Obra moldeada con elementos diversos, más a la manera del poeta que a la del cronista

Por Rodolfo Alonso. Es que si no somos memoria y no llegamos a ser palabra, es como si no fueramos nada.

29 Octubre 2006
Como casi todas las obras del autor (pero acaso de manera especial en la ocasión) también este libro está poblado. Y no sólo de presencias o recuerdos, de familiares y vecinos, de lugares y gente, de lluvias y de cielos, de compañeros y colegas, de silencios y sones y lecturas, de animales y árboles, de plantas y de libros, de amigos entrañables de toda la vida pero también de figuras errantes e instantáneas, gente vista y oída al pasar, en las calles de la ciudad o el lugar compartidos. Y no sólo en verso o prosa sino también en fotos y hasta en testimonios o recortes de diarios, pero todo ello elegido y moldeado siempre más a la manera del poeta que a la del cronista (aunque nunca dejará también de haber siempre un cronista agudo y perspicaz en el asunto).
Pero como antes dije, en este caso la cosa se acentúa, y ya desde el comienzo. Con inocencia ejemplar, que ambos comparten, y sin doblez alguna, por supuesto, este bello volumen, como los otros también construido por el propio autor gráfica y artesanalmente, con su añeja y enamorada devoción por el oficio de imprimir, se abre con un entrañable, conmovedor documento, tan felizmente y atinadamente dado a luz. Nada menos que el primer borrador, precedido por una no menos entrañable carta de amistosa donación, después de años, de un largo y hondo ensayo sobre la poesía de Groppa (cuyo único original dactilografiado se perdió, junto con la publicación frustrada, en la agitada historia pública de las originalmente bienintencionadas Ediciones Culturales Argentinas), debido al querido y recordado Joaquín O. Giannuzzi, quien como de paso y sin proponérselo se nos revela entonces aquí como un prosista maduro y ejemplar, lúcidamente tembloroso y al mismo tiempo de aguda precisión.
Es sólo uno más (nada menos) de los cálidos encontronazos con la vida vivida y por vivir que vienen constituyendo, para quienes sean capaces de estar a su altura y en un crescendo ejemplar, los bellos libros que como este debemos agradecer al poeta Néstor Groppa, ese cordobés de Laborde que desde hace tantos años supo aquerenciarse en Jujuy hasta llegar a hacerla suya. O mucho mejor, hacerse suyo. Y sin dejar, al mismo tiempo, como precisamente nos viene a probar ahora con tocante eficacia Este otoño, de llevar bien adentro todos sus pagos anteriores.
Es que si no somos memoria y no llegamos a ser palabra, es como si no fuéramos nada. (c) LA GACETA

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