De las trapacerías en un maravilloso jardín

"El rey había logrado modificar la Carta Magna para poder ser reelecto. Trataba de consolidarse en el poder a toda costa. El bolsonerismo era su principal herramienta para conseguir adeptos entre la gente más humilde que, por lo general, carecía de instru

22 Octubre 2006
Estaba exultante porque le había ganado al rey enemigo una serie de cinco partidos de ajedrez y, de ese modo, le había arrebatado un territorio de 50 leguas. Allí planeaba erigir una biblioteca y una universidad. Para celebrar la victoria sin derramar una gota de sangre, el rey Shahariyar atacó un humustahine (puré de garbanzo), baba ganusch (puré de berenjenas), tabule y tripas rellenas. Bebió vino y solicitó que le alcanzaran el narguile. La noche regada de estrellas invitaba a saborear uno de los buenos relatos de la bella Scheherezade, lanzando aromáticas volutas de humo.
La doncella de ojos verde amarillentos y de pelo corto piteó del narguile que le ofreció el rey, bebió un sorbo de vino y comenzó. “En estos relatos del futuro, he de narrarte lo que acontecía en ese surrealista ‘Jardín de la República’. Sucedían muchas historias, algunas positivas, aunque no lo creas... bueno, la verdad es que depende de cómo se las mire. Legisladores, preocupados por la salud propia y del prójimo, promovieron la sanción y puesta en marcha de la ley 7575, por la cual se impedía a las personas fumar en espacios públicos cerrados, especialmente en bares y restaurantes. Años atrás, el 8 de julio de 1997, se había aprobado la ley 6817 que prohibía fumar en espacios públicos. Los bares debían tener en su local sectores para fumadores y para no fumadores. Sin embargo, la mayoría de estos comercios no la habían cumplido porque necesitaban invertir un dinero considerable en el reacondicionamiento de sus locales. La actual norma era discriminatoria con los fumadores y los condenaba a fumar en la vereda, en el caso de que estos locales tuvieran mesas. Había amenazas de costosos castigos económicos. Lo curioso era que en una comunidad acostumbrada a transgredir las leyes los fumadores la respetaron. No se entendía bien por qué no se acataban las otras normas referidas a la convivencia de la comunidad. Desde el poder se afirmaba que la norma protegía a los no viciosos del daño que ocasionaba el pucho y que se pensaba en la salud del individuo. Sin embargo, desde el gobierno se alentaba la fiebre por el juego y nadie había propuesto una campaña similar a la del tabaco. Desde hacía varios meses, el monarca quería instalar un enorme centro de juegos... y lo logró finalmente”
“Supongo que se debía a que el tabaco no beneficiaba a los representantes ni a otros sectores y la proliferación del juego sí, algo así como los intereses creados, ¿verdad?”, interrumpió el rey.
“El ‘haz lo que yo digo y no lo que hago’ parecía ser una de las características de los gobernantes. Por ejemplo, el monarca quería nombrar él mismo a los leguleyos del Consejo Asesor de la Magistratura. A toda costa quería sacarse de encima al Colegio de Abogados porque le molestaba para sus ambiciones personales. Movió sus hilos de titiritero e hizo que presentaran en la Legislatura un proyecto para quebrar económicamente a la entidad; para desprestigiarla aún más había dicho a los cuatro vientos que la institución había designado esposas y novias en la Justicia… Era como mirar la paja en el ojo ajeno, pero no en el propio”.
“¿Cómo? ¿Entonces eran de los nuestros? ¿Todos tenían esposas y novias?”, inquirió con curiosidad Shahariyar.
“Sabes que la desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos se llama nepotismo. Fiel a la tradición de sus antecesores, el monarca había nombrado a sus familiares y amigos en los puestos más importantes de su reino. Aunque no lo creas, las leyes lo permitían; a ninguno se le había ocurrido prohibir esta práctica que le quitaba transparencia a cualquier gobierno. Había castas de políticos que prolongaban su estirpe en el poder a través de esposas, novias, hijos, primos, cuñados…”
“Nada se pierde, todo se recicla…”, acotó el rey, mientras disfrutaba del narguile.
“El monarca había logrado modificar la Carta Magna para poder ser reelecto. Trataba de consolidarse en el poder a toda costa. El bolsonerismo era su principal herramienta para conseguir adeptos entre la gente más humilde que, por lo general, carecía de instrucción; con la misma metodología había logrado que sectores de la oposición se pasaran a su bando. Toda crítica o palabra que incomodara sus planes despertaba su ira e, imitando al gran monarca del cual era súbdito, descalificaba a quienes osaban levantar la voz y argumentaba que su gestión estaba al servicio de la gente; no obstante, sus acciones parecían indicar lo contrario. Creía que con pavimentar calles o poner grifos en los barrios iba a eclipsar a Celestino Gelsi, un monarca que hacía más de cuatro décadas había hecho una gestión relevante, pero que curiosamente la ciudadanía no había reelegido. Pese a su nutrido grupo de asesores, se había declarado incompetente para resolver el drama de los niños drogadictos o crímenes en los que su Policía había fracasado en encontrar a los culpables…”, relató Scheherezade.
“Pero, ¿cómo? ¿Acaso en esa tierra no había universidades, intelectuales, especialistas y profesionales destacados que propusieran soluciones?”, dijo Shahariyar, sorprendido. “Es cierto, pero pocas veces eran consultados porque no pertenecían a su círculo y tal era la megalomanía del monarca que creía que toda la historia debía pasar a través de él. No se le había ocurrido, como una salida a la desesperanza de esos changuitos que comenzaban a drogarse a los cinco o siete años, emprender una campaña de alfabetización masiva que incluyera también a los adultos. No se comprendía por qué los representantes del pueblo hacían la vista gorda con la contaminación del aire y de los ríos, con la tala indiscriminada de los montes, con la drogadicción infantil y juvenil, con los asaltos a cualquier hora y en cualquier lugar; no se entendía por qué no se arrestaba a los vendedores de droga si la misma gente sabía quiénes eran. Había problemas históricos que nunca se resolvían. El contrasentido era que el monarca le pedía a la sociedad que lo ayudara a gobernar, pero excluía a quienes le señalaban otros caminos posibles mediante la descalificación constante”.
“Mucho gato encerrado, por lo que veo. Pareciera entonces que en ese reino del futuro se conservaba una estructura feudal…”, agregó el rey.
“De algún modo, sí, porque a los empleados del Estado les pagaba parte del salario con vales -los llamaban Tickets Proms-, como ocurría antes en las fábricas azucareras ,y el perro Familiar seguía vivo bajo otros ropajes. Había presiones y amenazas encubiertas contra los rebeldes, que cada vez eran menos, por cierto. La desigualdad era tanta que para que tengas una idea, los ediles se habían aumentado con retroactividad más de un 70% el sueldo, mientras los docentes seguían percibiendo haberes indignos. En una buena parte de la clase dirigente crecían los negocios inmobiliarios y la prosperidad, mientras el grueso de la población estaba condenada a la desocupación, a la miseria, a la desesperanza. El monarca aprovechaba que la comunidad pensante, ilustrada, estaba dividida o no participaba activamente de la vida asociativa. Prefería quejarse en la mesa de un café, pero poco hacía por poner su talento al servicio de sus hermanos. Todos eran Maradona desde la tribuna, pero tenían terror de que los metieran en la cancha”.
“Dejar hacer, dejar pasar… es muy fácil culpabilizar a los otros de los dramas que padecemos. Pero si cada habitante de una comunidad no aporta ninguna acción para construir el destino colectivo, difícilmente un pueblo podrá ponerse de pie y progresar. Pocos han podido escapar hasta ahora del envilecimiento que produce el poder. Hay que desconfiar siempre de quienes aspiran a atornillarse al trono, de los que caen en el endiosamiento de sí mismos”, reflexionó Shahariyar. “¿Y qué aconteció finalmente?”, agregó el rey dando la última pitada al narguile. “Pasaron muchos siglos. Las guerras entre los hombres eran cada vez más atroces, la miseria era insostenible y la desigualdad se había ahondado. De modo que Alá perdió la paciencia e hizo desaparecer la civilización. Se tomó un descanso, tras lo cual decidió darse una nueva oportunidad. Los nuevos hombres que llegaron al “Jardín” se maravillaron con esa tierra tan hermosa y fértil. Con curiosidad buscaron vestigios de los antepasados y encontraron un menhir con nombres grabados de científicos, artistas, intelectuales, deportistas. Tardaron mucho tiempo en descifrar que el bulto que yacía a la par era un bolsón petrificado, donde estaba incrustada la palabra indignidad. (c) LA GACETA

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