
Los textos bíblicos de hoy son una llamada a no juzgar a los demás ya que quien juzga a los otros, se puede equivocar. Sólo Cristo conoce lo que hay en el corazón del hombre, pues los hombres miran las apariencias, pero Dios ve el corazón. En el evangelio choca la aparente diversidad de estilo y de temas abordados por Cristo. Lo primero es una parábola acerca de los ciegos que necesariamente caerán en un hoyo si confían en otros ciegos para guiarles. Sigue a continuación la afirmación relativa de que no puede estar un discípulo por encima de su maestro, y continúa con la famosa comparación de la paja y de la viga que brinda fáciles consecuencias acerca de la necesidad de mirarse a sí mismo antes de fijarse en los demás. Termina con la reflexión de sentido común sobre la clase de árbol y de los frutos que produce, y la aplicación al hombre que produce buenos frutos en la medida que sea bueno su corazón.
En el relato de Lucas estamos ante unas recomendaciones de Jesús dirigidas a sus oyentes. Insiste en la necesidad de la limpieza del corazón para llevar a cabo la tarea de poder guiar a los demás. De lo contrario corremos el riesgo de ser guías de ciegos que puede caer en el hoyo y hacer caer a los demás en la fosa. Sólo el que tiene el corazón limpio, el que ha sacado la viga de su ojo es capaz de ver claro y conducir a los demás al bien, orientarles con seguridad y evitarles los peligros. El que no ha quitado la viga de su ojo se equivoca, incluso cuando cree hacer el bien.
El evangelio nos lleva siempre a la interioridad, a lo profundo: no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno. Frente a la tentación de vivir las apariencias, Cristo nos invita a ser hombres que echan raíces en Él y nos mueve a arrancar del corazón toda hierba mala.
Aunque el cristianismo no es una religión de la perfección o de la efectividad malsana, no quiere decir que no se empeñe en la vida de cada día, en las relaciones humanas. El no juzgar a los demás no significa dejar pasar las cosas como si se estuviera proponiendo una “liberalidad” extrema. Vuelve a tener sentido que la “imitatio Dei” en la misericordia es lo que debe hacernos verdaderos hermanos. ¿Qué es lo que debemos tener en el corazón? Misericordia. De ahí salen los frutos de nuestra vida para que los demás los recojan.







