29 Octubre 2006 Seguir en 

Querer hacer una lectura rápida de los relatos de Héctor Tizón sería un error. Para entrar en su obra, para entenderla, hay que hacerlo despacio y con ánimo sereno, como se entra en la habitación de alguien que duerme, reza o lee. Y no hablamos de una habitación hermética y oscura, sino con las ventanas abiertas al campo abierto, y en cuyo hueco resuenan trinos, ladridos y ecos de infancia.
Sus relatos (no me atrevo a llamarlos cuentos, puesto que son algo más vasto, y más verídico, que un simple cuento de ficción), son los de un hombre que evoca el pasado en voz baja, como rumiando las palabras. Es así que la primera impresión del lector que aguza el oído para oír sus historias, es que de tan ensimismado, el relator no selecciona las palabras, ni se esmera en ser claro, como si su intención fuera recrear el pasado para sí mismo, por el solo gusto de recuperar el "tiempo perdido". Pero si el lector persiste, y logra acompasar su ritmo vital propio con el de este escritor jujeño de suave voz, entonces la palabra escrita obra su milagro, y se alza en la imaginación del lector-oyente un mundo cautivante poblado de rostros, voces, pasiones y aromas intensos (microcosmos de una memoria manifestada en palabras).
Armarse de paciencia, por tanto, es la condición para adentrarse en estos "Cuentos Completos" de Héctor Tizón. Y digo mal, o es nuestra lengua, más bien, la que en este caso se expresa de un modo inadecuado, porque el que se decide a vivir a un ritmo más lento no se "arma" de la virtud de la paciencia, sino que, más bien, depone las armas tan humanas (demasiado humanas) del nerviosismo y la intolerancia. El que se dispone a entrar en una corriente anímica ajena para fluir y dejarse llevar (tal es la situación del lector que se sumerge en la lectura de un libro sereno, o la del que, simplemente, se pone a vivir de un modo más filosófico y atento), entra en tierras de paz, y las palabras "participación" y "encuentro" dejan de ser meros conceptos platónicos para convertirse en experiencias vitales profundas.
Una vez que, desarmado de su ansiedad, el lector logra entrar en la obra de Tizón provisto de la rama de olivo de la paciencia, entonces sí está en condiciones de advertir que los relatos de este libro, en su mayoría, no son historias cerradas y circulares (introducción, nudo y desenlace), sino escenas de la vida de personajes comunes. El argumento es acá irrelevante. Ninguna idea original motiva el relato desde afuera, ordenándolo de un modo ingenioso y racional, como sucede en los cuentos de Borges, de Horacio Quiroga o de Edgar Allan Poe. Para Tizón, cualquier cosa que haya sucedido "alguna vez" merece ser contada. Cualquier momento de la historia es un cuento en sí mismo, un acontecimiento. En este sentido, es de la raza literaria de Antón Chéjov, ya que, para escribir, le basta con ser un testigo sensible y fiel de la realidad, sincero, espontáneo.
Si fuera cineasta, Tizón no escribiría un libreto ni contrataría a actores profesionales. Tampoco, por supuesto, editaría el material una vez concluidas las filmaciones. Sino que, cámara al hombro, echaría a andar por el mundo para captar escenas del mundo real, representadas por hombres sencillos, es decir, por actores secundarios y de reparto, que conforman el grueso de la humanidad, naturalmente. Pero no iría a buscar a sus personajes a la gran ciudad, sino a los pueblos oscuros y olvidados, en donde el tiempo no corre, sino que gotea como en una clepsidra. Y entre los pueblerinos, buscaría a los más simples e ignotos, para registrar -con lente lírica-, lo extraordinario de las vidas ordinarias.
Tizón tiene predilección por los enfermos, los locos y los animales, es decir, por las almas de los sufrientes y los puros (y de los purificados por el dolor, la demencia, o la deformidad). Su relato titulado "El Circo" es emocionante, y narra un momento crucial en la vida de un niño enfermo. En "El Hijo de Belcebú", Tizón cuenta con maestría la historia de un loco enamorado que es cruelmente engañado. En "Caballo Viejo" y "El Llamado", queda en evidencia la ternura que el escritor siente por los animales, y el lector, al compenetrarse con estas historias, se contagia fácilmente de la ternura poética de esos relatos.
Otras historias, en cambio son, según adelantamos, de tono evocativo como la que lleva por nombre "Cortada Gordillo". Y entonces Tizón hace honor a su nombre, y es imposible no recordar los versos entrañables de Antonio Machado que dicen: "Creí mi hogar apagado/ removí las cenizas/ me quemé la mano". Al remover el pasado remoto, Héctor Tizón da lo mejor de sí, y el lector, agradecido, siente en el rostro una tibieza de hogar que lo reconforta y, buenamente, lo sensibiliza. (c) LA GACETA
Sus relatos (no me atrevo a llamarlos cuentos, puesto que son algo más vasto, y más verídico, que un simple cuento de ficción), son los de un hombre que evoca el pasado en voz baja, como rumiando las palabras. Es así que la primera impresión del lector que aguza el oído para oír sus historias, es que de tan ensimismado, el relator no selecciona las palabras, ni se esmera en ser claro, como si su intención fuera recrear el pasado para sí mismo, por el solo gusto de recuperar el "tiempo perdido". Pero si el lector persiste, y logra acompasar su ritmo vital propio con el de este escritor jujeño de suave voz, entonces la palabra escrita obra su milagro, y se alza en la imaginación del lector-oyente un mundo cautivante poblado de rostros, voces, pasiones y aromas intensos (microcosmos de una memoria manifestada en palabras).
Armarse de paciencia, por tanto, es la condición para adentrarse en estos "Cuentos Completos" de Héctor Tizón. Y digo mal, o es nuestra lengua, más bien, la que en este caso se expresa de un modo inadecuado, porque el que se decide a vivir a un ritmo más lento no se "arma" de la virtud de la paciencia, sino que, más bien, depone las armas tan humanas (demasiado humanas) del nerviosismo y la intolerancia. El que se dispone a entrar en una corriente anímica ajena para fluir y dejarse llevar (tal es la situación del lector que se sumerge en la lectura de un libro sereno, o la del que, simplemente, se pone a vivir de un modo más filosófico y atento), entra en tierras de paz, y las palabras "participación" y "encuentro" dejan de ser meros conceptos platónicos para convertirse en experiencias vitales profundas.
Una vez que, desarmado de su ansiedad, el lector logra entrar en la obra de Tizón provisto de la rama de olivo de la paciencia, entonces sí está en condiciones de advertir que los relatos de este libro, en su mayoría, no son historias cerradas y circulares (introducción, nudo y desenlace), sino escenas de la vida de personajes comunes. El argumento es acá irrelevante. Ninguna idea original motiva el relato desde afuera, ordenándolo de un modo ingenioso y racional, como sucede en los cuentos de Borges, de Horacio Quiroga o de Edgar Allan Poe. Para Tizón, cualquier cosa que haya sucedido "alguna vez" merece ser contada. Cualquier momento de la historia es un cuento en sí mismo, un acontecimiento. En este sentido, es de la raza literaria de Antón Chéjov, ya que, para escribir, le basta con ser un testigo sensible y fiel de la realidad, sincero, espontáneo.
Si fuera cineasta, Tizón no escribiría un libreto ni contrataría a actores profesionales. Tampoco, por supuesto, editaría el material una vez concluidas las filmaciones. Sino que, cámara al hombro, echaría a andar por el mundo para captar escenas del mundo real, representadas por hombres sencillos, es decir, por actores secundarios y de reparto, que conforman el grueso de la humanidad, naturalmente. Pero no iría a buscar a sus personajes a la gran ciudad, sino a los pueblos oscuros y olvidados, en donde el tiempo no corre, sino que gotea como en una clepsidra. Y entre los pueblerinos, buscaría a los más simples e ignotos, para registrar -con lente lírica-, lo extraordinario de las vidas ordinarias.
Tizón tiene predilección por los enfermos, los locos y los animales, es decir, por las almas de los sufrientes y los puros (y de los purificados por el dolor, la demencia, o la deformidad). Su relato titulado "El Circo" es emocionante, y narra un momento crucial en la vida de un niño enfermo. En "El Hijo de Belcebú", Tizón cuenta con maestría la historia de un loco enamorado que es cruelmente engañado. En "Caballo Viejo" y "El Llamado", queda en evidencia la ternura que el escritor siente por los animales, y el lector, al compenetrarse con estas historias, se contagia fácilmente de la ternura poética de esos relatos.
Otras historias, en cambio son, según adelantamos, de tono evocativo como la que lleva por nombre "Cortada Gordillo". Y entonces Tizón hace honor a su nombre, y es imposible no recordar los versos entrañables de Antonio Machado que dicen: "Creí mi hogar apagado/ removí las cenizas/ me quemé la mano". Al remover el pasado remoto, Héctor Tizón da lo mejor de sí, y el lector, agradecido, siente en el rostro una tibieza de hogar que lo reconforta y, buenamente, lo sensibiliza. (c) LA GACETA
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