12 Noviembre 2006 Seguir en 

Cuando éramos chicos cantábamos "Que llueva que llueva la vieja está en la cueva". Una y otra vez en el imaginario vejez asociada a maldad y fealdad con más frecuencia que a sabiduría y bondad. En la televisión hay viejas patéticas como "la bruja del 71" o amenazantes matriarcas, algunas hasta con parche en el ojo. Las hadas son siempre jóvenes, salvo una que otra, productos de tiempos políticamente correctos. La abuelita tiene un papel secundario hasta en los cuentos.
Dentro de la literatura escrita por hombres podemos encontrar ancianas sabias y fascinantes como la viuda del último coronel de la Confederación que lo contó todo de Allan Gurganus o las negras matronas y las señoritas arrugadas en el universo faulkneriano "envueltas en polvo y sobras". En la literatura española la Celestina merece los escarnios. Hay mujeres secas, como Bernarda de Federico García Lorca, "Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara".
Los escritores latinoamericanos recogen esta mitología. Gabriel García Márquez arma una profusa galería de viejas invencibles: desde la Mama grande soberana absoluta, la estólida mujer del coronel, la legendaria Ursula muñeca de sus tataranietos o Pilar Ternera, centenaria meretriz sentada en su hamaca. De otro modo llegan a la vejez las solteronas como Amaranta, que tejen su propia mortaja sin haber tenido ni una gota de felicidad. Pero en la vejez las mujeres pueden encontrar el amor, como Fermina Daza.
No hay relato que ponga en escena mejor el juego entre erotismo y edad que Aura, de Carlos Fuentes, donde una anciana hechicera, desde su lecho, crea una doble bella y adolescente para apoderarse del apuesto historiador. La figura está basada en una de las grandes locas de amor de la historia, Carlota, la mujer de Maximiliano, emperador de México, quien acabó sus días en medio del delirio encerrada en un castillo europeo. Una imagen que también sirve Rodolfo Usigli, Vicente Leñero y Fernando del Paso.
Las viejas más terribles se agitan en las páginas del chileno José Donoso: abuelas pavorosas y procaces como las de Coronación. Aunque nada semejante a la ronda shakespereana de las monstruosas sirvientas, en un asilo de Santiago en el que han sido confinadas guardianas del lado oscuro de poderosas familias. "Dicen... Dicen... dicen: palabra omnipotente en las bocas raídas de las viejas, sílabas que almacenan todo el saber de las miserables... viejas como montones de harapos que se agitan un poco" (El obsceno pájaro de la noche). En Argentina es inolvidable La Nona, de Roberto Cossa.
Pocos, como el poeta Jaime Sabines, han sabido cantarle a la vejez virgen: "Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta / con tus setenta años de virgen definitiva, / tendida sobre tu catre, estúpidamente muerta. / Hiciste bien en morirte, tía Chofi, / porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso, / porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste, / ya no tenías nada que hacer y a leguas se miraba / que querías morirte y te aguantabas. Vas a ser olvidada de todos / como los lirios del campo, / como las estrellas solitarias". Quizá sólo igualable a las vivaces ancianas de Manuel Puig. Las que, como Luci y Nidia, que al caer la noche tropical tejen un mundo en tono de chisme.
La serie puede continuar pero estaría incompleta si no mencionara algunas viejas que me impactaron. Una es la protagonista de Camino a la Meca. Helen esculpe bellas y extrañas figuras de cemento que miran hacia la Meca, a riesgo de la acusen de herética. Allí ha encontrado su libertad. La otra es mucho más dura, Elizabeth Costello, la incómoda novelista australiana creada por Coetzee que se pregunta por el mal y por la literatura. (c) LA GACETA
Dentro de la literatura escrita por hombres podemos encontrar ancianas sabias y fascinantes como la viuda del último coronel de la Confederación que lo contó todo de Allan Gurganus o las negras matronas y las señoritas arrugadas en el universo faulkneriano "envueltas en polvo y sobras". En la literatura española la Celestina merece los escarnios. Hay mujeres secas, como Bernarda de Federico García Lorca, "Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara".
Los escritores latinoamericanos recogen esta mitología. Gabriel García Márquez arma una profusa galería de viejas invencibles: desde la Mama grande soberana absoluta, la estólida mujer del coronel, la legendaria Ursula muñeca de sus tataranietos o Pilar Ternera, centenaria meretriz sentada en su hamaca. De otro modo llegan a la vejez las solteronas como Amaranta, que tejen su propia mortaja sin haber tenido ni una gota de felicidad. Pero en la vejez las mujeres pueden encontrar el amor, como Fermina Daza.
No hay relato que ponga en escena mejor el juego entre erotismo y edad que Aura, de Carlos Fuentes, donde una anciana hechicera, desde su lecho, crea una doble bella y adolescente para apoderarse del apuesto historiador. La figura está basada en una de las grandes locas de amor de la historia, Carlota, la mujer de Maximiliano, emperador de México, quien acabó sus días en medio del delirio encerrada en un castillo europeo. Una imagen que también sirve Rodolfo Usigli, Vicente Leñero y Fernando del Paso.
Las viejas más terribles se agitan en las páginas del chileno José Donoso: abuelas pavorosas y procaces como las de Coronación. Aunque nada semejante a la ronda shakespereana de las monstruosas sirvientas, en un asilo de Santiago en el que han sido confinadas guardianas del lado oscuro de poderosas familias. "Dicen... Dicen... dicen: palabra omnipotente en las bocas raídas de las viejas, sílabas que almacenan todo el saber de las miserables... viejas como montones de harapos que se agitan un poco" (El obsceno pájaro de la noche). En Argentina es inolvidable La Nona, de Roberto Cossa.
Pocos, como el poeta Jaime Sabines, han sabido cantarle a la vejez virgen: "Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta / con tus setenta años de virgen definitiva, / tendida sobre tu catre, estúpidamente muerta. / Hiciste bien en morirte, tía Chofi, / porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso, / porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste, / ya no tenías nada que hacer y a leguas se miraba / que querías morirte y te aguantabas. Vas a ser olvidada de todos / como los lirios del campo, / como las estrellas solitarias". Quizá sólo igualable a las vivaces ancianas de Manuel Puig. Las que, como Luci y Nidia, que al caer la noche tropical tejen un mundo en tono de chisme.
La serie puede continuar pero estaría incompleta si no mencionara algunas viejas que me impactaron. Una es la protagonista de Camino a la Meca. Helen esculpe bellas y extrañas figuras de cemento que miran hacia la Meca, a riesgo de la acusen de herética. Allí ha encontrado su libertad. La otra es mucho más dura, Elizabeth Costello, la incómoda novelista australiana creada por Coetzee que se pregunta por el mal y por la literatura. (c) LA GACETA
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