La condición

Por María Eugenia Bestani para LA GACETA - Tucumán.

29 Octubre 2006
Quizás hoy que te escribo y despuntan las flores de los tarcos, pueda vender alguna de mis tallas en el puesto de la feria de artesanos de la Plaza Alberdi, sea un mate torneado, un alhajero o un perchero de palo santo. Es bueno que no puedas ver la precariedad de mi producción "artísticoutilitara", pero no dejo de crear. Sí que conocerás de esa fuerza que puja y necesita desprenderse de las yemas.
He terminado el espacio y cubierto con un toldo la estructura de hierro. Ubiqué con cuidado las piezas y les sacudí el polvo con los dedos. Calor. La gente tarda en llegar. El banco en el que me siento tiene inscripta una de las máximas del prócer de tu estatua, la condición del patriotismo es el desinterés; y te escribo, como ya es costumbre o vicio, en mi cuaderno. Pienso que estas frases que garabateo podrían ser el inicio de un cuento o un poema (sólo si la literatura fuese mi arte), pero no tengo habilidad para eso. Dudo que tenga habilidad para otra cosa que no sea tallar y tornear madera. Tu prócer me arroja sombra en más de un sentido. Lo mío es pequeño. Amiga, ¿guarda la energía relación con la escala?Un ruido agudo; es sólo un grillo entre los árboles. Alberdi está de pie como lo esculpiste, rodeado de dos ninfas y de un ángel, debajo del templete de vidrio opaco que se abre como una flor de peltre gigante en el centro de un oleaje de tarcos. Una de tus ninfas, la del gorro frigio, ha perdido sus falanges y su mano semeja una mariposa mutilada en pleno vuelo. Comedidamente, se los remoldearon y pegaron, pero se desprendieron igual. La primera vez que sucedió, más de uno creyó que se trataba del vandalismo de algún maníaco. Pero no, resultó ser la fuerza de gravedad, la gravedad y la endeblez de la piedra. Pienso, no sé, que ese hecho fortuito es la metáfora de algo; hay un sentido que ruge aunque no puedo articularlo. Escribirte me ayuda, inclinado sobre este cuaderno, en el que anoto lo necesario para poder seguir viviendo día a día. Hojas secas de grevillea han aterrizado sobre el papel. Las sacudo, después de haberlas mirado un rato suspendidas en los renglones como si fuesen letras de algún alfabeto idiográfico. Así, pienso, debería ser un poema sobre las hojas caídas, como el objeto mismo.
Ahora, la voz de una joven morocha, con calzas negras, me pide que me levante.
- Es que estamos por instalar un parlante. Hoy damos clase de chacarera.
Ah... los bailarines.
Me levanto de la condición del patriotismo pesadamente, sin saber qué sentir, ni qué pensar. La percusión de instrumentos y tacos sacude ya el polvo y lo que pueda de nuestra aletargada siesta. Me recluyo en el habitáculo de lona, detrás de mis tallas de palo santo. Puedo ver de soslayo cómo la morocha se contornea chasqueando con fuerza los dados, ante la imperturbable mirada del prócer de mármol y de su ninfa sin falanges. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios