Las redes y los cerebros de los chicos
“17.100 millones de dólares. Equivale a lo que factura Meta en un mes. Hizo un buen negocio; con eso se sacó de encima una contingencia por el valor de toda la compañía” me dijo un agente destacado de uno de los bancos más grandes de Estados Unidos en referencia al monto al que accedió pagar Meta para frenar las demandas de 30 estados norteamericanos por los daños que Instagram y Facebook generaron en niños y adolescentes.
“La generación ansiosa”
Hubo otras miradas. Una de ellas es la de Jonathan Haidt, el autor del libro que mejor ha analizado el efecto de la tecnología en los más chicos. “Estamos volviendo a meter el genio en la botella…Es un punto de inflexión en el que pasamos del optimismo al escepticismo tecnológico”, dijo. En La generación ansiosa, este profesor de Psicología de la Universidad de Nueva York repasa el impacto creciente de las redes en la salud y la sociabilidad a partir de 2009, año en el que se expande el uso del smartphone y la hiperviralización de las redes. En 2009 se introducen las notificaciones emergentes junto con el botón “Me gusta”, transformando la dinámica social en la web. En 2010 comienzan a añadirse cámaras en los celulares y se inaugura la era de las selfies. En 2012 Facebook adquiere Instagram y se diluyen progresivamente las fronteras entre lo íntimo y lo público.
Los estudios reunidos por Haidt arrojan lo siguiente: un aumento de más de un 150% de los casos de depresión grave, 134% en trastornos de ansiedad, 100% en casos de anorexia. Cuando se coteja estos porcentajes son otros segmentos etarios, surge que en los jóvenes de hasta 25 años estas patologías se multiplican entre cinco y doce veces comparados con los mayores de 35 o 50 respectivamente. Todos somos afectados pero el segmento juvenil es el más vulnerable.
“Piensen en los momentos más memorables durante su tiempo en la universidad -dijo Haidt el 14 de mayo pasado, en un discurso a los egresados de la Universidad de Nueva York-; apuesto a que casi ninguno ocurrió frente a una pantalla. Probablemente la mayoría sucedieron mientras compartían tiempo con personas que los hicieron reír o los ayudaron a crecer. Sigan creando esos momentos”.
Lo que viene
Esta semana muchos analistas encontraron, en el caso Meta, reminiscencias de las demandas y las regulaciones en los 90 a las tabacaleras. En los 80, más del 40% de los norteamericanos fumaba. Hoy, menos del 10%. ¿Pasará algo parecido con el uso de las redes? ¿Se incorporarán hábitos saludables en el ecosistema digital como ocurrió en las últimas dos décadas con la alimentación y la actividad física en todo el mundo? “Mirar un reel en una cena con familiares va a ser el equivalente dentro de diez años a fumar en interiores” pronostica Mateo Salvatto, tecnólogo y autor de Punto ebullición. Cómo la inteligencia artificial acelera el cambio del mundo.
Las advertencias no son recientes. Ya en 2010, Nicholas Carr, en su libro finalista del Pulitzer Superficiales ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, nos advertía que mientras la web nos proporcionaba un acceso inédito al conocimiento, la forma en que consumíamos online debilitaba progresivamente nuestra capacidad para entender.
Por multiplicidad de evidencias, que cada uno de nosotros percibe en su propia experiencia, hoy el debate está instalado. Después de una etapa celebratoria de una tecnología que asociamos a un vehículo de democratización, cooperación y conexión empezamos a advertir con claridad el lado B. Son obvios y múltiples los avances en el progreso tecnológico pero también es irrefutable el auge de la polarización, la erosión democrática, la degradación del debate, los daños cognitivos y la concentración económica. Los simpáticos “chicos del garage” hoy son los dueños de las compañías más poderosas del mundo, con una capacidad inédita de diseñar un futuro en el que no se descartan -no lo hacen los propietarios de esas empresas- escenarios apocalípticos.
Entramos en una etapa en que la sociedad comienza a evaluar reparaciones, tratamientos de adicción digital y prevenciones a través de regulaciones. “Es como si alguien hubiera agregado nicotina al suministro de agua”, sostiene el tecnólogo Jaron Lanier. Con los menores, se impondrán limitaciones de acceso, cambios en los algoritmos que manipulan la atención y penalidades eficientes para las plataformas que persistan en las prácticas que afectan a usuarios sin la madurez suficiente para comprender el daño que sufren.
En busca del tiempo perdido
La causa principal de conflicto entre padres e hijos hoy es el uso de la tecnología. La mayoría de los adultos termina perdiendo sus batallas, resignándose a que los chicos -y muchas veces ellos mismos- peguen sus ojos a pantallas con un scroll infinito que los transforma en zombis. Vivimos en un mundo triste. Todos hemos perdido nuestra capacidad para concentrarnos y leer, para conversar y abordar ideas distintas a las nuestras, para lidiar con las fricciones y tolerar a los demás. Tememos quedarnos afuera de eso que aparece en nuestros celulares sin percatarnos de lo que en verdad perdemos.
La vida es eso que se nos escapa, mientras naufragamos en las redes.










