
"En la palabra rosa está la rosa", sigue diciéndonos Borges, incansable. Y así es. Conocer algo y saber su nombre crea una vinculación íntima entre nombre y contenido.
Y... ¿con qué se vincula el nombre "Tucumán"? Recorramos algunos textos dispersos, no para cronicar la evolución del término, tarea cuya necesaria enjundia dejo a los historiadores, sino para atisbar lo que la palabra "Tucumán" ha sido capaz de evocar.
El Inca Garcilaso, mestizo notable de memoriosa pluma, dejó sus Crónicas reales para que la historia del Incario no se perdiera bajo los aceros con que la gente de su padre sometió a la gente de su madre. ¿Qué le sugeriría el nombre Tucma, región tan al sur de su Cusco natal? ¿Qué barbarie imaginaría en comarcas sin ley del Inca, aunque sus gentes mostraran cierta conciencia política al enviar regalos al gran conquistador Viracocha? Pablo Rojas Paz dice que Tucumán querría decir "hasta aquí nomás", o sea, el límite sur del imperio inca. No hay certeza: Nicolás Avellaneda dedujo que Tucumán significaba "cabeza luminosa" y Paul Groussac sugirió "país del algodón". Se habló de un cacique, Tucma, o de los "tucus", luciérnagas que pueblan la noche subtropical. Perdido su origen, el término comparte su raíz nativa con sólo siete de las veinticuatro provincias argentinas.
Excitaban la sed de oro del español esas tierras tras las cumbres altoperuanas. El "Tucma", pronunciado ya "Tucumán" pasó a nombrar la extensa zona entre Chile y el Río de la Plata. Al sudeste, el fuerte Sancti Spiritu se disolvía en un futuro suelo santafesino. En la llanura obsesiva de la Buenos Aires de don Pedro de Mendoza se blanqueaban huesos de hombres y animales, y los vientos del Mar Dulce dispersaban restos de chozas precarias. La ocupación europea de nuestro país recomenzó, pues, con el Tucumán. En 1536, un azorado Almagro bajó del Perú y cruzó a Chile por el paso de San Francisco. Dos años más y llegarían los "hombres de la entrada", liderados por Diego de Rojas, en ambiciosa marcha por paisajes vibrantes, fiebres palúdicas y la lógica hostilidad de los nativos. Rojas moriría en tierra hoy santiagueña, víctima de quienes, por error de Colón, fueron llamados "indios".
Sueños perdidos. Sueños logrados. La figura enhiesta de Diego de Villarroel junto al palo de la justicia fundando San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión, en Ibatín, en 1565. Tras ciento veinte años de soledad, una procesión fantasmal de descendientes de los fundadores, debilitados por las fiebres y la hostilidad de los nativos, trajeron su ciudad a su actual ubicación. La segunda Tucumán sería mejor, pensarían. Dejaban un magro trazado de calles, casas elementales, y una jarra de plata encontrada dos siglos y medio después, emblemática del pasado arduo y esperanzado, silencioso hoy.
Extenso era el Tucumán del Virreinato creado en 1776, año en el que los futuros yanquis ya se independizaban. Y fueron dos las intendencias entre los Andes y el centro de la actual Argentina: Salta del Tucumán y Córdoba del Tucumán. Todos los climas, todos los paisajes, toda la promesa que encierra la tierra fértil, en clima benigno, el agua abundante. Tal vez por fácil, fue difícil: se acapararía tierra sin mejorarla y se talarían bosques sin piedad.
Tucumán, ¿qué mejor lugar para el Congreso de la Independencia? La mitología escolar grabó lo del 9 de Julio con la "Casita de Tucumán", término que nos incomoda. El peregrinaje cívico a la Casa de la Independencia es quizá lo primero con que nuestros compatriotas asocian a Tucumán. Recuerdo a mi padre, conmovido tras haber acompañado a un amigo rosarino a la Casa Histórica, como la llamamos: el hombre había llorado ante la fachada tantas veces dibujada en su niñez. Hay emociones que celebran el patriotismo.
Hubo viajeros, ingleses los más, en el siglo XVIII y primera mitad del XIX. Como hormiguitas de avanzada, redactaban impecables informes sobre posibles emprendimientos mineros o agrícolas. La Revolución Industrial exigía materia prima y mercados y los ojos imperiales computaban, incansables. Ahí está Edmond Temple, lamentando ciertos rasgos negativos de nuestro norte, sobre todo la indolencia de la gente. Busca comprender, y deduce que "...no parecen entender que el bien público es también el de los individuos". Y así, "en este abandonado país, la pereza y la indolencia deben ser las naturales consecuencias". Pero al hablar de la naturaleza, la palabra queda chica para tanta admiración, como sucedió con muchos. Esos relatos, y las cartas de su amigo José Posse, son los que quizás hicieron que Sarmiento hablara del "Jardín de la República, edén de América, sin par en toda la redondez de la tierra", aún sin haber pisado tierra tucumana. Cuando lo hizo, confirmó su apreciación.
Otros tuvieron escala final en Tucumán, ya la provincia más pequeña y la de mayor densidad poblacional. Llegaron españoles "nuevos", además de italianos, judíos, sirios y tantos otros buscadores de cielos nuevos. Como en todas las ciudades del país, las últimas décadas aportaron nuestros coreanos y taiwaneses, sin olvidar a bolivianos y a otros latinoamericanos.
El tiempo crea y aumenta, así como quita y destruye. El siglo XX pasó por Tucumán mezclando progreso con miseria, creatividad fecunda con desidia paralizante, ideales, con destrucción y patriotismo con totalitarismo. El inventario crece. Ya en 1914 Amalia Prebisch de Piossek aludía al pasado que se muere tal como "se va muriendo / la randera tucumana", la bordadora del primoroso encaje, esa "randa" que nos llegó quizás de Bruselas con las mujeres de la Conquista. Y dice el poema de "naranjos de fruta de oro" y "cedrones de copa blanca".
La naturaleza, en sus modos serenos, tiene puesto de honor en las creaciones de corte folclórico que nombran a nuestra tierra: "Cielos de Tucumán / lunas las de Tafí", cantó Atahualpa Yupanqui, a quien muchos creen tucumano. Su Luna tucumana es casi nuestro himno provincial. Y está la gracia que José Luis Padula vertió en Al jardín de la República: "No me olvido, viera, compadre/ de aquellos bailes que hacen allí:/ tucumanos y tucumanas/ todos se afanan por divertir". La creación folclórica recala sentimientos, lugares, la vida sencilla, si bien no nos favorece lo de "pasaría la vida entera/ debajo de la morera".
¿Qué decía Temple de la indolencia del norteño?Anduvo por el mundo el nombre de Tucumán. En el siglo XVIII el lejano Voltaire lo plasmó en su satírico Candide, cuyo héroe tiene un sirviente, Cacambo, quien, "por haber nacido en Tucumán, hablaba en peruano". Le perdonamos la imprecisión: él sólo necesitaba un "otro" que enriqueciera la interpretación de la realidad.
Recuerdos gratos del Tucumán del siglo XIX hicieron a Edmundo D?Amicis ubicar aquí el encuentro del pequeño Marco con su madre en "De los Apeninos a los Andes" (1886), uno los cuentos más logrados de Corazón. Si usted está en Italia y percibe la extrañeza que produce el nombre "Tucumán", diga que es "dove Marco trova a la sua mamma nell romanzo Cuore". Será celebrado como un primo perdido y encontrado. Federico García Lorca, por su parte, manda a vivir a Tucumán al novio de Doña Rosita la soltera. Como todo lugar del mundo, puede ser el del encuentro o el del despojo.
Quizás el exotismo fónico de "Tucumán" motivó al escritor británico Kingsley Amis, padre de Martin Amis, a hacer que el protagonista de su novela Lucky Jim, tras haber quemado con su cigarrillo las sábanas de su jefe de cátedra en cuya casa pasa el fin de semana, considere: "Tendré que tomar el primer bote bananero y conseguirme un puesto en la Universidad de Tucumán".
El humor tucumano, de larga y afilada fama, suele jugar con el vocablo. Durante el gobierno militar, de la violencia y el miedo surgió Truculandia, parecida, pero más apocalíptica que el "increíble reino de Tuculandia", de nuestro humorista Alberto Calliera. Otro nombre nació en los 90 en el ámbito rockero: "Tucson", a partir de un tema llamado Polución en Tucson (1996), que inspiró a otra banda a adoptar el nombre de esa próspera ciudad de Arizona, que en realidad se pronuncia "tusón".A los tucumanos no suele gustarnos la crítica, y no por creernos perfectos, sino porque queremos su monopolio. Tal vez sea porque además de tucumanos, somos argentinos, y si hay crítica, la queremos nuestra. Dice Juan José Hernández en sus "Versos para la provincia" (1968):
Tucumán de encendidos, melodiosos
lapachos,
De suburbios repletos de perros,
de borrachos.
Pero el amor por la tierra de uno da la nota final:
La noche ha de ser toda jazmines,
lejanía,
El grillo de la casa canta en
la galería.
Como tantos hijos lejanos, Hernández no se fue del todo, y sigue nombrando a Tucumán, con edípica fascinación. ¿Su próxima novela? Toukouman, con la ortografía adecuada al francés, en la Francia del joven siglo XX, la de Gabriel Iturri, el tucumano textualizado por Marcel Proust.
Para quien nombrar Tucumán es evocar una caravana de vivencias preciadas, hay algo de desafío en ese nombre. Como el desafío de la periódica desnudez que lapachos y tarcos asumen con coraje. Y cuando la tibieza del aire los hace volver a la vida en explosión de colores, casi llegamos a creer que de veras Tucumán es tierra de promisión. (c) LA GACETA
Bibliografía
Amis, K. Lucky Jim. Middlesex: Penguin Books, Ltd. 1972.
Floria, C.A. y C. García Belsunce. Historia de los argentinos, Tomo I. 1971. Buenos Aires: Kapelusz, 1975.
Hernández. J.J. Desiderátum. Obra poética 1952-2001. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2001.
Lizondo Borda, M. Historia de la Gobernación del Tucumán. Buenos Aires: Imprenta y Casa Editora Coni, 1928.
Piossek Prebisch, T. Los hombres de la Entrada. S. M. de Tucumán: Edinor S.R.L., 1986.
Prebisch de Piossek, A. La randera tucumana y otros poemas, Buenos Aires: Ed. Carcos, 1981. Sarmiento, D.F., Facundo (1845). Buenos Aires: Editorial Jackson, 1947
Temple, E. Viajes por Tucumán, Salta y Jujuy. S. M. de Tucumán: Ediciones del Rectorado, 2003.







