21 Marzo 2006 Seguir en 

Durante cientos de años había sido sólo una leyenda para los pobladores. Pero ahora el cuento llegó a su fin. La tercera catarata más alta del mundo (después de la de Tugela, en Sudáfrica, y del Salto del Ángel, en Venezuela) fue descubierta por un explorador alemán en el corazón de la Selva Amazónica peruana.
Inexistente en los mapas, y desconocida para todos, excepto los habitantes de pequeñas comunidades cercanas, la magnífica cascada lleva el nombre de Gocta, que es el del poblado más próximo.
Es gigantesca y se le puede ver desde un kilómetro, pero pocos se han atrevido a acercarse.
Sucede que la gente de la zona dice que una sirena rubia que habita entre las aguas resguarda un cáliz de oro y lanza una maldición a quien se atreve a acercarse más a sus dominios.
Las aguas caen 771 metros hacia un gigantesco cañón en el corazón de la remota provincia de Chachapoyas, unos 700 kilómetros al norte de la capital peruana.
El investigador alemán Stefan Ziemendorff y su grupo realizaron una medición de la cascada, y descubrieron que sólo es superada por el Salto del Angel, en Venezuela, con 972 metros, y las cascadas de Tungela, en Sudáfrica, con 948.
Aunque, claro está, ninguna de ellas cuenta con el privilegio de una sirena guardiana.
Inexistente en los mapas, y desconocida para todos, excepto los habitantes de pequeñas comunidades cercanas, la magnífica cascada lleva el nombre de Gocta, que es el del poblado más próximo.
Es gigantesca y se le puede ver desde un kilómetro, pero pocos se han atrevido a acercarse.
Sucede que la gente de la zona dice que una sirena rubia que habita entre las aguas resguarda un cáliz de oro y lanza una maldición a quien se atreve a acercarse más a sus dominios.
Las aguas caen 771 metros hacia un gigantesco cañón en el corazón de la remota provincia de Chachapoyas, unos 700 kilómetros al norte de la capital peruana.
El investigador alemán Stefan Ziemendorff y su grupo realizaron una medición de la cascada, y descubrieron que sólo es superada por el Salto del Angel, en Venezuela, con 972 metros, y las cascadas de Tungela, en Sudáfrica, con 948.
Aunque, claro está, ninguna de ellas cuenta con el privilegio de una sirena guardiana.
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