse en familias donde la madre tiene como único proyecto la crianza de sus hijos y hacen de la maternidad su identidad. El padre accede a ocupar el lugar de ?necesario no participante?; de entregador de los niños a esta madre posesiva y manipuladora. Los chicos van aprendiendo que tienen que ser ellos el sostén del precario equilibrio familiar, ya sea adivinando los deseos más profundos de sus padres para poder cumplirlos, o siendo sus confidentes o acompañantes", sostiene la psicoanalista Perla Pilewski, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA)


LOS SINTOMAS

Los niños nunca alcanzan las expectativas que una madre demasiado posesiva depositó en ellos. Y entonces, "la madre puede tener reacciones manifiestas hasta violentas y el chico puede padecer serias inhibiciones en su desarrollo", sostuvo la psicoanalista Perla Pilewsky.
Estas familias llegan al consultorio profesional preocupadas por los síntomas que tienen estos niños: anorexia y bulimia; trastornos del sueño o problemas para concentrarse. También son frecuentes dolores de cabeza, trastornos digestivos o respiratorios (asma o bronquitis recurrentes).
Otros síntomas pueden ser emociones fuertes como el enojo, la felicidad o el miedo, que pueden disparar un ataque de asma, o empeorarlo.
"En estos casos, el profesional capacitado para reconocer el origen de estos síntomas indicará la terapia, ya sea familiar o individual. Para los padres ?varones? es fundamental abandonar el lugar de ?necesario no participante?, e involucrarse activamente en las experiencias de vida de su hijo a través de conversaciones y actividades y construyendo una relación donde la madre no participe, creando espacio entre ellos y para ellos", enfatizó Pilewsky.
Hay quienes padecen vestigios de estas relaciones incluso en la adultez. Para la psicoanalista, es altamente probable que quienes tuvieron un vínculo de estas características de pequeños con sus padres repitan luego el modelo con sus hijos, a menos que puedan desarrollar junto a su pareja una forma distinta de relacionarse.


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