18 Mayo 2006 Seguir en 
En una nota publicada el pasado lunes, nos ocupamos de la comida “chatarra” que habitualmente consumen los chicos en edad escolar, y que adquieren en los quioscos de cada establecimiento. Como se sabe, la comida “chatarra” es la denominación que se da a aquella constituida por papas fritas, chizitos y otros alimentos ricos en grasas, que se ingieren normalmente acompañados por bebidas gaseosas. Es decir, una dieta donde faltan los componentes saludables: agua pura, frutas, verduras, jugos naturales, yogures y otros que contengan vitaminas y minerales, que el organismo necesita imprescindiblemente.
De acuerdo con nuestra investigación, resultan preocupantes los defectuosos hábitos alimentarios de la niñez y de la adolescencia. Generalmente una gaseosa constituye su desayuno y, cuando van a la escuela o el colegio, la ingesta habitual es la referida “chatarra”. Igualmente poco saludables resultan las golosinas, preferidas en el ciclo primario. Ocurre que en esos quioscos los chicos no tienen otra alternativa, ya que sus dueños, lógicamente, venden lo que tiene salida, sin importarles mucho el tema de la adecuada nutrición. Una experiencia singular que describe nuestra nota, es la que se lleva a cabo en el Colegio del Huerto. Allí, junto al quiosco convencional, se ha instalado otro, provisto de frutas de estación, jugos naturales, agua mineral y otros alimentos sanos. Surgió de un proyecto institucional, denominado “Cuerpo, mente y espíritu sanos”, que se complementa con clases sobre hábitos alimentarios, calidad de vida y educación física. En ellas participaron, como invitados, distintos especialistas de las áreas de nutrición y del deporte. Según las docentes, el proyecto tiene una estimulante respuesta, tanto en el ámbito de la alimentación como en el de las actividades físicas.
Es por todos conocido que la alimentación “chatarra” ha ganado, por diversas razones, un espacio más que considerable en las preferencias de los menores.
Los especialistas se han inquietado ante esta realidad, y afirman que dichos malos hábitos han generado altos porcentajes de obesidad entre los educandos. Hay que recordar que, en Estados Unidos -donde la obesidad infantil asciende a un 31 %-, grandes compañías de gaseosas han aceptado retirar sus productos de los quioscos escolares para luchar contra ese fenómeno, y que en Buenos Aires se ha presentado un proyecto de ley en la misma dirección. Evidentemente, si bien no es posible modificar a la fuerza los hábitos de niños y adolescentes, sí es posible que el sistema educativo incluya en la currícula el tema de la alimentación sana, sobre cuya trascendencia sería sobreabundante discurrir. Iniciativas como la mencionada en párrafos anteriores, podrían perfectamente implementarse como algo normal dentro de los establecimientos de educación. Ya se sabe, además, que todo es, en última instancia, una cuestión de hábitos. Por lo tanto, es posible y conveniente que quienes educan otorguen una dirección positiva respecto de lo que los educandos comen y beben a diario, mostrándoles nuevas y mucho mejores perspectivas.
Obvio parece decir que todo esto debiera ser apoyado también en los hogares, donde los padres bien pueden infundir a sus hijos el hábito de la comida sana. Puesto que todos estamos de acuerdo sobre la necesidad de formar lo mejor posible a nuestra juventud, sería grave descuidar un aspecto tan fundamental como es el de su alimentación.
Es de esperar que el Estado, a través de sus organismos educativos, tome cartas en esta candente situación. Además de luchar contra la desnutrición, hay que promover, con urgencia, la nutrición sana.
De acuerdo con nuestra investigación, resultan preocupantes los defectuosos hábitos alimentarios de la niñez y de la adolescencia. Generalmente una gaseosa constituye su desayuno y, cuando van a la escuela o el colegio, la ingesta habitual es la referida “chatarra”. Igualmente poco saludables resultan las golosinas, preferidas en el ciclo primario. Ocurre que en esos quioscos los chicos no tienen otra alternativa, ya que sus dueños, lógicamente, venden lo que tiene salida, sin importarles mucho el tema de la adecuada nutrición. Una experiencia singular que describe nuestra nota, es la que se lleva a cabo en el Colegio del Huerto. Allí, junto al quiosco convencional, se ha instalado otro, provisto de frutas de estación, jugos naturales, agua mineral y otros alimentos sanos. Surgió de un proyecto institucional, denominado “Cuerpo, mente y espíritu sanos”, que se complementa con clases sobre hábitos alimentarios, calidad de vida y educación física. En ellas participaron, como invitados, distintos especialistas de las áreas de nutrición y del deporte. Según las docentes, el proyecto tiene una estimulante respuesta, tanto en el ámbito de la alimentación como en el de las actividades físicas.
Es por todos conocido que la alimentación “chatarra” ha ganado, por diversas razones, un espacio más que considerable en las preferencias de los menores.
Los especialistas se han inquietado ante esta realidad, y afirman que dichos malos hábitos han generado altos porcentajes de obesidad entre los educandos. Hay que recordar que, en Estados Unidos -donde la obesidad infantil asciende a un 31 %-, grandes compañías de gaseosas han aceptado retirar sus productos de los quioscos escolares para luchar contra ese fenómeno, y que en Buenos Aires se ha presentado un proyecto de ley en la misma dirección. Evidentemente, si bien no es posible modificar a la fuerza los hábitos de niños y adolescentes, sí es posible que el sistema educativo incluya en la currícula el tema de la alimentación sana, sobre cuya trascendencia sería sobreabundante discurrir. Iniciativas como la mencionada en párrafos anteriores, podrían perfectamente implementarse como algo normal dentro de los establecimientos de educación. Ya se sabe, además, que todo es, en última instancia, una cuestión de hábitos. Por lo tanto, es posible y conveniente que quienes educan otorguen una dirección positiva respecto de lo que los educandos comen y beben a diario, mostrándoles nuevas y mucho mejores perspectivas.
Obvio parece decir que todo esto debiera ser apoyado también en los hogares, donde los padres bien pueden infundir a sus hijos el hábito de la comida sana. Puesto que todos estamos de acuerdo sobre la necesidad de formar lo mejor posible a nuestra juventud, sería grave descuidar un aspecto tan fundamental como es el de su alimentación.
Es de esperar que el Estado, a través de sus organismos educativos, tome cartas en esta candente situación. Además de luchar contra la desnutrición, hay que promover, con urgencia, la nutrición sana.
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