05 Noviembre 2006 Seguir en 

El volumen y la importancia de conocimientos nuevos han recibido una ampliación gigantesca en los últimos 100 años. La ciencia del último siglo ha progresado en todos sus frentes como jamás lo había hecho desde sus inicios hace unos 2.500 años en la Grecia antigua. No deja de ser irónico que la fe en el progreso haya entrado en crisis desde el pasado siglo, precisamente cuando el progreso científico se hacía más real que nunca a espaldas de esa fe perdida.
¿Se prolongará indefinidamente ese avance de nuestro saber sobre el mundo? ¿O logrará concluir en una imagen final, no mejorable, sobre el universo?
Ambas posibilidades están siendo defendidas por hombres de ciencia.
La segunda de ellas recoge las ideas del sentido común: el saber crece, se acumula, conquista territorios ignorados que se ven, así, reducidos progresivamente. Finalmente nuestra ignorancia desaparecerá y la ciencia habrá concluido su tarea de búsqueda. Sencillamente, porque conoceremos todo. Con insistencia creciente se está hablando de "teorías del todo". Entre el mapa precario que usó Diego de Rojas para hacer su entrada en el vasto territorio del Tucumán (mapa cargado de incertidumbres, lagunas y errores) y el actual mapeo del Google Earth, por ejemplo, habría esa distancia que se acorta progresivamente con el crecimiento del saber humano. Sin duda podrá mejorarse el Google Earth, pero no mucho más, porque se aproxima al límite en que conocimiento y realidad se reunirán en un punto final insuperable, tal es su acuerdo.
La primera perspectiva propone que la ciencia crece por la tensión entre lo que sabemos y lo que ignoramos; cada avance de nuevos saberes inaugura nuevas ignorancias que amplían indefinidamente la distancia entre lo conocido y lo desconocido. Mi maestro Desiderio Papp proponía esta imagen para representarlo: imaginemos que la suma de nuestro saber es el interior de una esfera; cada vez que ese interior crece, también lo hace la superficie exterior a la esfera (esto es, nuestra ignorancia). De modo que el máximo saber coincidirá siempre con la máxima ignorancia. Algo semejante propuso Oscar Wilde en un homenaje a Einstein que, recuerdo haber leído, sostenía aproximadamente: "La religión explica todo. La ciencia, en cambio, cada vez que explica algo debe enfrentar nuevos problemas que surgen desde esa explicación".
Científicos y algunos filósofos escogen una u otra de ambas interpretaciones. ¿Cuál de ellas es más razonable?
En un escrito de 1980 (¿Se vislumbra el final de la física teórica?), S. Hawking proponía que a los físicos no les faltaba más que unos veinte años para (con la ayuda de las nuevas computadoras) resolver los problemas de una teoría unificada completa. "Así que, quizás -sostenía- se vislumbra ya el final de los físicos teóricos, si no de la física teórica".
Hoy sabemos que cualquier concepción humana del mundo, por elaborada que sea, tiene que ver (entre otras condiciones) con la evolución de nuestro sistema nervioso. Si un murciélago formulara su imagen del medio, seguramente diferiría con nuestras descripciones. Ahora bien, en términos de "ajuste adaptativo", esa evolución de nuestro sistema nervioso se muestra eficaz en el rango de nuestras experiencias cotidianas. Es decir que nuestros sensores y nuestras categorías endógenas de cálculo son suficientes para interactuar con el entorno. Pero la ciencia ha ido mucho más lejos que el entorno. Y es ahí donde aparecen problemas para un "ajuste final" entre teorías y experiencias. Por ejemplo, estamos habituados a efectuar sumas entre magnitudes análogas como pesos, singularidades o velocidades. En la escala de observación usual, por ejemplo, podemos decir que si caminamos a 5 km/h dentro de un tren que se mueve en la misma dirección de nuestra marcha a 100km/h, estamos desplazándonos a 105 km/h. En la física relativista, en cambio, esa adición de velocidades no se cumple siempre: en un tren einsteniano lanzado a 240.000 km/s, que encienda su faro, esa luz no se desplazará a los 540.000 km/s que resultan de sumar los 240.000 km/s del tren más los 300.000 km/s de la propia luz. La luz del tren conservará su velocidad de 300.000 km/s. ¿Qué ocurre ahí? ¿Las matemáticas han dejado de describir propiedades básicas de los fenómenos y algunos de estos son indóciles a nuestros prejuicios de cálculo? Como quiera que sea, es improbable que la física abandone esos prejuicios que tantos beneficios trajeron. Tampoco ciertos comportamientos subatómicos (como el llamado "enredo cuántico", que parece vincular a dos partículas por mucho que se alejan luego de su colisión) son analizables en términos de nuestras creencias comunes: el "ajuste adaptativo", válido para nuestro medio familiar, nos resulta perfectamente inadecuado para entender ese enredo cuántico.
Esto parece conceder cierta inevitable "historicidad evolutiva" a nuestras teorías. Es decir que nuestro psiquismo, equipado como viene, está ejecutando una renovada adaptación ante el desafío de fenómenos indóciles a encajar en las teorías tradicionales. Y la esperanza de hallar una teoría final acaso sea sólo una ficción, útil, paradójicamente, para hacer crecer nuestra búsqueda sin término. Desde luego la expectativa de Hawking no se ha cumplido. Ello no demuestra que esté equivocado sobre la existencia (en algún futuro) de una teoría final. Sin embargo, ¿cuántas veces en los pasados dos milenios los hombres han creído ingenuamente estar en posesión de una verdad final? Es difícil sin duda apostar a la búsqueda de la verdad y reconocer de antemano su frágil provisionalidad. Sin embargo, no parece mejor proyecto congelar la investigación bajo la convicción de que nuestra última versión de la realidad es insuperable, fija para siempre.(c) LA GACETA
¿Se prolongará indefinidamente ese avance de nuestro saber sobre el mundo? ¿O logrará concluir en una imagen final, no mejorable, sobre el universo?
Ambas posibilidades están siendo defendidas por hombres de ciencia.
La segunda de ellas recoge las ideas del sentido común: el saber crece, se acumula, conquista territorios ignorados que se ven, así, reducidos progresivamente. Finalmente nuestra ignorancia desaparecerá y la ciencia habrá concluido su tarea de búsqueda. Sencillamente, porque conoceremos todo. Con insistencia creciente se está hablando de "teorías del todo". Entre el mapa precario que usó Diego de Rojas para hacer su entrada en el vasto territorio del Tucumán (mapa cargado de incertidumbres, lagunas y errores) y el actual mapeo del Google Earth, por ejemplo, habría esa distancia que se acorta progresivamente con el crecimiento del saber humano. Sin duda podrá mejorarse el Google Earth, pero no mucho más, porque se aproxima al límite en que conocimiento y realidad se reunirán en un punto final insuperable, tal es su acuerdo.
La primera perspectiva propone que la ciencia crece por la tensión entre lo que sabemos y lo que ignoramos; cada avance de nuevos saberes inaugura nuevas ignorancias que amplían indefinidamente la distancia entre lo conocido y lo desconocido. Mi maestro Desiderio Papp proponía esta imagen para representarlo: imaginemos que la suma de nuestro saber es el interior de una esfera; cada vez que ese interior crece, también lo hace la superficie exterior a la esfera (esto es, nuestra ignorancia). De modo que el máximo saber coincidirá siempre con la máxima ignorancia. Algo semejante propuso Oscar Wilde en un homenaje a Einstein que, recuerdo haber leído, sostenía aproximadamente: "La religión explica todo. La ciencia, en cambio, cada vez que explica algo debe enfrentar nuevos problemas que surgen desde esa explicación".
Científicos y algunos filósofos escogen una u otra de ambas interpretaciones. ¿Cuál de ellas es más razonable?
En un escrito de 1980 (¿Se vislumbra el final de la física teórica?), S. Hawking proponía que a los físicos no les faltaba más que unos veinte años para (con la ayuda de las nuevas computadoras) resolver los problemas de una teoría unificada completa. "Así que, quizás -sostenía- se vislumbra ya el final de los físicos teóricos, si no de la física teórica".
Hoy sabemos que cualquier concepción humana del mundo, por elaborada que sea, tiene que ver (entre otras condiciones) con la evolución de nuestro sistema nervioso. Si un murciélago formulara su imagen del medio, seguramente diferiría con nuestras descripciones. Ahora bien, en términos de "ajuste adaptativo", esa evolución de nuestro sistema nervioso se muestra eficaz en el rango de nuestras experiencias cotidianas. Es decir que nuestros sensores y nuestras categorías endógenas de cálculo son suficientes para interactuar con el entorno. Pero la ciencia ha ido mucho más lejos que el entorno. Y es ahí donde aparecen problemas para un "ajuste final" entre teorías y experiencias. Por ejemplo, estamos habituados a efectuar sumas entre magnitudes análogas como pesos, singularidades o velocidades. En la escala de observación usual, por ejemplo, podemos decir que si caminamos a 5 km/h dentro de un tren que se mueve en la misma dirección de nuestra marcha a 100km/h, estamos desplazándonos a 105 km/h. En la física relativista, en cambio, esa adición de velocidades no se cumple siempre: en un tren einsteniano lanzado a 240.000 km/s, que encienda su faro, esa luz no se desplazará a los 540.000 km/s que resultan de sumar los 240.000 km/s del tren más los 300.000 km/s de la propia luz. La luz del tren conservará su velocidad de 300.000 km/s. ¿Qué ocurre ahí? ¿Las matemáticas han dejado de describir propiedades básicas de los fenómenos y algunos de estos son indóciles a nuestros prejuicios de cálculo? Como quiera que sea, es improbable que la física abandone esos prejuicios que tantos beneficios trajeron. Tampoco ciertos comportamientos subatómicos (como el llamado "enredo cuántico", que parece vincular a dos partículas por mucho que se alejan luego de su colisión) son analizables en términos de nuestras creencias comunes: el "ajuste adaptativo", válido para nuestro medio familiar, nos resulta perfectamente inadecuado para entender ese enredo cuántico.
Esto parece conceder cierta inevitable "historicidad evolutiva" a nuestras teorías. Es decir que nuestro psiquismo, equipado como viene, está ejecutando una renovada adaptación ante el desafío de fenómenos indóciles a encajar en las teorías tradicionales. Y la esperanza de hallar una teoría final acaso sea sólo una ficción, útil, paradójicamente, para hacer crecer nuestra búsqueda sin término. Desde luego la expectativa de Hawking no se ha cumplido. Ello no demuestra que esté equivocado sobre la existencia (en algún futuro) de una teoría final. Sin embargo, ¿cuántas veces en los pasados dos milenios los hombres han creído ingenuamente estar en posesión de una verdad final? Es difícil sin duda apostar a la búsqueda de la verdad y reconocer de antemano su frágil provisionalidad. Sin embargo, no parece mejor proyecto congelar la investigación bajo la convicción de que nuestra última versión de la realidad es insuperable, fija para siempre.(c) LA GACETA
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