Resumen para apurados
- Especialistas explican por qué diversas personas rechazan los abrazos en ámbitos cotidianos debido a factores neurobiológicos, vivencias familiares y límites personales.
- El disgusto hacia el contacto físico surge por sobrecarga sensorial, crianza o traumas previos, diferenciándose de una falta de afecto o de patologías como la hafefobia.
- Comprender la diversidad afectiva promueve el respeto por el espacio ajeno y permite identificar cuándo se trata de una preferencia o cuándo requiere asistencia psicológica.
La escena puede producirse en varios ámbitos. En el trabajo, en el aula, en el club o en el hogar puede haber algún individuo que rechace el afecto, en específico, los abrazos. La particularidad está asociada a algo negativo ya que, por definición, una muestra de afecto no debería generar incomodidad. Hay un punto en que la situación es patológica y requiere un tratamiento profesional, pero en general no reviste gravedad y sí, un estado que altera al individuo y puede ocasionar algunas rispideces en las relaciones sociales.
La manifestación es natural, propia de la diversidad emocional. Aunque la ciencia demuestra que el abrazo libera oxitocina y reduce el cortisol, la respuesta neurobiológica varía enormemente entre individuos. Y las razones por las que se evita el contacto físico son múltiples:
- La crianza y ambiente familiar: Para quienes crecieron en hogares donde el afecto físico era escaso o inexistente, el abrazo no se percibe como una conducta natural o reconfortante.
- Sensibilidad sensorial y neurodivergencia: En personas dentro del espectro autista, el abrazo puede sentirse como una sobrecarga sensorial invasiva e incómoda más que como una muestra de cariño.
- Límites de espacio personal y cultura: La definición de la "distancia íntima" varía según la cultura y la personalidad. Algunas personas simplemente tienen una frontera del espacio personal más amplia y prefieren demostrar y recibir afecto de otras maneras.
- Experiencias traumáticas: Un historial de abuso, invasión de límites o vivencias negativas puede asociar el contacto físico no solicitado con una señal de alerta o vulnerabilidad.
Uno mismo
Si hay inquietud por la experiencia, el autoconocimiento puede lograrse. El momento de introspección puede tener una guía con formato de cuestionario, de modo de establecer si se trata de un malestar o una preferencia:
- ¿Me genera sufrimiento no querer dar o recibir contacto físico, o me siento bien así?
- ¿Dejo de hacer cosas importantes para mí (como ir a eventos, viajar en transporte público o socializar) por miedo a ser tocado?
- ¿Lo que siento es una simple incomodidad/inapetencia o se transforma en pánico, taquicardia o ansiedad incontrolable?
- ¿Es con todo el mundo o según el contexto?
- ¿No me gusta el contacto físico con nadie en absoluto, o con ciertas personas (como mi pareja o hijos) sí me resulta agradable o tolerable?
- ¿El rechazo es solo ante el contacto físico (abrazos, besos, caricias) o tampoco me gusta expresar ni recibir afecto con palabras, tiempo juntos o regalos?
- ¿Mi disgusto es con el afecto en general o específicamente con la invasión de mi espacio corporal?
- ¿Siempre he sido así desde que tengo memoria o fue algo que cambió a partir de un momento o vivencia particular?
- ¿En mi familia de origen se expresaba el afecto con abrazos o crecí en un entorno donde el contacto físico era raro o tenso?
- ¿Siento que no me gusta porque sobrecarga mis sentidos (como texturas, olores o ruidos) o porque me hace sentir vulnerable?
Si las autorespuestas concluyen en que forman parte de la personalidad y lenguaje del afecto no hay nada que arreglar. En caso contrario, que la sensación sea de querer poder dar un abrazo pero paralizarse, es válido poner en consideración de un profesional de psicología la situación.
¿Cómo se diagnostica? La relevancia es clínica si esa incomodidad causa un malestar profundo o funcional a la propia persona. Si la persona vive tranquila expresando su afecto mediante palabras, atención o actos de servicio, no existe ningún trastorno que corregir. Para que el rechazo al contacto físico sea considerado hafefobia (nombre científico que refiere al trastorno) deben cumplirse criterios muy estrictos que evalúa el profesional mediante entrevistas clínicas directas con la persona.







