29 Octubre 2006 Seguir en 

El libro, a pesar de su brevedad (fue en rigor una conferencia dada en el Nexus Institute de Holanda), arremete con dos cometidos de vastos alcances: establecer cuáles son las notas distintivas de Europa y trazar un plan de trabajo que debería emprender ese continente en medio de la globalización. Aunque no lo explicita de modo tajante, el profesor Steiner elabora su ensayo sobre el contrapunto de Europa con relación a Estados Unidos.
Los rasgos que menciona como característicos de Europa son cinco: la presencia de cafés, como el mítico Deux Magots en París, donde los contertulios filosofan, escriben poesía, se enamoran o conspiran, contrastados con los sitios de comida rápida que abundan en Estados Unidos. Un paisaje a escala humana, a la medida de los pies, es el segundo matiz. Que las calles y plazas, en lugar de números y letras, llevan nombres de próceres, artistas o científicos, de modo que el hombre urbano habita en cámaras de resonancia de los logros históricos y mantiene una relación más fuerte con el pasado. El cuarto rasgo consiste en la dualidad de ser herederos de Atenas y de Jerusalén, de Sócrates y de Isaías, entrecruzamiento de donde ha salido la música de Bach, Mozart, Beethoven o Schubert, la matemática de Pitágoras y el teorema de Fermat y el pensamiento especulativo que va de los presocráticos a Kant. Y el quinto y último parámetro de Steiner es que Europa es una civilización con autoconciencia de su mortalidad, de su finitud, de su crepúsculo hegeliano.
A partir de este punto, Steiner se sume en cierto pesimismo. Reconoce que los nacionalismos, los odios étnicos y los regionalismos han perjudicado a Europa, como se verifica de los Balcanes al País Vasco. A la vez se desconsuela por la homogeneidad tecnológica, el predominio del inglés y el avance de internet, que atribuye al éxito del modelo americano, al que llama "detergente marea" o "esperanto devorador". Queda desolado al constatar que David Beckham es hoy para Europa más significativo que Shakespeare, lo que atribuye al despotismo del mercado de masas y al acicate del estrellato comercializado. Es decir que se siente atenazado por dos horrores y se pregunta cómo compatibilizar cierta revalorización del detalle, de la diversidad, sin caer en la intolerancia. Puesto en esa disyuntiva, recobra el optimismo y arguye que esos odios fueron en gran medida producto de la influencia del cristianismo y que el declive de este y el inversamente proporcional ascenso del agnosticismo podrían abrir las puertas a una Europa poscristiana, donde prevalecería un humanismo secular, capaz de dar batalla al modelo americano, otorgando nuevamente valor a ideales tales como el ocio, la privacidad o el individualismo anárquico.
Se trata de un ensayo estimulante, que seduce tanto por el ardor de las ideas (en parte discutidas por Vargas Llosa en el prólogo, al rebatir la noción de que existe una crisis europea) cuanto por la riqueza en el tratamiento del lenguaje. Llama la atención que en un artículo del 8 de octubre pp, publicado en LA GACETA Literaria ("El sopor de Europa"), Sebastián Dozo Moreno sugería a los europeos exactamente lo contrario que Steiner, es decir salir de la presunta crisis no con menos sino con más cristianismo. (c) LA GACETA
Los rasgos que menciona como característicos de Europa son cinco: la presencia de cafés, como el mítico Deux Magots en París, donde los contertulios filosofan, escriben poesía, se enamoran o conspiran, contrastados con los sitios de comida rápida que abundan en Estados Unidos. Un paisaje a escala humana, a la medida de los pies, es el segundo matiz. Que las calles y plazas, en lugar de números y letras, llevan nombres de próceres, artistas o científicos, de modo que el hombre urbano habita en cámaras de resonancia de los logros históricos y mantiene una relación más fuerte con el pasado. El cuarto rasgo consiste en la dualidad de ser herederos de Atenas y de Jerusalén, de Sócrates y de Isaías, entrecruzamiento de donde ha salido la música de Bach, Mozart, Beethoven o Schubert, la matemática de Pitágoras y el teorema de Fermat y el pensamiento especulativo que va de los presocráticos a Kant. Y el quinto y último parámetro de Steiner es que Europa es una civilización con autoconciencia de su mortalidad, de su finitud, de su crepúsculo hegeliano.
A partir de este punto, Steiner se sume en cierto pesimismo. Reconoce que los nacionalismos, los odios étnicos y los regionalismos han perjudicado a Europa, como se verifica de los Balcanes al País Vasco. A la vez se desconsuela por la homogeneidad tecnológica, el predominio del inglés y el avance de internet, que atribuye al éxito del modelo americano, al que llama "detergente marea" o "esperanto devorador". Queda desolado al constatar que David Beckham es hoy para Europa más significativo que Shakespeare, lo que atribuye al despotismo del mercado de masas y al acicate del estrellato comercializado. Es decir que se siente atenazado por dos horrores y se pregunta cómo compatibilizar cierta revalorización del detalle, de la diversidad, sin caer en la intolerancia. Puesto en esa disyuntiva, recobra el optimismo y arguye que esos odios fueron en gran medida producto de la influencia del cristianismo y que el declive de este y el inversamente proporcional ascenso del agnosticismo podrían abrir las puertas a una Europa poscristiana, donde prevalecería un humanismo secular, capaz de dar batalla al modelo americano, otorgando nuevamente valor a ideales tales como el ocio, la privacidad o el individualismo anárquico.
Se trata de un ensayo estimulante, que seduce tanto por el ardor de las ideas (en parte discutidas por Vargas Llosa en el prólogo, al rebatir la noción de que existe una crisis europea) cuanto por la riqueza en el tratamiento del lenguaje. Llama la atención que en un artículo del 8 de octubre pp, publicado en LA GACETA Literaria ("El sopor de Europa"), Sebastián Dozo Moreno sugería a los europeos exactamente lo contrario que Steiner, es decir salir de la presunta crisis no con menos sino con más cristianismo. (c) LA GACETA
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