Esos mundos que quedaron atrás

Por Eugenia Flores de Molinillo. MEMORIA.

05 Noviembre 2006
Parece que alguna vez León Tolstoi, pensando quizás en lo anónima que habría sido Ana Karenina si Karenin hubiera sido el marido ideal o si Vronsky jamás hubiera aparecido en el horizonte, dijo: "las familias felices no tienen historia". Hasta cierto punto, Conde Tolstoi, sólo hasta cierto punto. Es verdad que el suspenso y las emociones fuertes no brotan en las biografías o autobiografías de personas cuyas existencias siguen los rituales de una vida corriente de estudio, trabajo, matrimonio, hijos y nietos, matizada con alegrías y pesares para nada extraordinarios, algunas mudanzas, actividades legítimas que amplían horizontes, pero... ¿será un pecado literario relatar una existencia "normal", con algunas anécdotas que merecen una mirada más, o que sugieren un aprendizaje vital, sólo como un testimonio acrisolado por el único fuego del amor a la vida? Ahí están Memorias de un chango tucumano, de Alberto Alderete Núñez, o Bodas de diamante con la vida, de Jorge Israelev, narraciones lineales, autorreferenciales, homodiegéticas, para calificarlas con palabras académicas. Lauros literarios aparte, ¿es o no un placer leer estos testimonios de hombres que, cercanos a nosotros en la geografía, y no tan lejanos en el tiempo, nos cuentan de esos "mundos" que los años van dejando atrás, registrando sus pequeñas batallas, sus triunfos y sus duelos?A este entrañable género pertenece Lágrimas y sonrisas, de Rubén Mario Cáceres, ingeniero, tucumano residente en La Plata, donde se publicó este libro que muestra en la tapa a una bebé sonriente -nieta del autor-, vestida de payaso. Buena elección, ese personaje emblemático del cruce de esas lágrimas y esas sonrisas, manifestaciones básicas de la emoción humana.
Capítulos breves nos cuentan de los años decisivos, los que marcan para siempre, en la sencillez familiar de días pautados y luminosos en San Isidro Labrador, población cercana a la capital de Catamarca. Hay travesuras, amistades, estudios y competencias deportivas con pueblos cercanos en esos sequedales -que el autor volverá a encontrar, décadas más tarde, nada menos que en el viaje que hace a Grecia con su familia-. La amistad, el descubrimiento de la atracción por el sexo opuesto, las inocentes aventuras de los años A.T. (antes de la televisión), la influencia de la devoción religiosa que caracteriza a Catamarca, los personajes inolvidables, todo ello conforma el caudal emotivo con que el protagonista se reencuentra con su Tucumán natal en 1949.
El marco histórico asoma como referencia de los años de formación profesional, parte de los cuales transcurren en la Ciudad Estudiantil creada por el gobierno de Perón, en el Bajo Belgrano, en Buenos Aires. Experiencia interesante, sin duda, y digna de ser conocida a través de un testigo presencial de aquellos experimentos que pudieron haber sido positivos, pero que fueron interrumpidos por el maniqueísmo político de nuestros vencedores, que descalifican automáticamente todo impulso que no les pertenezca. Cáceres expresa su desencanto con la clase política en el "Apéndice" que cierra el libro.
Es de notar el humor, moderado pero efectivo, que Cáceres imprime a la narración, y que florece francamente en los retratos de personas que dejaron huella en sus recuerdos. En este sentido el capítulo que da su título al libro, "Lágrimas y sonrisas", es antológico. Y la estudiantina de los años platenses no le va mucho en zaga.
Lamentamos que se hayan deslizado algunos errores ortográficos y de alguna otra índole en la prosa clara del autor. La solapa del libro nos informa que Cáceres lleva publicados ya varios títulos que privilegian lo familiar y lo costumbrista.
Esperamos que persevere, con la convicción de estar construyendo un legado para los suyos y para los que quieran comprobar si las familias -o las vidas- felices tienen o no su historia. (c) LA GACETA

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