¿Quién pagará la cuenta?

El control de la inflación en Estados Unidos llevará a que ese país reduzca su tasa de crecimiento. Por Miguel Angel Rouco - Agencia DyN.

13 Mayo 2007
BUENOS AIRES.- Con una nueva señal de alerta llega el tiempo de aplicar un ajuste sobre la economía doméstica. El informe de la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) se convierte en una luz amarilla, si es que se quiere construir un horizonte que vaya más allá del misérrimo límite de los comicios de octubre.
Si bien el organismo monetario de los EE.UU. no modificó la tasa de interés, en su minuta refleja la real preocupación de Washington respecto del futuro económico.
La principal preocupación de la FED pasa por lograr un control de la inflación. Pero el organismo apunta y señala también que la economía de los Estados Unidos entrará en un sendero de menor crecimiento, lo que revela una menor tracción de la principal economía del planeta.
En otros términos, los altos precios de la energía y el riesgo de inflación combinados llevaron a los EE.UU. a un menor ritmo de crecimiento lo que se traduce en una menor demanda de bienes provenientes del exterior. Esto afectará también no sólo a aquellos bienes provenientes de las economías del Asia sino también a los que se remiten desde los países emergentes.
Los EE.UU. son el segundo cliente más importante de los bienes que vende la Argentina. Además de ser un buen pagador es un gran comprador y la corrección efectuada por la FED más tarde o más temprano impactará en la economía doméstica. Seguramente, este será un episodio que deberá enfrentar el futuro gobierno, algo que sumado a los problemas derivados de la gestión actual, agigantará la tarea que tendrá por delante la próxima gestión.
¿Cómo podrá enfrentar semejante tarea? Esa es la duda que desvela a pingüinos y pingüinas a la hora de definir candidaturas.
En la actualidad, la administración Kirchner reposa toda su estructura sobre las excepcionales condiciones económicas internacionales, únicas en la historia del país. La endeble ecuación fiscal depende de la demanda y de los precios externos. De la misma manera, el sostenimiento de la paridad cambiaria descansa en la abundante oferta de divisas de exportación. El resto se consigue por la llegada de capitales golondrinas que, tentados por altísimas tasas de retorno, se posan sobre los papeles de la deuda argentina y siguen su viaje a otras latitudes que enormes ganancias. Este esquema le permitió a Kirchner navegar sin sobresaltos desde 2003. Sin embargo, esta aparente estabilidad tiene un costo altísimo.
Primero, el dólar alto ancló una estructura de costos alta que se tradujo en precios altos y salarios bajos a pesar de los aumentos logrados en los dos últimos años.
Segundo, esos precios altos se ven potenciados por la abundante emisión monetaria necesaria para comprar los dólares de la exportación.
Tercero, el exceso monetario es en parte esterilizado por el endeudamiento en cabeza del Banco Central con un altísimo costo que derivará en un déficit cuasifiscal.
Cuarto, esa emisión monetaria que acelera la circulación de pesos potencia la inflación y va licuando no sólo el poder de compra de los salarios y la caja de las empresas sino también va minando la capacidad de ahorro y de inversión.
Quinto, la ecuación fiscal está sentada sobre gastos rígidos y crecientes que superan el PBI nominal y sobre ingresos extraordinarios que no van a poder ser mantenidos indefinidamente y que responden a las oscilaciones de la demanda.
La propensión marginal al ahorro se ve también disminuida a partir de tasas de interés pasivas negativas, lo que deriva en una demanda adicional sobre bienes durables -inmuebles y autos-, financiados con créditos y generando una burbuja especulativa con resultados incalculables.
Pero volviendo a la pregunta de marras, nadie parece mirar la realidad. La inflación sigue devorando el esfuerzo diario de millones de argentinos y los controles de precios resultaron inocuos y provocaron desabastecimiento. Con una tasa de inflación en dólares de dos dígitos, sin ahorro en moneda nacional, sin inversiones y con un gasto público creciente, el refugio en activos externos es una tentación. Huelgan mayores comentarios sobre el escenario siguiente.

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