Por qué vale la pena ver "100 metros", la película de animé que acaba de estrenar Netflix
La película se anima a retratar un deporte casi imposible de narrar: la velocidad pura. Entre aciertos formales, decisiones discutibles y momentos de gran poesía visual, la película logra asomarse a la soledad, el talento inexplicable y el silencio interior de los velocistas, allí donde pensar ya no sirve y solo queda correr.
Estrenó en Netflix "100 metros". Es la primera adaptación cinematográfica del manga homónimo de Uoto, el mismo creador de Tierra, sangre, conocimiento: Sobre el movimiento de la Tierra. La dirige Kenji Iwaisawa, quien recurre a la rotoscopia, una técnica que no solo estiliza el movimiento sino que lo vuelve inquietantemente real, casi incómodo. Como si el cuerpo, al ser observado con demasiada atención, revelara algo que normalmente preferimos no ver.
Durante mucho tiempo pareció imposible abordar con seriedad —y menos aún con lirismo— el mundo de los velocistas. Otros deportes ofrecían más derivas poéticas, más espacio para la introspección y el relato: el fondo, el boxeo, el tenis. Los 100 metros llanos, en cambio, parecían inabordables. Demasiado breves, demasiado repetitivos, casi inexplicables incluso para quienes los corren. Hasta ahora.
Como cinéfilo, fanático del animé y ex corredor de 100 metros llanos, tenía razones para desconfiar. Y, sin embargo, 100 metros encuentra una forma.
Una de sus decisiones más acertadas es prescindir de la figura del entrenador. Esa ausencia acentúa la soledad del velocista, una soledad distinta —más vacía— que la del fondista. Quien corre largas distancias está acompañado por su mente: piensa, calcula, resiste. Haruki Murakami trazó con claridad el paralelo entre correr y escribir novelas: la resistencia, el trabajo mental, la persistencia. También el tenis o el boxeo permiten ese tipo de asociaciones; basta pensar en Baby Steps o Hajime no Ippo.
El velocista, en cambio, no tiene tiempo. No piensa. O, mejor dicho, pensar no sirve de nada. Nada de lo que ocurra en esos segundos puede modificar el resultado. Todo está atado a una explosión de talento que dura diez segundos, o menos.
El animé, como lenguaje, suele apoyarse en el monólogo interior. Dilata el tiempo. Un set de tenis o un round de boxeo puede ocupar un episodio entero gracias al fluir de la conciencia del personaje. En Ippo, por ejemplo, esos tres minutos reglamentarios se expanden hasta volverse eternos. En 100 metros ocurre lo contrario: no escuchamos lo que los personajes piensan mientras corren. Y eso es coherente. No hay pensamiento posible en plena aceleración.
Sí hay, en cambio, intentos de reflexión antes y después. Intentos torpes, incompletos. Porque no es fácil explicar por qué alguien deja la vida en entrenamientos repetitivos, casi absurdos para quien los mira desde afuera. David Foster Wallace —tenista en su adolescencia— escribió con lucidez sobre la dificultad que tienen los deportistas para poner en palabras sus dones. Muchos no reflexionan sobre lo que hacen; otros no alcanzan a comprender eso que el cuerpo aprendió por sí solo.
En el caso de los velocistas, la dificultad es mayor. Se trata de un don con el que se nace y que apenas se pule con técnica y repetición. En 100 metros, las motivaciones están verbalizadas, a veces en exceso. Los protagonistas necesitan que otros les recuerden por qué corren, por qué seguir intentándolo. Como si la razón nunca fuera del todo clara.
No todo funciona igual de bien. La película, en ciertos momentos, no cree en el proceso. A diferencia de otros animés deportivos —Baby Steps, Ippo— aquí no hay aprendizaje gradual ni acumulación visible del esfuerzo. Un chico que trota para no pensar se convierte en velocista en un abrir y cerrar de ojos. Esto puede entenderse: uno es rápido o no lo es. Pero las diferencias técnicas entre un atleta de élite —que entrena entre dos y cuatro horas diarias— y alguien que simplemente corre rápido son abismales. Más aún si esos dos adolescentes serán rivales durante quince años. Sin progresión, lo que aparece es el estancamiento del talento natural.
La construcción del mundo está bien lograda, pero hay detalles que hacen ruido. Uno, menor en apariencia pero revelador: recién en la última carrera aparecen planos de las zapatillas. En una prueba de velocidad eso no es un detalle. Los clavos no son un adorno estético: existen para clavarse en la pista, para transformar el contacto con el suelo en impulso.
También resulta curiosa la decisión de borrar los cronómetros. Se habla de récords, pero nunca aparecen los tiempos. No hay cifras, no hay reloj. El ganador cruza la meta y no mira el marcador. Pero todo atleta serio sabe que no se corre contra otros chicos del colegio, aunque se les saque veinte metros. Eso es anecdótico. Lo que importa es el tiempo.
Estas grietas no alcanzan a opacar momentos de verdadera poesía, como la carrera bajo la lluvia. La tormenta no es decorativa: expresa un estado interior y anticipa el destino de uno de los personajes. Es una escena emocionante sin necesidad de subrayados.
La ambigüedad sobre quién gana la última gran final es otro acierto. Un cierre perfecto para una película imperfecta, que logra algo poco frecuente: mostrar la poesía y exponer las entrañas de una disciplina silenciosa, repetitiva, protagonizada por cuerpos que rara vez se entienden a sí mismos.








