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En el mercado financiero, en las tertulias políticas y hasta en la mesa familiar hay una pregunta que gira en la cabeza de los argentinos (y también de los inversores externos)?: ¿qué puede pasar en 2027 si la Argentina no levanta cabeza en aquello que se denomina la “economía del metro cuadrado”. El diagnóstico está abierto. La macroeconomía sigue acumulando resultados estadísticos que contribuyen a sostener que la Argentina, durante la gestión del presidente Javier Milei, hace los deberes para que el país mejore su perfil y pueda romper un ciclo de volatilidad, caracterizado por los ciclos recesivos. Los tres años de gestión transcurridos se han caracterizado por la corrección de una economía inflacionaria, que acumuló problemas bajo la alfombra de “lo arreglamos mañana” y el mañana se hipotecó. Pero aquella acumulación alimentó el hartazgo social que fue lo que, en 2023, convirtió a un economista liberal en presidente de la Nación, sin estructuras partidarias, sin un discurso formal y solo con la emocionalidad de la mayoría de los argentinos que confiaron en un cambio para que no haya “más de lo mismo” y que eso lleve al mismo estado de situación que se repite ciclo tras ciclo.
Milei, en la actualidad, atraviesa un dilema: seguir fogoneando la macro o atender la micro, el bolsillo de dos tercios de los argentinos a los que les cuesta llegar a fines de mes porque están altamente endeudados y no vislumbran un horizonte de acomodamiento. En otras palabras, no logran sacar la cabeza de ese mar de deudas. “No voy a moverme del plan. Me votaron para hacer esto; dije claramente qué es lo que iba a hacer y aquí estoy”, recuerdan algunos analistas de las textuales presidenciales. Sin embargo, el propio jefe de Estado se está dando cuenta que, en este momento de la Argentina, la administración de Gobierno necesita de otra impronta para sostenerse. El mercado suele anticiparse a esas cuestiones. Y, por esa razón, gira en la cabeza de los operadores aquella idea de que, si no es Milei, ¿entonces quién gobernará la Argentina desde diciembre de 2027? La respuesta sigue pendiente. El peronismo todavía no ha mostrado la capacidad suficiente para reconstituirse después de la paliza en las urnas de hace tres años. No asoma un dirigente de peso con la capacidad suficiente de romper los “ismos” internos y avanzar en una corriente unificada que le permita recuperar el poder. El radicalismo sigue brillando por su ausencia. En consecuencia, la dirigencia tradicional mira otra vez en los outsiders para encontrar una figura convocante, capaz de competir contra La Libertad Avanza (LLA).
Mientras tanto, los gobernadores comienzan a plantar bandera. Algunos más que otros tienen sed de continuidad, pero saben que solos tampoco pueden mantener la estructura. El tucumano Osvaldo Jaldo es uno de ellos. Dialoguista por naturaleza, el mandatario provincial sigue pescando en la Casa Rosada para obtener el mayor rédito posible a una relación institucional necesaria para los libertarios. Cuenta la leyenda acerca de una frase atribuida a un armador de LLA respecto de la mirada centralista que se tiene sobre el tranqueño. En algunos encuentros se dice que Jaldo es más conveniente que una propuesta propia de poder en territorio tucumano, por el acompañamiento que evidenció a lo largo de estos años a las propuestas nacionales de reformas estructurales en la economía.
Jaldo, a su vez, necesita seguir cosechando frutos financieros. La estrechez de acción en el manejo de las finanzas públicas pone algunas nubes en el horizonte fiscal rumbo a las elecciones. “Es un error asumir que con estabilidad las provincias harán los deberes cada una de manera independiente. Es al revés. Las provincias deben hacer los deberes para consolidar la estabilidad y recuperar el crecimiento. Y solo lo podrán hacer en coordinación con la Nación”, dice un reciente informe del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa). La ventaja tucumana está en que en el endeudamiento acumulado, que es ínfimo comparado con el presupuesto anual, no pesa la cuestión previsional que sí ha causado rojo en las cuentas de aquellos distritos que conservan el régimen jubilatorio dentro del Estado local.
Los datos del Ministerio de Economía, citados por Idesa, hablan de la cambiante situación fiscal en las jurisdicciones subnacionales.
• En 2023 había 13 provincias con déficit financiero con un acumulado que equivalió a -0,55% del Producto Bruto Interno (PBI).
• En 2024 las provincias deficitarias bajaron a 6 con un déficit financiero acumulado que se redujo a -0,29% del PBI.
• En 2025 las provincias deficitarias volvieron a subir a 14 y el desequilibrio financiero total subió a -0,46% del PBI.
El futuro asoma gris porque la situación fiscal no se ha modificado sino que, por el contrario, se ahondó. La Nación está girando menos recursos coparticipables, debido a la caída de la actividad y a la falta de recuperación de aquello que se denomina la “economía del metro cuadrado”. Por más que se quiera poner dinero en el bolsillo (difícilmente Milei apele a un Plan Platita), el consumo no se reactivará con fuerza porque eso irá a reducir deudas. Los giros no automáticos, los discrecionales, están extinguiéndose. Y asoman planillas de obras públicas que los mismos mandatarios provinciales ponen en dudas. La cita de hoy en Misiones servirá a los gobernadores del Norte Grande para intercambiar figuritas. Es probable que, de esa cumbre, salga un documento con orientación hacia la crítica acerca del reparto del dinero nacional. En ese aspecto, se espera que el jefe de Gabinete, Diego Santilli, llegue a Posadas con alguna propuesta que calme las aguas de las provincias. El déficit fiscal sigue acechando. En el caso de Tucumán, la autonomía de vuelo puede durar hasta fines de octubre;luego pueden presentarse turbulencias financieras si la recaudación sigue cayendo al ritmo actual, a un promedio de $ 7.000 millones mensuales en los ingresos tributarios provinciales y a $ 9.000 millones en el caso de las transferencias de fondos de coparticipación federal de impuestos. A este cuadro, no hay refinanciación de deuda que ayude a sostener el esquema financiero provincial.
Las restricciones en el gasto público se han focalizado en los entes autárquicos, a quienes la Casa de Gobierno les ha solicitado que hagan el esfuerzo de ahorrar el 20% de los compromisos mensuales hasta tanto el panorama aclare. “Hay reparticiones públicas que han restringido la compra de las tortillas para desayunar”, cuenta un funcionario, con cierta ironía, pero que marca una realidad interna. El problema que se avecina es mayor. Los años impares siempre son motivo de incremento de presupuestos. La política necesita financiarse y son pocos los dirigentes que entienden que, en tiempo de vacas flacas, todos deben acomodarse a la realidad.
Como decía a LA GACETA el analista político Gustavo Córdoba, la economía es la madre de todas las batallas electorales que se avecinan. El ajuste se nota demasiado y, para muchos sectores sociales, ya es inaguantable. Para vencer en la contienda, los contrincantes políticos saben que tienen que seducir a un electorado que viene agotado y que no ve la luz al final del camino. Las provincias, a su vez, no pueden romper la lógica de la ultradependencia a la Casa Rosada. Milei lo sabe. Y esa es una de las estrategias para conservar voluntades dialoguistas.







