El sexo también paga la crisis: cómo el pluriempleo afecta el deseo y las parejas
Hay algo que se está apagando en silencio en Tucumán y que no aparece en los números de la economía ni en los informes oficiales. Se percibe más bien en la vida cotidiana: en el cansancio permanente, en los vínculos que empiezan a desgastarse o, simplemente, en la falta de ganas. En una provincia donde el pluriempleo dejó de ser una excepción para convertirse en una rutina cada vez más extendida, el trabajo se multiplica y, con él, también crece un agotamiento que parece no tener descanso.
La realidad actual empuja a miles de personas a encadenar dos o tres trabajos como única estrategia para sostenerse frente a salarios que perdieron la carrera contra la inflación. Pero el esfuerzo no termina cuando uno sale de la oficina, del comercio o del consultorio. La jornada laboral muchas veces continúa al volver a casa, donde aparecen las tareas domésticas, los cuidados y las responsabilidades cotidianas que tampoco admiten pausas. En ese ritmo perpetuo, el cuerpo entrega cada vez más para recibir casi lo mismo, mientras llegar a fin de mes se transforma en un horizonte que siempre parece correrse un poco más.
Los números ayudan a dimensionar el problema, aunque no alcancen para explicarlo del todo. En el Gran Tucumán, más de 131.000 personas buscan otro ingreso aun teniendo empleo, en una provincia donde la desocupación se mantiene en 5,6%, un dato que por sí solo ya no alcanza para describir la realidad laboral. La paradoja es tan evidente como incómoda: sí, hay trabajo, pero no alcanza. Y en ese desfasaje entre lo que se entrega y lo que se recibe empieza a gestarse una factura invisible que no aparece en las estadísticas, pero que impacta de lleno en el cuerpo.
Porque cuando el ingreso no alcanza, lo primero que suele resignarse es el descanso. Después se achica el tiempo personal y, más tarde -casi sin darse cuenta- también desaparecen las ganas de encontrarse con otros. En ese proceso silencioso, muchas personas empiezan a quedarse sin recursos emocionales.
“Es imposible pensar qué nos está pasando en el plano de la salud mental sin analizar cuáles son las condiciones concretas en las que estamos viviendo hoy”, plantea Sol Forgas, presidenta del Colegio de Psicólogos de Tucumán. A partir de lo que escucha diariamente en el consultorio, la especialista advierte que el pluriempleo dejó de ser una salida excepcional para convertirse en una dinámica estructural que reorganiza la vida entera alrededor del trabajo.
En ese escenario, el descanso dejó de formar parte de la rutina para convertirse en un bien escaso. Las jornadas de 12 o 14 horas empezaron a naturalizarse y el cuerpo, tarde o temprano, pasa factura. Los síntomas son conocidos: problemas de sueño, irritabilidad, cansancio persistente, dificultades para concentrarse y una sensación de saturación que no desaparece ni siquiera durante el fin de semana.
Sin embargo, hay una frase que circula casi como un mecanismo de defensa para poder seguir: “el cuerpo se acostumbra”. “Creer que el organismo se va a adaptar por arte de magia es una estrategia defensiva”, explica Forgas. “El cuerpo no se acostumbra; el cuerpo aguanta hasta que se enferma o colapsa, porque no somos máquinas de producción continua”, agrega.
Detrás de esa idea de resistencia aparece una lógica ligada a la exigencia constante de rendimiento, donde la productividad terminó convirtiéndose en una medida del valor personal. “Hoy parece que si no estás estresado o corriendo, estás perdiendo el tiempo. Nos autoexplotamos bajo la falsa ilusión de que somos los jefes de nuestro propio destino”, sintetiza la psicóloga.
Cuando el problema se interpreta únicamente como algo individual, la respuesta también termina siendo individual. Así, lo que en realidad es consecuencia directa de una crisis económica se transforma puertas adentro en culpa personal. El agotamiento empieza a confundirse con fracaso, frustración o incapacidad propia, y ese desgaste termina impactando inevitablemente en los vínculos.
Cuando el amor se queda sin energía
Sostener una pareja, compartir tiempo o incluso intentar conocer a alguien demanda mucho más que ganas. Hace falta energía, tiempo libre y cierta estabilidad emocional; tres cosas que el pluriempleo va erosionando lentamente.
“Para invitar a salir a alguien no alcanza con tener plata en la billetera. También se necesita disponibilidad psíquica y emocional”, señala Forgas. Y ese resto es, justamente, lo que empezó a escasear.
Cuando se llega al final del día con la cabeza y el cuerpo agotados, escuchar al otro, sostener una conversación o abrirse a la intimidad empieza a volverse difícil. El deseo sexual no desaparece necesariamente por falta de amor o desinterés; muchas veces se apaga por saturación.
“Para que el deseo pueda sostenerse tiene que haber descanso, tiene que haber tiempo. Pero hoy todo aquello que no genera dinero queda rápidamente catalogado como improductivo”, advierte.
Sin resto para el mañana
Esa lógica económica penetró tan profundamente en la vida cotidiana que hoy, en muchos consultorios, se repite una misma confusión: parejas que creen estar atravesando una crisis afectiva cuando en realidad están agotadas.
Forgas lo resume en una frase incómoda, pero contundente: “Muchas veces no es que se terminó el amor, sino que se terminó la energía”.
La paradoja se vuelve todavía más cruda cuando se mira hacia dentro del propio sistema de salud mental. Los psicólogos tampoco quedan afuera del pluriempleo. Muchos sostienen varios trabajos, atienden más pacientes de los que pueden o complementan ingresos para cubrir gastos básicos.
Al mismo tiempo, hacer terapia empieza a correrse del horizonte de prioridades. “Cuando la situación económica aprieta, lo primero que se deja es todo lo que no parece urgente”, explica la especialista. La salud mental queda postergada frente a la necesidad inmediata de pagar cuentas.
El resultado es un circuito cada vez más asfixiado: más demanda, menos acceso, menos tiempo y un malestar que no deja de crecer.
Para la presidenta del Colegio de Psicólogos, no se trata de una advertencia a futuro. “Estamos atravesando una crisis de salud mental sin precedentes. Ya está pasando”, afirma.
Habla de una combinación de agotamiento, angustia e irritabilidad que desborda incluso a instituciones que no logran responder a la magnitud del problema. Por eso descarta las soluciones rápidas o individuales: la respuesta, insiste, tiene que ser colectiva.
Mientras las horas de trabajo se multiplican y el dinero sigue sin alcanzar, hay algo que continúa perdiéndose en silencio dentro de los hogares tucumanos. No aparece en los indicadores económicos ni en los discursos oficiales, pero se instala con una persistencia difícil de ignorar. Es un desgaste invisible que no se mide, aunque ya empezó a transformar la forma en que vivimos, descansamos, amamos y sostenemos los días.











