Recordando a Leda Valladares

Recordando a Leda Valladares

La talentosa tucumana, colaboradora fundacional de este suplemento, impregnó a Europa con su música, rescató las voces profundas de nuestros valles y plasmó una estética rigurosa en sus libros. En 1951, publicaba su primer poema en estas páginas.

15 Septiembre 2019

Lucía Piossek Prebisch

Profesora emérita de la UNT.

Leda fue uno de los seres más originales que he conocido. Tuve el privilegio de compartir con ella años intensos de mi adolescencia y juventud, cuando estudiábamos la misma carrera en la Facultad de Filosofía y Letras, cuando fundamos el Coro Universitario, cuando cantábamos en el cuarteto vocal a capella juntamente con las hermanas Lozada: Dora y Susana. Pude apreciar de cerca su talento artístico inagotable, su tenaz capacidad de trabajo y su obsesión por la calidad.

Leda viajó por el mundo y el país muchas veces, llevando sus canciones, entre los años 1945 y 1992. Y recibió más de una veintena de premios discernidos en nuestro país y en el exterior.

Pero yo querría presentar a Leda con sus propias palabras. Para ello hay un documento invalorable: su Autopresentación, texto delicioso, un modelo de inteligencia, profundidad, gracia inimitable y ternura redactado, y leído en nuestro Teatro San Martín, en 1977.

“Todo empezó en el sonajero. Me cobijaba como el ruido de las puertas y el crujido del mimbre. Desde la cuna, yo navegaba en los sonidos y su mar de ondulaciones, porque antes de mirar al mundo me puse a oírlo conducida por el sorbo de las cañerías y los resumideros atragantados. El cencerro de la vaca que venía cada siesta a la puerta de mi casa me rodeaba de un caliente resplandor; esa casa de la calle Monteagudo, de número 82, donde el misterio zumbaba en sus patios y sus resonantes baldosas. Cuando la vaca llegaba con su cencerro, un dulce olor a mamadera impregnaba la siesta. A esa hora yo estaba en los brazos de mi madre, mi madre en los brazos de la hamaca y el mundo entero hamacado por el balanceo de la vaca y su cencerro. En esas siestas la vaca era diosa de las calles provincianas, madre de los tambos y amparo de los chicos a biberón”.

A partir de 1948, Leda empieza a irse corporalmente de Tucumán: “A los dos días de recibirme en Filosofía, en el año 48, me embarcaba para Europa por un viaje de seis meses que en realidad duraría ocho años. Ese viaje significó la embriaguez del mundo, el descubrimiento de Europa y mi aterrizaje en la América profunda”.

Francia y los valles

El segundo viaje a Europa es decisivo. Nace el dúo Leda y María (María Elena Walsh), que les da fama internacional a ambas. Recuerdo que Daniel Alberto Dessein, de vuelta por entonces de uno de sus viajes a Francia, nos contó que en calles de París había oído tararear y silbar canciones del famoso dúo.

A Leda no le bastaba el solo canto. Fue comprendiendo que su labor era también la de investigar en los lugares mismos en que se guardan y se elaboran tales tesoros de música y poesía. “Revuelvo los Valles Calchaquíes para oír sus gargantas abismales. Desciendo más y más a su enigma y comprendo que es música de otras regiones del ser, aún secretas, por arcaicas sumergidas. ... Las grandes academias de canto están en los Valles Calchaquíes. Otra medida de la expresión. Otra captación sagrada de la voz y el universo”, dice Leda.

Quizá la Leda más esencial sea la que compone su propia música y escribe poesía con una modalidad estética a la que ella misma llamó “estética del vacío”. Estética del rigor, perfeccionista, intransigente; de la autenticidad personal y del respeto pasmado ante la inmensidad enigmática del mundo y de los seres humanos, estética ya prefigurada, o mejor dicho, ya nacida y entera en su primer libro de poemas, Se llaman llanto o abismo, publicado cuando apenas era estudiante en nuestra Universidad de Tucumán.

Leda cierra su Autopresentación con estas palabras: “Siempre escribí de un solo modo, sin pasar por modas literarias. No soy consciente de influencias pero debo tenerlas. Sólo sé que Residencia en la tierra, de Neruda, revolucionó mis sensaciones. He perseguido un laconismo sustancial y sé que cada palabra es un tacto en la tiniebla, una pelea a muerte por un rayo de luz, por una gota de certeza. Y la misión del poema es acompañar en lo inconsolable. Desde la infancia se recibe la quemadura metafísica y uno la sigue llevando hasta el fin de sus días. La quemadura del infinito sonoro y mirable que aparece en cada tarde, en cada mirada, ese infinito que sucede ‘entre dos miradas que se tiemblan’. El rito de vivir es un mirar oyendo sagradamente. Así seguirán mis acechanzas hasta que la vejez vaya extendiendo sus velos, y pueda entrar, con otros radares, a nuevos universos.”

© LA GACETA

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