
El último espectáculo del medio tiempo del Super Bowl marcó un récord de audiencia: más de 140 millones de personas vieron el gran despliegue escénico de Bad Bunny. Se trató de un fenómeno poco usual en tiempos de fragmentación de contenidos y segmentación de públicos. La propia liga de fútbol americano necesitaba un show de tal magnitud, que se traduce en millones de dólares en ingresos publicitarios y en la expansión de un negocio relacionado con un deporte impopular en el resto del mundo. Lo logró con creces y con un show latino a más no poder.
Más allá de la elección estratégica y comercial del cantante puertorriqueño, su presentación sentó un precedente cultural por varios aspectos. Fue un montaje artístico con una narrativa profunda sobre las raíces boricuas de quien es hoy el músico del momento. Se trató de una performance con una carga simbólica pensada en cada detalle, que no dependió de efectos especiales, sino de la presencia humana y de una interpretación de cómo se vive la música en casi todos los rincones latinos y estadounidenses.
Las audiencias en vivo, esas que batieron récords, estaban expectantes por cómo iba a manifestarse Bad Bunny -el “Conejo Malo”- en un momento de gran confrontación política en el país comandado por Donald Trump. Muchos aguardaban una declaración directa sobre la situación de los millones de inmigrantes que hoy temen la deportación del país que eligieron como destino. Sin embargo, no hubo un mensaje explícito; hubo señales, algunas más sutiles que otras. Bad Bunny no buscó un posicionamiento extremo ni profundizar la brecha entre estadounidenses y latinos. Todo lo contrario: su show fue una invitación a reconocernos como un continente enorme, diverso, rico y colorido, con sus penas y alegrías.
El músico puertorriqueño inició, desde su último álbum “Debí tirar más fotos”, un camino que en el Súper Tazón terminó de completar. Su propuesta es una obra retrospectiva sobre su infancia y su pasado en una isla hoy azotada por la gentrificación, pero también es una invitación hacia el futuro. Esa es la trayectoria de los migrantes que seguramente vieron su show con emoción, manteniendo la ilusión de que cese la violencia contra ellos en una nación que supieron abrazar.
Un cañaveral profundo, negocios locales, casitas humildes y un niño que recibe su máximo galardón. Postes de luz, homenajes a los padres del reguetón y banderas de todas las naciones: todo fue escena, pero también trasfondo. Que un artista abrace un arte tan humano en tiempos de excesiva artificialidad no es un dato menor. Además, logra expandirlo desde un escenario tan norteamericano como la barbacoa y el country hacia el infinito, utilizando las plataformas que él mismo -o sus productores- conocen a la perfección.
Quienes no escuchan su música deberían, al menos, prestar atención a su propuesta artística. No es la radicalidad del punk de los ochenta, ni el rock progresivo de los setenta, ni los Beatles de los sesenta. No cabe la comparación con clásicos que también supieron expandir los márgenes del arte musical; sin embargo, Bad Bunny sí comprendió su lugar en el mundo para manifestarse sobre los problemas de América Latina. Y lo hace con música para bailar y celebrar, porque de eso también se trata.






