Borges, a 40 años de su muerte
No hay uno solo. Hay muchos: el lector sofisticado, el ícono pop, el de los espejos, el de la política, el de los arrabales, el de las polémicas interminables, el que bucea en el pasado y el que le habla al presente. Este número invita a recorrer ese laberinto que sigue expandiéndose.
Las distintas facetas de un autor vivo
Por Lucas Adur
Para LA GACETA - BUENOS AIRES
Fue muchas personas distintas- No fue solo ese anciano ciego, venerable, perdido en disquisiciones filosóficas y literarias. Fue también un joven vanguardista, comprometido políticamente, fundó revistas y cenáculos literarios…. Todos esos “Borges” configuran al que, en mi opinión, fue el escritor argentino más importante del siglo XX, y uno de los más grandes de la literatura en castellano y en el mundo. ¿Por qué sigue vigente? Creo que hay tres razones fundamentales. Primero, su calidad, desde su prosa hasta sus poemas, sus ideas, todo mantiene una fuerza literaria innovadora. Segundo, su inclinación por lo fragmentario y lo breve: vivimos en tiempos donde cuesta concentrarse en novelas extensas, y Borges nos ofrece relatos cortos, párrafos precisos, poemas que funcionan como destellos. Sus libros son casi colecciones de fragmentos finamente ensamblados, y eso se adapta perfectamente a cómo consumimos cultura hoy. Y tercero, su fascinación por la línea difusa entre realidad y ficción. Borges juega con esa incertidumbre, y hoy vivimos en una era de fake news, de inteligencia artificial que fabrica imágenes o videos que no sabemos si son reales. Esa sensación de duda, esa sensación de no saber qué es real y qué no, está en el centro de su universo literario. Cuentos como “Tlön Uqbar Orbius Tertius” provocan eso. Algo ficcional se va imponiendo sobre lo real. Entonces, esas tres cosas -excelencia estética, brevedad fragmentaria y la inestabilidad entre realidad y ficción- hacen que Borges no sea solo un autor del pasado, sino alguien absolutamente vivo en nuestros días.
Si te gusta la literatura, tarde o temprano vas a enamorarte de Borges. ¿Por qué? Porque su estilo es impecable, elegante y seductor: su prosa va al hueso; cada palabra cuenta. Pero además, Borges destaca por su humor. Aunque su figura pública fue (a veces) solemne, su estilo literario está lleno de ironías geniales -irreverentes con lo consagrado: los clásicos, la patria, Dios, y hasta con él mismo. Se ríe de las grandes solemnidades, pero sin frivolidad. Puede burlarse de la patria o de certezas religiosas sin dejar de tomarlas en serio, con un gesto que es afectuoso y profundo. Y quizá lo más extraordinario: Borges no es solo un escritor, es un Virgilio literario del mundo moderno. Construye puentes hacia toda la literatura: Dante, Cervantes, el Martín Fierro, la literatura oriental, las sagas nórdicas… te lleva hacia adelante, a la ciencia ficción o lo fantástico, y también hacia atrás, al corazón del arte literario. Es una puerta inmensa, siempre dispuesta a mostrarte los mundos que están detrás de sus textos.
© LA GACETA
Lucas Adur - Coordinador académico de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y autor de “Jorge Luis Borges. Un destino literario”.
El espejo y la enciclopedia
Por Carmen Perilli
Para LA GACETA - TUCUMÁN
Cuando Daniel Dessein me pidió esta nota, no me resistí a volver a la obra de Borges. Inmediatamente reconocí uno a uno mis rincones. Me invadió la familiaridad y extrañamiento. Me encontré con la definición del hecho estético en “La muralla y los libros”: “La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder o están por decir algo; esta inminencia de una revelación que no se produce es, quizá, el hecho estético”.
Hay en esas páginas una maravillosa relación entre lectura y escritura que, después de la ceguera, se prolonga en letra y oralidad. Por un lado, la mitología de las orillas, por el otro la Biblioteca de Babel. No sólo nos encontramos con su literatura sino con La Literatura. Las divisiones entre géneros son vanas. Puede inventar un libro de prólogo de prólogos o revitalizar el género de las conferencias. Borges realiza una gigantesca máquina de traducción de escrituras.
Si en Oriente rapsodas de la noche que vagan por el desierto, narran cuentos misteriosos, a cambio de unas cuantas monedas. En Occidente Jorge Luis Borges, “habitador” de los oros y las sombras de la ceguera, “fatiga” las arenas recelosas del olvido y la memoria en las que las mitologías son más “un hábito de las almas” que “una vanidad de los diccionarios”.
El escritor se separa de la concepción de la literatura como exclusiva operación del espíritu. En Siete noches nos dice: “hay dos características de Dante. Desde luego hay más, pero dos son esenciales: la ternura y el rigor”.
Una de sus mayores creaciones son las ficciones especulativas, como les llama Ricardo Piglia, que piensan la literatura al mismo tiempo que la hacen. La literatura se transforma en lugar de tránsito y traducción, en una ciudad por la que Borges se pasea sin cesar. Crea literatura a través de los clásicos, dialoga con el archivo. Se convierte en nuestro mediador con la cultura universal y usa las tradiciones para transformarlas. Inserta una forma nueva: la literatura fantástica. Sylvia Molloy señala que ataca las “rupturas domesticadas” y rompe con los clisés, se reinventa todo el tiempo. Levanta su obra en un atrevido no lugar.
Borges, un codicioso de almas, se transforma en un codicioso de relatos. Pone el énfasis no sólo en cómo está escrito sino en cómo está leído, señala Gamerro. El mito está en el comienzo y en el fin de la literatura. La escritura traza el rostro del autor a través de inciertos otros, busca su voz. Los personajes, desde Carriego y los “infames” hasta Shakesperare y Emma Zunz, forman parte de ese imperio de una literatura que hace del pudor una regla. Lo individual deviene genérico, la experiencia personal, reflexión sobre el universo: “Somos nuestra memoria, / somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. La inmortalidad sólo puede estar en la repetición que asegura perdurar en lo cotidiano. En “Tlon Uqbar Orbis Tertius” Borges crea una región imaginaria uniendo un espejo y una enciclopedia. Allá perder significa olvidar y encontrar, recordar. No existe el concepto de plagio, todas las obras son obra de un solo autor. Pero hacia el final las palabras se convierten en cosas. Reflexiona: “¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado?”. El aeda, habitante de los oros de la sombra, pertenece a la “dispersa dinastía de solitarios” que intenta cambiar la faz del mundo, cubriéndola con un mapa de papel.
© LA GACETA
Carmen Perilli - Profesora Emérita de la UNT. Autora del libro “Países de la memoria y el deseo. Borges y Fuentes”.
Ser borgeanos por oposición
Hernán Carbonel
Para LA GACETA - SALTO
En 1999, Javier Vergara Editor publicó antiBorges, bajo la tutela -compilación y comentarios- de Martín Lafforgue. Eran años -los ‘80, los ‘90- de lo que alguien definió como la “tradición contraborgiana”.
Mito nacional, dice Lafforgue -y es imposible disentir-, Borges “está en todas partes”. La antología busca “establecer una distancia con el elogio sistemático”, y reúne 16 textos de autores tan disímiles como Scalabrini Ortiz, Anderson Imbert, Hernández Arregui (subrayado: “el rasgo definitorio de este escritor es su desdén por lo argentino”), Pedro Orgambide, Juan Gelman, Adolfo Prieto, David Viñas y Jorge Abelardo Ramos, entre otros.
Los textos recorren un arco histórico de casi un siglo y buscan diferenciarse de la Gran Bestia Pop (al decir de Daniel Mecca) de nuestra literatura tanto en lo estético como en lo ideológico (y esta es una opinión personal: lo segundo es más complejo que lo primero), sea en ensayos breves, artículos periodísticos, crítica literaria o estudios políticos. Quizás fuera eso lo que quiso decir Gombrowicz (¿sucedió, realmente sucedió?) desde el barco, antes de volver a Europa, con aquello de que había que matar a Borges. (Dato al pasar: hay una desusada, inadvertida novela llamada Matar a Borges.)
Su espejo, su contra-libro -en fin, su otro-, como el mismo Jorge Luis decía, está en ese librazo de Alan Pauls que es El factor Borges: “cualquier idea sobre la literatura que conciba o practique un escritor argentino se mueve en un campo de problemas, disyuntivas y enigmas que la literatura de Borges delimitó, organizó y a su manera solucionó”. Otra vez: estar en todas partes. El todo.
Al decir de Piglia, Borges es anacrónico porque clausura el Siglo XIX “por medio de la parodia, la línea de la erudición cosmopolita y fraudulenta que define y domina gran parte de la literatura argentina” de aquel siglo. Al decir de Eric Hobsbawm, un siglo no inicia en un año de números redondos sino en las grandes inflexiones de la Historia (el “corto siglo XX”, que comienza con la Primera Guerra Mundial y cierra con la Caída del Muro, por ejemplo). Ergo, el Siglo XX de nuestra literatura abre en 1899 cuando Borges nace, y con “El fin” y la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, como bien arguye Piglia, concluye el XIX para que sea Arlt quien abra el XX. Contradicción total, una más de tantas, necesaria.
Esos son algunos de los problemas, las disyuntivas, los enigmas -que nos perdone Pauls por agregar: las contradicciones- que la literatura de Borges delimitó, organizó, solucionó, planteó y, a la vez, dejó sin solución posible.
Borges, como Maradona -para parafrasear: las repeticiones, las variantes, las simetrías del destino, más allá de las insalvables diferencias- es argentino no solo por nacionalidad sino por contradicción. “Acaso el mayor problema del género es el de los paisajes”, dice en uno de los textos sobre José Hernández, y luego, en uno de sus cuentos clásicos, que un lugar de la pampa era igual a otro. Es aquel que almuerza con Videla y Pinochet para condenarse a sí mismo. Es aquel que no recibe el gran premio que no queremos nombrar, pero todos sabemos que hubiera merecido. Es aquel que escribe una historia de amor pavorosa como el de “La intrusa”, cuya frase final le dictó su madre, y luego se ve expuesto en el anecdotario intimista de Estela Canto o ante la ficticia Beatriz Viterbo. Es aquel que pasa de glorificar el Martín Fierro, luego de reescribir la biografía de Cruz y darle un final a su protagonista, a denostarlo y elegir el Facundo como libro nacional ante el regreso del peronismo en los ’70 (para mejor, léase el prólogo de Facundo o Martín Fierro de Carlos Gamerro).
Por eso, seamos antiBorges todo lo que queramos. En el fondo, y por eso mismo, por refracción, seremos más borgeanos que nunca. “No es un mundo sin Borges, todavía”, escribió hace poco Patricio Pron. Ojalá. Ojalá que no lo sea nunca. Al desamparo natural de la existencia, sumarle la supresión de Borges sería, sí, el fin, porque ya seríamos otros. Y ni nosotros ni la literatura podríamos soportarlo.
© LA GACETA
Hernán Carbonel - Periodista y escritor.










