Sexualmente hablando: el deseo de nuestros padres

Sexualmente hablando: el deseo de nuestros padres

Bert Hellinger, teólogo y psicoterapeuta alemán, conocido por haber creado el método de las “constelaciones familiares”, afirmaba que todas las personas somos el éxito de nuestros padres y ancestros. Que estamos vivos gracias a ellos: a sus sacrificios, a su valentía y a la capacidad que tuvieron de superar las dificultades de su tiempo. Obviamente, una perspectiva que nos insta a ser agradecidos y a comprender las circunstancias que les rodearon. Y a reconciliarnos con esa historia familiar que nos precede.

Existe otra cuestión que es también innegable: somos producto del deseo de nuestros padres. Una afirmación objetable en algunos casos, pero cierta en buena medida. Y se trata de un asunto que suele ser incómodo de aceptar. Sobre todo, si pensamos que no solo estamos hablando -al menos no necesariamente- del “deseo de tener un hijo”, sino de deseo sexual. De goce, de placer. ¿Por qué será que este aspecto fundacional de nuestra vida con frecuencia genera vergüenza? Hay quienes sostienen que constituye una aversión ligada a la infancia, al momento en que descubrimos cómo nos hicieron, “cómo se hacen los bebés”. Otra posibilidad es el tabú del incesto, que nos programa para sentir rechazo por todo aquello que vincule lo sexual con nuestros familiares más cercanos. También podría funcionar como una forma de mantener ciertos límites generacionales: no queremos saber ni especular al respecto.

Martha y Antonio

Esta negación casi natural respecto de la vida íntima de los padres no aplica para Martín Caparrós, que se dispone a mirarla con lupa, en un ejercicio de imaginación. Lo explora en “Antes que nada”, ese libro autobiográfico tan interesante, divertido y bien escrito:

“Es curioso -¿alarmante?-: el momento decisivo de nuestras vidas, el momento sin el cual nuestras vidas no existirían, les sucedió a otros y no sabemos nada o casi nada. Ni queremos saber, en general. Yo recién ahora, a mis 66, me puse a hacer la cuenta obvia: debo haber sido concebido alrededor del 1 de septiembre de 1956, cuando el invierno se iba deshilachando en Buenos Aires, cuando los recién casados estrenaban la casa que les habían comprado mis abuelos paternos -un departamento de piso siete y tres ambientes en la calle Cochabamba, ya Constitución, un barrio modesto, pero no muy lejos del centro”. Luego hace una variadísima enumeración de lo que estaba pasando en el mundo en esos momentos, y sigue: “En medio de todo eso mi madre Martha y mi padre Antonio se echaron un polvo alguna noche. Quizá lo harían muchas noches, quizá no. Quizá fue un gesto casi rutinario, quizá no. Quizás él estaba arriba, quizás ella, quizá ninguno de los dos. Insisto: qué raro no saber nada sobre eso. Pero tampoco estoy seguro de quererlo”.

En su afán investigativo, el autor de “Ñamérica” hace un descubrimiento: “Nací justo nueve meses después del día en que mi madre Martha, tan chiquita, cumplió veinte años. Soy, entiendo -ya era hora-, el festejo de sus veinte años. Y me enternece y me impresiona: una chica de rulos y pecas que querría ser médica celebra sus veinte años cogiendo con su señor marido, un muchacho flaquito y desterrado que querría ser médico. Y que quizás haya pensado que la manera de consolidar su matrimonio vacilante fuese tener un hijo, o quizá no, puro festejo de la carne”.

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