Regreso a la Luna

EUGENE CERNAN. Fue el último hombre en pisar la Luna, en 1972. Casi había sido el primero,  ya que estuvo en la misión exploradora del Apolo X, de 1969, y llegó a 15 kilómetros de la superficie lunar. EUGENE CERNAN. Fue el último hombre en pisar la Luna, en 1972. Casi había sido el primero, ya que estuvo en la misión exploradora del Apolo X, de 1969, y llegó a 15 kilómetros de la superficie lunar.
Daniel Dessein
Por Daniel Dessein 05 Abril 2026

Resumen para apurados

  • La NASA retoma los viajes tripulados a la Luna con la misión Artemis II, tras 54 años de la última caminata lunar realizada por Eugene Cernan en el marco del programa Apolo.
  • La tripulación, que incluye a la primera mujer en realizar esta travesía, operará la nave Orión para orbitar el satélite, marcando el reinicio de la exploración física lunar.
  • Este avance sienta las bases para una presencia humana permanente en el espacio y futuras misiones a Marte, consolidando una nueva era en la carrera de exploración científica.
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Estuvo a punto de ser el primero, y fue el último. Hoy casi nadie lo recuerda pero pudo haber sido uno de los hombres más conocidos de la Historia. El 21 de mayo de 1969, Eugene Cernan comandaba el módulo lunar de la misión Apolo X. El comandante y su compañero, Thomas Stafford, se aproximaron a quince kilómetros de la superficie lunar, después de haber recorrido los 380.000 que separan al satélite de la Tierra. La misión implicaba llegar hasta allí, volver a acoplarse con el módulo comando y regresar a casa. Era un último ensayo que reservaba la gloria para el Apolo XI, Neil Armstrong y Buzz Aldrin.

Muchos años más tarde, Cernan confesaría que estuvo a punto de desoír la orden que tenían de la NASA y alunizar. No lo hizo. Tuvo una revancha. En 1972 se convirtió en el doceavo y último humano en pisar la Luna. Antes de volver al módulo hizo unos trazos en la superficie. “TDC”, las siglas del nombre de su hija Tracy. Por la ausencia de erosión, quizás las marcas todavía estén allí.

Nunca más volvimos. Hasta ahora.

Invierno del 69

Una multitud se congregó en la sede de LA GACETA atraída por la sirena del diario que se activaba ante hechos excepcionales. Un cable de la agencia Associated Press, enviado desde el Centro espacial de Houston, anunciaba que Armstrong había dejado su primera huella en suelo lunar. La multitud reía, gritaba y aplaudía. A la medianoche llegaron a las pizarras del diario, que funcionaban como una vidriera noticiosa para el público, las primeras radiofotos desde el espacio.

Otro cable de agencia daba cuenta de una trama espacial inverosímil que revelaba el contexto geopolítico en el que se desarrollaba la hazaña. Mientras los astronautas norteamericanos caminaban por la Luna, la sonda soviética Lunik 15 orbitaba el satélite con la posibilidad –según inferían analistas- de interferir en la misión de la NASA. Después de un intento de alunizaje, el lunes 21, la sonda rusa se estrelló contra la Luna.

El 20 de julio de 1969, Estados Unidos alcanzó la marca definitiva de la carrera espacial que hasta entonces venía perdiendo. Los rusos habían sido los primeros en poner un satélite, un animal y finalmente un humano en el espacio (el Sputnik, Laika y Yuri Gagarin). Pero el “pequeño paso” de Armstrong fue el salto que definió la competencia. La inercia de la carrera espacial en la Guerra Fría, con la “guerra de las galaxias” de Reagan como último capítulo, dejó a la URSS económicamente extenuada –llegó a destinar el 15% de su PBI, durante una década, en su programa espacial y en el armamentístico-. Así aceleró hacia su implosión.

La aventura del Apolo XI pudo terminar mal. El 21 de mayo, Cernan y Stafford tenían la orden de no alunizar porque los márgenes de combustible eran muy estrechos y la NASA buscaba ensayar cada etapa antes del objetivo final. Dos meses después, Armstrong y Aldrin estuvieron a punto de abortar el alunizaje por el consumo, en las maniobras de aproximación, de parte del combustible que necesitaban para volver.

Secuela lunar

Mi abuelo paterno (1895-1982) solía usar su cronología autobiográfica para ilustrar la aceleración de transformaciones en el siglo XX. “Cuando nací –decía-, el hombre no podía volar (faltaban ocho años para el vuelo inaugural y primitivo de los hermanos Wright) pero en el último tramo de mi vida vi al hombre pisar la Luna”. La frase, en materia aeroespacial, no admite entre nuestros contemporáneos una formulación similar. Hubo cierto déjà vu, o sensación de “remake”, el miércoles de esta semana, en el despegue de la misión Artemis II. Han pasado más de 50 años desde las misiones Apolo y la escenografía no cambió demasiado. El cine y la literatura proyectaron naves más novedosas para esta altura del siglo XXI pero suelen ser, externamente, bastante parecidas a la de los 60 y 70, aunque por dentro las separa un abismo tecnológico. Las computadoras sesentistas del Centro Houston y las del Apolo XI son elementales al lado de los celulares que tiene hoy la mayor parte de los habitantes de nuestro planeta.

Desde el siglo II, con un precursor texto de Luciano de Samosata, la literatura pergeña viajes a la Luna. La ficción más impactante, por sus similitudes con lo que ocurriría más de un siglo más tarde, es De la Tierra a la Luna. Julio Verne describe allí la cápsula que albergará a los tres viajeros: un cono con paredes de aluminio de 20 centímetros, 3,65 metros de largo por 3 de diámetro, 5.345 kilos de peso. El mismo material y prácticamente las mismas dimensiones del módulo de comando del Apollo XI. Verne afirma en su novela que la cápsula debe alcanzar las 12.000 yardas por segundo, la misma velocidad que alcanzó el cohete Saturno V en 1969.

Hubo este miércoles, claro, un renovado nerviosismo y una profunda emoción, particularmente en todos aquellos que no vivieron los años de los prodigios técnicos de las misiones espaciales entre los 60 y los 80. La cuenta regresiva, la imponencia de los cohetes arrojando fuego y humo, la tensión de los primeros y críticos minutos, la estela de varios kilómetros en el cielo y la nave que finalmente se torna imperceptible para la vista.

La cápsula de nueve metros cúbicos que alberga a los cuatro astronautas se desprende de los cohetes e inicia una travesía a lo largo de un millón de kilómetros, en los que orbitará la Tierra y la Luna, para luego emprender el regreso. De la magnificencia del despegue pasamos a la precariedad de la odisea. Del mimo al ego por la proeza técnica de la que somos capaces, a la conciencia de fragilidad que refleja esa pequeña balsa espacial de aluminio y titanio recorriendo la inmensa y silente noche. Aparece también, en nosotros, la admiración por el coraje que puede exhibir nuestra especie y, por un tiempo, una inspiración que nos pone por encima de nuestras pueriles diferencias.

Nuestro espejo

En lo referido a la Luna, LA GACETA Literaria tiene en su historial un momento memorable. Cuando se cumplía el séptimo aniversario del alunizaje del Apolo XI, Jorge Luis Borges publicó en estas páginas un poema, dedicado a María Kodama: “Hay tanta soledad en ese oro. / La luna de las noches no es la luna / que vio el primer Adán. Los largos siglos / De la vigilia humana la han colmado / de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo”.

© LA GACETA

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