19 Noviembre 2006 Seguir en 

Toda la obra del escritor mexicano Carlos Fuentes vuelve una y otra vez sobre la familia. Desde Las buenas conciencias, o La muerte de Artemio Cruz, desde La región más transparente hasta Una familia lejana, el escritor mexicano trabaja la cuestión genealógica junto con la problemática de la identidad. Los tres elementos centrales en la construcción de su narrativa son el mito, el lenguaje y la crítica. Aunque Fuentes desdeñe, como otros escritores de su generación, competir con el registro civil, muchas de sus ficciones construyen conjuntos de escenas entrelazadas, al punto que sus ciclos se sostienen en la constante de representaciones y personajes. No sólo ofrece una versión histórica arqueológica, también se hace cargo de la crónica de héroes y mundos como confiesa: "Mi gran modelo es Balzac. Yo soy un enorme admirador y lector de Balzac... yo he tratado de formar una especie de gran mural de la vida mexicana, pero a todos sus niveles".
Su nueva novela, Todas las familias felices, nos anuncia una nueva incursión en estos temas. El epígrafe de Anna Karenina, de Tolstoi, "Todas las familias felices se asemejan, cada familia infeliz lo es a su manera", nos sumerge en el mundo de la tragedia. El índice advierte que la obra está dividida en relatos separados por coros breves. Todo parece anunciar una vuelta de la escritura vanguardista y experimental de las primeras épocas de Carlos Fuentes. Sin embargo, desde el primer cuento -"Una familia de tantas"- nos asombra la recurrencia de lugares comunes. El sujeto es la clase social posrrevolucionaria. La tragedia de la familia de Pastor Pagán repite lugares comunes e incurre en un costumbrismo social ya superado. El coro de las madrecitas callejeras disuena como si el escritor no hubiera encontrado el tono justo. La construcción del discurso popular suena falsa con textos como "Menos que un eructo de borracho / Menos que un pedo de policía". Las dieciséis "historias familiares" se suceden, los personajes se mezclan pero no logran convencer. Los tonos melodramáticos son estridentes: madres asesinas, maridos adúlteros, primas sin gracia que enamoran, gays divorciados, son muchos los personajes. En los coros aparecen familias salvajes, familias rencorosas, familias envidiosas, hijas suicidadas, familias asesinadas, niños adoloridos, familias registradas, etcétera.
Todo el tiempo tenemos la sensación de que el autor controla excesivamente el relato y asfixia a los personajes. El virtuosismo es innegable así como la presencia de múltiples textos culturales. En el relato final hay un homenaje a un cuadro de Hokusai, cuya contemplación parece redimir al personaje. Carlos Fuentes sabe narrar y posee una vasta enciclopedia de lecturas. En varias entrevistas ha confesado que el libro surge de una tragedia personal (la muerte sucesiva de sus dos hijos). Quizá esto explique esa sensación de distanciamiento que siente el lector.
El eclecticismo estilístico se une con los mitos antiguos y modernos e intenta, de nuevo, como en Zona Sagrada, conciliar distintos ámbitos, unir mitos griegos y cultura popular, una tragedia griega en Brooklyn. En el entierro de un astro del rock and roll donde el cura es arrojado por la masa fanática en el sepulcro con el cantante. Los elementos son múltiples pero la aleación no es del todo feliz. Tenemos la sensación de estar frente a un coleccionista, a un entomólogo social más que a un novelista. El pasado y el presente mexicano forman parte de la trama. Hace referencia a hechos como los asesinatos masivos de mujeres en Ciudad Juárez y la épica de los mojados que forman parte de esa Comedia Humana. La frase final, "La violencia, la violencia", un homenaje a Joseph Conrad (Corodaconrad), sintetiza la realidad nacional mexicana.
El libro pertenece al ciclo de la novela social que se inaugura con La región más transparente. La novela propone una arqueología de México y una reflexión sobre su identidad. La clase gestada en la revolución acaba por ahogar a la nación, que la legitima. La novela trabaja en esa herida, dejada por el poder, que ahoga lo múltiple condenándolo a replegarse en posibilidad, a transformarse en habla, que busca escapar de la codificación. Sin embargo, en este caso, Fuentes no logra cristalizar un mundo autónomo de la tesis que intenta demostrar. El escritor ocupa el lugar de intérprete de la nación mexicana ante sí misma y ante el poder. Quizá en este caso no logra apresar cabalmente los ritmos de ese pueblo. (c) LA GACETA
Su nueva novela, Todas las familias felices, nos anuncia una nueva incursión en estos temas. El epígrafe de Anna Karenina, de Tolstoi, "Todas las familias felices se asemejan, cada familia infeliz lo es a su manera", nos sumerge en el mundo de la tragedia. El índice advierte que la obra está dividida en relatos separados por coros breves. Todo parece anunciar una vuelta de la escritura vanguardista y experimental de las primeras épocas de Carlos Fuentes. Sin embargo, desde el primer cuento -"Una familia de tantas"- nos asombra la recurrencia de lugares comunes. El sujeto es la clase social posrrevolucionaria. La tragedia de la familia de Pastor Pagán repite lugares comunes e incurre en un costumbrismo social ya superado. El coro de las madrecitas callejeras disuena como si el escritor no hubiera encontrado el tono justo. La construcción del discurso popular suena falsa con textos como "Menos que un eructo de borracho / Menos que un pedo de policía". Las dieciséis "historias familiares" se suceden, los personajes se mezclan pero no logran convencer. Los tonos melodramáticos son estridentes: madres asesinas, maridos adúlteros, primas sin gracia que enamoran, gays divorciados, son muchos los personajes. En los coros aparecen familias salvajes, familias rencorosas, familias envidiosas, hijas suicidadas, familias asesinadas, niños adoloridos, familias registradas, etcétera.
Todo el tiempo tenemos la sensación de que el autor controla excesivamente el relato y asfixia a los personajes. El virtuosismo es innegable así como la presencia de múltiples textos culturales. En el relato final hay un homenaje a un cuadro de Hokusai, cuya contemplación parece redimir al personaje. Carlos Fuentes sabe narrar y posee una vasta enciclopedia de lecturas. En varias entrevistas ha confesado que el libro surge de una tragedia personal (la muerte sucesiva de sus dos hijos). Quizá esto explique esa sensación de distanciamiento que siente el lector.
El eclecticismo estilístico se une con los mitos antiguos y modernos e intenta, de nuevo, como en Zona Sagrada, conciliar distintos ámbitos, unir mitos griegos y cultura popular, una tragedia griega en Brooklyn. En el entierro de un astro del rock and roll donde el cura es arrojado por la masa fanática en el sepulcro con el cantante. Los elementos son múltiples pero la aleación no es del todo feliz. Tenemos la sensación de estar frente a un coleccionista, a un entomólogo social más que a un novelista. El pasado y el presente mexicano forman parte de la trama. Hace referencia a hechos como los asesinatos masivos de mujeres en Ciudad Juárez y la épica de los mojados que forman parte de esa Comedia Humana. La frase final, "La violencia, la violencia", un homenaje a Joseph Conrad (Corodaconrad), sintetiza la realidad nacional mexicana.
El libro pertenece al ciclo de la novela social que se inaugura con La región más transparente. La novela propone una arqueología de México y una reflexión sobre su identidad. La clase gestada en la revolución acaba por ahogar a la nación, que la legitima. La novela trabaja en esa herida, dejada por el poder, que ahoga lo múltiple condenándolo a replegarse en posibilidad, a transformarse en habla, que busca escapar de la codificación. Sin embargo, en este caso, Fuentes no logra cristalizar un mundo autónomo de la tesis que intenta demostrar. El escritor ocupa el lugar de intérprete de la nación mexicana ante sí misma y ante el poder. Quizá en este caso no logra apresar cabalmente los ritmos de ese pueblo. (c) LA GACETA
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