20 Mayo 2006 Seguir en 
Como es por todos conocido, el Cementerio del Oeste es la necrópolis más antigua de San Miguel de Tucumán. Se construyó en la segunda mitad del siglo XIX, luego de haberse clausurado el viejo enterratorio de la calle Mendoza al 800, así como el existente junto a la Catedral.
Varias veces hemos dedicado notas a este ámbito, que tiene, para los tucumanos, un carácter similar al que reviste la famosa Recoleta para los porteños. Allí descansan los restos de numerosos personajes ilustres de la historia de Tucumán y, además, muchos de los mausoleos son testimonio de excelente arquitectura y estilo, no pocos de ellos ornamentados con estatuas de real valor artístico. Se trata, entonces, de un espacio que, además de merecer el respeto que todo pueblo civilizado tributa a sus muertos, posee componentes que lo inscriben, simultáneamente, entre los elementos de nuestro patrimonio histórico, artístico y arquitectónico.
Por eso mismo, llama la atención el hecho de que desde hace ya varios años haya caído el más notorio abandono sobre el Cementerio del Oeste.
Esa situación se inicia en el sector de la entrada, donde existe una capilla que ha debido clausurarse por el pésimo estado en el que se encuentra su cielo raso.
De allí en adelante, las tumbas presentan, en su inmensa mayoría, un aspecto deplorable de descuido, aun aquellas que consideramos históricas por los restos que guardan o por sus características exteriores.
Lo mismo cabe decir de las veredas de las calles interiores que por lo desparejas y rotas, son peligrosas para las personas que concurren a los entierros.
En síntesis, es obligatorio decir que quien visite esta necrópolis, no puede sino llevarse una triste impresión de lo poco que se preocupan los tucumanos por rodear, a sus muertos, de un entorno razonablemente decoroso.
El doctor Ernesto Padilla, en una de sus misivas, solía recordar que, en su época de gobernador, se mostraba generoso con los subsidios que le requerían las localidades de campaña para mejorar sus instalaciones en general. Pero, si la solicitud se refería al cementerio del lugar, se negaba a concederla, por entender que toda comunidad tiene el deber de tomar las medidas para mantener en dignas condiciones el sitio donde entierra a sus muertos, como una verdadera obligación moral.
Es la obligación que hasta la fecha no estamos cumpliendo, en el caso del Cementerio del Oeste, a pesar de las connotaciones históricas apuntadas arriba.
Sin duda que los concesionarios de las tumbas no pueden desentenderse de ellas; pero ocurre también que en muchos casos los descendientes ya no viven en la provincia, o los mausoleos han sido desocupados.
Se trata, entonces, de un tema que debe ser estudiado en detalle, para fijar los casos en que la mantención en dignas condiciones corresponde a los concesionarios -y en ese caso, exigir que la realicen-, y los otros, en los que la Municipalidad debe hacerse cargo de la cuestión. Pero no puede admitirse que una necrópolis de esa importancia aparezca cada día más cargada de un deterioro que, repetimos, arranca desde la misma entrada.
Tenemos entendido que existen minuciosos estudios de especialistas acerca de los elementos de valor patrimonial que contiene el cementerio. Todo ello debiera tenerse en cuenta, para diseñar una planificación que ponga, al espacio que nos ocupa, en esas condiciones de dignidad y de higiene que actualmente faltan.
Como lo decía aquella carta del doctor Padilla, existe en ese punto una obligación moral del vecindario tucumano, que debiera ser llenada con la adecuada dedicación.
Varias veces hemos dedicado notas a este ámbito, que tiene, para los tucumanos, un carácter similar al que reviste la famosa Recoleta para los porteños. Allí descansan los restos de numerosos personajes ilustres de la historia de Tucumán y, además, muchos de los mausoleos son testimonio de excelente arquitectura y estilo, no pocos de ellos ornamentados con estatuas de real valor artístico. Se trata, entonces, de un espacio que, además de merecer el respeto que todo pueblo civilizado tributa a sus muertos, posee componentes que lo inscriben, simultáneamente, entre los elementos de nuestro patrimonio histórico, artístico y arquitectónico.
Por eso mismo, llama la atención el hecho de que desde hace ya varios años haya caído el más notorio abandono sobre el Cementerio del Oeste.
Esa situación se inicia en el sector de la entrada, donde existe una capilla que ha debido clausurarse por el pésimo estado en el que se encuentra su cielo raso.
De allí en adelante, las tumbas presentan, en su inmensa mayoría, un aspecto deplorable de descuido, aun aquellas que consideramos históricas por los restos que guardan o por sus características exteriores.
Lo mismo cabe decir de las veredas de las calles interiores que por lo desparejas y rotas, son peligrosas para las personas que concurren a los entierros.
En síntesis, es obligatorio decir que quien visite esta necrópolis, no puede sino llevarse una triste impresión de lo poco que se preocupan los tucumanos por rodear, a sus muertos, de un entorno razonablemente decoroso.
El doctor Ernesto Padilla, en una de sus misivas, solía recordar que, en su época de gobernador, se mostraba generoso con los subsidios que le requerían las localidades de campaña para mejorar sus instalaciones en general. Pero, si la solicitud se refería al cementerio del lugar, se negaba a concederla, por entender que toda comunidad tiene el deber de tomar las medidas para mantener en dignas condiciones el sitio donde entierra a sus muertos, como una verdadera obligación moral.
Es la obligación que hasta la fecha no estamos cumpliendo, en el caso del Cementerio del Oeste, a pesar de las connotaciones históricas apuntadas arriba.
Sin duda que los concesionarios de las tumbas no pueden desentenderse de ellas; pero ocurre también que en muchos casos los descendientes ya no viven en la provincia, o los mausoleos han sido desocupados.
Se trata, entonces, de un tema que debe ser estudiado en detalle, para fijar los casos en que la mantención en dignas condiciones corresponde a los concesionarios -y en ese caso, exigir que la realicen-, y los otros, en los que la Municipalidad debe hacerse cargo de la cuestión. Pero no puede admitirse que una necrópolis de esa importancia aparezca cada día más cargada de un deterioro que, repetimos, arranca desde la misma entrada.
Tenemos entendido que existen minuciosos estudios de especialistas acerca de los elementos de valor patrimonial que contiene el cementerio. Todo ello debiera tenerse en cuenta, para diseñar una planificación que ponga, al espacio que nos ocupa, en esas condiciones de dignidad y de higiene que actualmente faltan.
Como lo decía aquella carta del doctor Padilla, existe en ese punto una obligación moral del vecindario tucumano, que debiera ser llenada con la adecuada dedicación.
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