“Salir del dolor está lejos de ser un mérito propio”: Pablo Romero cuenta el por qué nadie sale solo del sufrimiento
Atravesó tres intentos de suicidio, dos internaciones y el estigma de las etiquetas. El escritor tucumano reflexiona sobre el dolor, la reconstrucción de los vínculos y la necesidad de buscar un sostén colectivo.
Resumen para apurados
- En Tucumán, el escritor Pablo Romero brindó su testimonio sobre intentos de suicidio para visibilizar que superar el sufrimiento exige redes de apoyo y no mérito individual.
- Tras sobrevivir a tres intentos de suicidio y dos internaciones, Romero plasmó su experiencia en un libro, advirtiendo sobre el impacto del factor económico en la salud mental.
- Su mensaje cobra urgencia ante las estadísticas que sitúan al suicidio como primera causa de muerte en jóvenes argentinos, demandando un abordaje colectivo y accesible.
“Me gusta pensar que uno tiene un padecimiento y no que uno es ese padecimiento”. Hay una pausa breve cuando Pablo Romero termina la oración. Lleva años desarmando los nombres con los que la medicina y la costumbre clasifican el dolor humano. Sabe que la distancia entre tener y ser parece imperceptible en el papel, pero en el cuerpo determina quién tiene el control.
Pablo es tucumano, escritor y atravesó tres intentos de suicidio y dos internaciones psiquiátricas involuntarias. Cuando el dolor ocupó demasiado espacio en su vida, sintió que la frontera entre quién era y lo que le pasaba comenzaba a borrarse. De ahí surgió una pregunta que hoy atraviesa su historia. Y quizás la de muchos otros. ¿Qué sucede cuando la identidad se confunde con el sufrimiento?
“Una enfermedad o un diagnóstico no alcanzan para explicar a una persona”- afirma-. “Somos muchísimo más amplios que esas categorías”.
Esa inquietud lo llevó a cuestionar incluso la trampa del nombre propio. Aquella marca que recibimos antes de tener conciencia de ella y que nos ubica en el mundo puede transformarse en una celda cuando se atraviesa una crisis profunda. En su libro, Otro no es tu nombre, explora con versos cómo la escritura se convierte en un intento de reconocerse al espejo y aceptar que la identidad no es un bloque inmóvil.
“Somos otros todo el tiempo y no pasa nada con eso, está bien”.
El mito del heroísmo individual
Frente a las miradas que suelen romantizar la recuperación como una batalla que se gana únicamente con “fuerza de voluntad”, la postura de Pablo es directa. “No sé hasta qué punto ha sido realmente una elección”, admite al recordar el momento en que aceptó iniciar un tratamiento y volver a conectarse con la vida.
Y agrega: “Salir de ese lugar está muy lejos de ser un logro personal. Está muy lejos de ser un mérito propio”.
Para él, la salida del abismo fue un entramado colectivo. Estuvo rodeado de personas que se preocuparon por él cuando él mismo se había desatendido, y reconoce que sus reflexiones actuales solo fueron posibles gracias a esa comunidad que permaneció a su lado. Su relato desplaza la idea del mérito individual para poner el foco en la paciencia, el sostén y el cuidado de los otros, aun cuando reconoce la culpa que genera el impacto del propio dolor en el entorno.
La historia de Pablo no es un hecho aislado; se inscribe en un escenario social y epidemiológico urgente. Datos del Ministerio de Salud de la Nación advierten que el suicidio es la principal causa de muerte entre jóvenes de 15 a 24 años en Argentina desde 2022, habiéndose extendido en 2024 también al primer lugar en la franja de 25 a 34 años, con un registro oficial de 3.614 muertes anuales. Un fenómeno profundamente multicausal que está atravesado por factores comunitarios y sociales, y que requiere ser abordado a tiempo.
A este panorama se suma la presión económica cotidiana. Informes globales como el de Voices!/WIN revelan que el 50% de los argentinos padece estrés frecuente, señalando a las deudas y la falta de ingresos (54%) como su detonante central. En ese marco, acceder a la atención profesional termina siendo un filtro de clase.
“Poder ir al psicólogo una vez por semana o comprar medicación psiquiátrica es un privilegio”, -advierte Pablo-. “Por eso considero que la salud mental no puede pensarse separada del contexto económico y político”.
En su testimonio el joven reivindica la labor de las instituciones públicas que sostienen la atención a pesar de las dificultades, y a la vez, cuestiona la tendencia a encasillar padecimientos complejos bajo la etiqueta de “trastornos”, omitiendo la biografía y las condiciones sociales de cada persona.
Frente a la rápida difusión de términos como border o esquizo entre la juventud, Pablo reconoce el valor de hablar del tema, pero advierte con lucidez que dominar el vocabulario no elimina las barreras económicas ni la soledad a la hora de pedir ayuda.
“No creo en la curación”
Al repasar sus internaciones psiquiátricas involuntarias -de las cuales afirma estar agradecido- y su relación con la medicación, Pablo evita los discursos cerrados. Recuerda con humor y desconcierto el día en que dos psiquiatras discutían su tratamiento y medicamentos frente a él mientras lloraba, y una de las médicas cerró el debate diciendo: “Cada mediquito con su librito”.
Esa complejidad lo llevó a madurar una postura tajante sobre el futuro: “No creo en la curación”, sostiene.
No lo dice desde el desencanto, sino desde la aceptación. Para él no se trata de “vencer” ni de recuperar milagrosamente a la persona que era antes, sino de habitar la incertidumbre que vendrá. En las páginas de Otro no es tu nombre sintetiza esa mirada: “Vivir no es vencer, sino avanzar en terreno incierto”. Para Pablo, hoy, la mayor victoria es morir de viejo.
No habla de alcanzar un estado definitivo donde no existan dudas, sino de avanzar hacia el tiempo por venir y alcanzar una plenitud con los años. “Eso deseo”, sintetiza.
Las noche de las campanas
Al final de la conversación, Pablo vuelve sobre una imagen que conserva como un símbolo del dolor que cuesta digerir.
Ocurrió en una de sus noches más difíciles, cuando vivía a media cuadra de la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, en San Miguel de Tucumán. Era la vigilia de la festividad religiosa y las calles estaban llenas de gauchos a caballo. Mientras una amiga lo acompañaba a buscar un taxi para ir al hospital tras un intento de suicidio, él miró a los caballos a los ojos en medio del repique constante de las campanas.
Aquella escena surrealista, que le llevó años poder procesar, sintetiza hoy la necesidad de ser mirado, cuidado y sostenido cuando la realidad se vuelve insoportable.
Por eso, al pensar en los jóvenes que atraviesan situaciones similares, evita dar consejos o lecciones de vida. Prefiere dejar una certeza y un llamado a no aislarse: “Me gustaría que sepan que verdaderamente no están solos”, -repite y sostiene- “Para mí hoy, más que nunca, se trata de no estar solo. Se trata de construir redes, comunidades verdaderas de sostén”.
Lejos de las fórmulas mágicas y los finales perfectos, su recorrido deja una marca en el camino. Un recordatorio simple y profundo de que ningún malestar es eterno ni alcanza para cubrir la vida entera. Y de que, más allá del dolor, siempre permanece abierto el horizonte para volver a empezar.







