México ha dado grandes maestros y maestras de la narración oral escénica, y Carolina Zúñiga Zúñiga abreva en ellos desde Querétaro. Esa tradición derivó en la creación de un programa nacional de salas de lectura, donde de manera voluntaria se realiza esa actividad con frecuencia. “Cada vez hay más impulsos; sin embargo, todo es con recursos propios”, advierte la visitante para LA GACETA, en su paso por Congresales de la Palabra.
La continuidad está asegurada con la presencia de jóvenes que toman el testigo de los cuentacuentos en “ferias de libro, librerías y festivales en la calle, cada vez va con más impulso esta manifestación”. “Mi estilo se vincula con la transmisión de saberes de los pueblos originarios. Tengo formación como etnóloga, bailarina y en ejecutar instrumentos tradicionales. Todo lo he encaminado a la narración oral y la promoción de la lectura en lenguas originarias. Mi trabajo está vinculado con la formación de docentes para fomentar el aprecio por la diversidad lingüística, dancística y musical de los pueblos originarios. Mi trabajo se enfoca en poder hacer visible esta riqueza”, señala.
La tarea tiene sobre qué desarrollarse: “tenemos 364 lenguas originarias, que son lenguas nacionales catalogadas, agrupadas en 68 agrupaciones lingüísticas, y siete familias de lenguas que son de raigambre mesoamericana”. “Las Secretarías de Cultura de cada Estado normalmente apoyan este tipo de prácticas, porque existe una ley de derechos lingüísticos de los pueblos originarios y un Instituto Nacional de Lenguas Indígenas. Pero la ayuda es pequeña y no está orientada a la visibilización de su sabiduría”, señala.
La reacción del público infantil y adolescente a su propuesta es “positiva y con mucho asombro y curiosidad en un ambiente de fiesta” en su taller de sonoridad, donde la palabra, el baile y la música van de la mano. “Los relatos tienen que ver con manifestaciones de algunos lugares y comunidades de mi país, con las expresiones culturales de los pueblos”, afirma.
“El futuro del cuentacuento es promisorio porque anida en el alma, en el gozo por compartir y por contar, por encontrarse en los relatos y encontrarnos en ellos. Como manifestación humana que existe desde los principios de la historia, se arraiga en la esencia de nuestro ser gregario, en la necesidad de compartir, de encontrarnos, de rememorar, de vincularnos a partir de la palabra. Más y más gente quiere formarse en este género, porque hay un hilo que se teje, que nos une con otra persona cuando las historias se comparten. Permite un crecimiento y un descubrimiento del propio ser individual y en comunidad. Nos hermana como sociedad en tanto respuesta del arte en un camino de creatividad y de diálogo que no dan otras corrientes de conocimiento y nos permite recuperar esto que tanto se necesita hoy: escucharnos para hacer un frente común ante los problemas comunes y encontrar soluciones creativas para rediseñar ese mundo posible que todos y todas anhelamos”, finaliza.












