Con la expresividad de las antiguas baladas

Por Fernando Sánchez Sorondo. Poema que rescata la memoria de un pionero, a la vez que confirma el talento poético de la autora y la versatilidad de su registro.

12 Noviembre 2006
El libro se abre con un epígrafe de T. S. Elliot que vale la pena transcribir porque, musicalmente hablando, corresponde a una verdadera obertura, que anuncia el tono y la melodía exactos de la balada: "...Donde un hombre muere valientemente, en unidad con su destino, ese suelo es suyo. Que lo recuerde su aldea".
Y este es precisamente el compromiso que asume Inés Aráoz en nombre de Tucumán -y de Catamarca-, donde Román Schechaj, ucraniano de origen, encontrará su suelo. Aquel que hará, en efecto, suyo, propio, no sólo para morir "valientemente, en unidad con su destino" sino antes que eso y por eso mismo para cumplirlo, para desplegarlo y vivir en armonía con él.
En un poema narrativo y en prosa, dotado de una musicalidad y de un colorido que remiten, en su plenitud, a la expresividad danzante y coreográfica de las antiguas baladas, la autora rescata en su "Balada para Román Schechaj" la memoria de quien, no siendo argentino, fue uno de los principales pioneros en el desarrollo científico con su patria de adopción.
Y así, en un crescendo cuyo ritmo se corresponde eficazmente con la emoción y el matiz justos que exigen los diversos episodios evocados, la balada se abre en la escena donde Schechaj, con apenas veinte años, es casi alcanzado por el tableteo de una ametralladora, mientras, en una suerte de alucinación anticipatoria, le es dada la visión de su futura hija: "Al principio fueron fulgores, manchas luminosas que se sucedían vertiginosamente, y luego se le figuró una criatura de unos tres añitos gateando por un prado verde bien jugoso... Y esa criatura era su hijita Tala estirando un brazo en dirección a la cigüeña... ¡Pero si él no tenía ninguna hija! Ni tan siquiera se había casado. Recién cumplía sus veinte años y servía como voluntario en el Frente Rumano".
Cuarenta años habían pasado desde entonces, a partir del momento en que se abre el relato. Román Schechaj vivió después y durante casi toda su vida en Catamarca, contratado por la Universidad de Tucumán, desempeñándose como investigador, a cargo de la Dirección de la Estación Experimental El Suncho.
Fue allí que consignó la historia de su vuelta al frente de combate en la Rusia de la Primera Guerra Mundial a comienzos de 1917, sin saber que el Gobierno había cambiado. Y lo hizo a través de las páginas de una carta que la balada de Inés Aráoz recoge y distribuye en su libro a modo de contrapunto con el texto central del relato: "El frente rumano fue separado de los otros frentes y de la retaguardia, razón por la cual la ola de la revolución (bolchevique) lo alcanzó con gran demora. El emplazamiento de la 6ª Batería estaba en la región de los Cárpatos".
Se trata de la historia de un desencuentro, de un entrecruzamiento en el tiempo que gravita en el texto íntegro de Aráoz de un modo eficazmente onírico, como suspendiéndolo, y que se proyecta asimismo en el espacio convocado. Y entonces los paisajes de Rusia y del norte argentino, y la flora y la fauna recíprocas se superponen también hasta lograr, a lo largo y a lo ancho de la balada, una suerte de unidad en la diversidad espacio-tiempo que va cobrando una dimensión metafísica.
La "Balada para Román Schechaj" es, en síntesis, un libro que confirma no sólo el talento poético de la autora sino la versatilidad poligráfica de su registro. Por lo demás, como objeto, el volumen es bilingüe y ofrece la versión rusa de la balada, a cargo de la hija de Román Schechaj, Natalia Schechaj, bellamente ilustrada por la autora. (c) LA GACETA

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