Di María revolucionó Tucumán: las historias y emociones que dejó su llegada con Rosario Central
Cerca de 200 personas se reunieron frente al hotel Hilton para recibir al plantel “canalla”. Entre hinchas que viajaron cientos de kilómetros, historias familiares y chicos que soñaban con conocer al campeón del mundo, la noche dejó momentos inolvidables.
Resumen para apurados
- Ángel Di María llegó a Tucumán con Rosario Central y fue recibido por cientos de hinchas en el hotel Hilton antes del partido ante Atlético Tucumán.
- Simpatizantes locales y familias viajaron desde Rosario para ver al plantel; Di María firmó autógrafos y se fotografió con los niños tras arribar al hotel.
- El furor por el campeón mundial anticipa un marco multitudinario en el estadio Monumental para el choque entre Atlético Tucumán y el conjunto rosarino este sábado.
La ansiedad se mezclaba con la ilusión. Algunos miraban insistentemente hacia la calle, esperando distinguir las primeras luces del colectivo. Otros aprovechaban para comprar gorros y camisetas de Rosario Central, mientras los más chicos buscaban acomodarse cerca de las vallas para asegurarse un lugar privilegiado. Faltaban pocos minutos para que llegara el plantel y, entre las aproximadamente 200 personas reunidas frente al hotel Hilton, había distintas expectativas. Algunos querían una foto, otros una firma y muchos se conformaban con ver de cerca a sus ídolos aunque casi todos esperaban lo mismo: Ángel Di María.
El clima de partido ya se respiraba en las inmediaciones del hotel. Muchos de los presentes también tenían previsto ir al Monumental para presenciar el encuentro frente a Atlético. No todos eran rosarinos. Había hinchas tucumanos, familias que habían recorrido cientos de kilómetros y chicos que ni siquiera simpatizaban con Central, pero que habían encontrado en el campeón del mundo una razón suficiente para acercarse.
Roxana Alanís, presidenta de la filial 19 de Diciembre de Rosario Central en Tucumán, conoce bien esa mezcla de identidades. Su padre llegó desde Rosario hace muchos años y le transmitió una pasión que ahora ella comparte con su bebé. “Me hice ‘canalla’ a muerte”, aseguró. La agrupación, que comenzó a formarse en 2002, reúne actualmente a más de 50 socios del club y a muchos otros simpatizantes. Para ellos, recibir al equipo en la provincia tiene un significado especial. “Rosario nos queda muy lejos. Hay algunos que viajan seguido, pero lo cierto es que es difícil. Por eso nos encanta que vengan”, explicó.
Para otros, en cambio, las distancias nunca fueron un impedimento. Enrique Agullo y Vanina Di Pasqua salieron de Rosario a las seis de la mañana junto a sus hijos, Joaquín y Pedro. Diez horas después estaban en Tucumán, listos para volver a alentar al equipo. No era la primera vez que organizaban un viaje semejante. “No tenemos rutina. Central es nuestra rutina”, lanzó Enrique. Vanina enseguida explicó qué significaba esa frase.
La historia de ambos comenzó en 2002, cuando se conocieron en la popular del Gigante de Arroyito. El 23 de noviembre de aquel año se dieron su primer beso, exactamente cinco años después del histórico 4-0 frente a Newell’s, recordado por los canallas como el “clásico del abandno”. Desde entonces, Central acompañó cada etapa de su relación. “Todo se basa en Central. Hasta los cumpleaños se festejan dependiendo de cuándo juega, si es de local o de visitante”, contó Vanina. Casi 24 años después, siguen asistiendo al mismo sector de la tribuna, pero ahora también recorren el país junto a sus hijos. Una historia de amor que empezó en una cancha y que nunca necesitó alejarse demasiado de ella.
La pasión también aparecía entre los más chicos. Felipe y Asael, dos mellizos tucumanos, contaron que se hicieron hinchas por influencia de su madre rosarina. Ya conocen el Gigante de Arroyito y, al contar qué era lo que más les gustaba de Central, coincidieron sin dudar: la hinchada. A pocos metros, otros chicos habían llegado especialmente por Di María. Uno de ellos sostenía un dibujo del futbolista que había preparado para intentar llamar su atención.
“Soy muy fan de Di María. Me trae muchas alegrías”, contó el pequeño, que reconoció que su admiración trascendía cualquier camiseta. Según relató, había sufrido burlas por su físico y encontraba en el futbolista una inspiración. “Di María es igual que yo. Si él puede, yo creo que yo también puedo”, explicó. Por eso había llevado su dibujo: no quería marcharse sin intentar conocer a alguien que significaba tanto para él.
A las 21.15, el colectivo finalmente apareció. Llegó escoltado y su presencia desató los primeros festejos. Las bombas de humo amarillas y azules comenzaron a teñir la noche, mientras los gritos de “¡Dale, campeón!” y “¡Vamos, la Acadé!” acompañaban los últimos metros del vehículo. Los teléfonos se levantaron y los chicos se estiraron cuanto pudieron para observar a través de las ventanillas.
Sin embargo, ocurrió algo curioso. Cuando los jugadores comenzaron a descender, la multitud mantuvo una tranquilidad que contrastaba con la efusividad de los minutos anteriores. Jaminton Campaz, Enzo Copetti y el resto de sus compañeros fueron bajando del vehículo. Di María todavía permanecía dentro del colectivo y las miradas seguían pendientes de su aparición. Nadie quería perderse ese momento.
Cuando finalmente bajó, la calma desapareció. Los gritos se multiplicaron y los hinchas se agolparon contra las vallas buscando llamar su atención. “Fideo” fue el único jugador que se acercó para compartir unos minutos con ellos. Firmó camisetas, se sacó fotografías, estrechó manos y dedicó especial atención a los más pequeños. Cada gesto provocaba una nueva explosión de alegría. Después del viaje y de la espera, todos intentaban aprovechar esos segundos junto al campeón del mundo.
Poco después, Di María ingresó al hotel y el recibimiento llegó a su fin. La gente comenzó a dispersarse, pero Benicio Ontivero, de nueve años, seguía llorando junto a su madre. Sostenía un cuadro de Di María que el futbolista acababa de firmarle. Algunos hinchas se acercaban para felicitarlo, mientras él intentaba encontrar las palabras para explicar lo que acababa de vivir.
“Cuando lo vi, no podía hablar”, alcanzó a decir, con la voz cortada por el llanto. Su madre tampoco conseguía contener las lágrimas. “Estaba al borde de descomponerse, no podía respirar de la emoción. Él ama el fútbol, es su vida”, explicó. El año pasado habían intentado conseguir una firma, pero se habían marchado sin suerte. Esta vez, Di María le había firmado el cuadro y la camiseta, le había dado la mano y lo había saludado. El plantel ya había ingresado al hotel. Benicio seguía sentado en la vereda junto a su mamá, llorando y abrazado al cuadro que Di María acababa de firmarle.








