20 Mayo 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El crecimiento económico mundial está ayudando a países que hasta hace poco tiempo tenían dificultades, a avanzar a paso redoblado y salir de condiciones de debilidad.Naciones que hasta hace no mucho tiempo tenían problemas recurrentes similares a los de la Argentina, hoy miran al mundo desde otra posición.
Esto no es casualidad sino causalidad. La explicación a este fenómeno reside en que supieron aprovechar las condiciones de un ambiente internacional muy favorable. A su potencial natural de recursos, les sumaron decisiones políticas de gran envergadura: establecieron férreas medidas de control fiscales y monetarias, abrieron sus economías y brindaron un ambiente de seguridad jurídica e institucional.
Todo esto les permitió captar una gran cantidad de inversiones extranjeras directas que les proporcionó una tasa de crecimiento constante y una modernización tecnológica que los coloca en el umbral de las naciones más desarrolladas.
La Argentina desde 2002 tomó el sentido opuesto. El ambiente internacional sólo le sirvió para salir de la aguda crisis de la Convertibilidad. Durante los años siguientes a esa quiebra, en lugar de tomar el camino de la inversión, el Gobierno dedicó su energía a crear ficciones y a sostener una política de dilapidación de los recursos que más temprano que tarde impactará de lleno en el bolsillo de los argentinos. En este contexto, la Argentina no sólo pierde el tren de la historia sino que también comienza a diferenciarse de sus similares de América Latina. Por caso, Brasil con una política de control fiscal y monetario, dejando flotar su tipo de cambio y aumentando los niveles de inversión, se colocó a un escalón de alcanzar el grado de inversión de las calificaciones internacionales, rango que sólo Chile y Mexico tienen en la región. La Argentina ocupa los últimos lugares de ese ranking.
Cuestión de monedas
La insistencia del Gobierno en mantener un tipo de cambio alto no sólo le obliga a emitir moneda y colocar deuda más cara, sino que tampoco le trae los beneficios que supone la administración del presidente Néstor Kirchner.
Ni aumentan las inversiones ni tampoco la cantidad de unidades exportadas.
¿Cómo explicará el gobierno argentino que mientras Brasil con la revalorización del Real pudo aumentar sus ventas externas y la Argentina con una moneda devaluada vio caer sus unidades vendidas? A esta altura está claro que el único beneficio del tipo de cambio alto es para el Fisco que puede quedarse con una mayor porción de las exportaciones -vía retenciones-, para paliar y tapar su deficit fiscal.
En otras palabras, sin las retenciones, las cuentas públicas estarían en rojo. A poco que comienza a correrse el velo de la ficción, el deterioro fiscal se alimenta también de un profundo desequilibrio en las provincias, al tiempo que el congelamiento tarifario obliga al gobierno a aumentar sus transferencias financieras.
La realidad se lleva por delante la fantasía. Mientras las provincias empiezan a mostrar serios agujeros fiscales, los saldos de las cuentas cambian el azul por el rojo.
El superávit de muchas provincias argentinas se construyó sobre la base del pago de salarios no registrados o en negro y ahora cuando se reclama la normalización de las remuneraciones, los tesoros provinciales no tienen los recursos.
¿Dónde fueron a parar los fondos por mayores ingresos de coparticipación federal de impuestos y, en algunos casos, de regalías? Nadie rinde cuentas sobre el destino y la utilización que se hizo respecto de esos fondos.
Lo mismo ocurre con el abuso en la utilización de los subsidios tarifarios. Los episodios de la terminal de Constitución ponen al descubierto el corrosivo sistema de subsidios sólo pensado para mitigar los efectos de la devaluación sobre el cuadro tarifario.
El uso de subsidios resta productividad al funcionamiento del sistema de transporte y no sirve para mejorar la infraestructura. El resultado es que hoy los ferrocarriles metropolitanos le cuestan al Estado tanto como lo que costaba mantener la red nacional a fines de la década de 1980.
La gente no recibe un servicio adecuado y las tarifas son absolutamente irrisorias, no responden a parámetros productivos, no permiten manejar una estructura de costos y crean distorsiones en el sistema de precios. Como quiera, lejos del purgatorio o bien cerca del infierno. Lo más lamentable es que todo el esfuerzo de la sociedad parece escurrirse sin pena ni gloria. A propósito, ¿y el derrame prometido?.







