La competencia desigual

28 Jul 2019 Por Ezequiel Fernández Moores
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RECUERDO AGRIDULCE. Desde los Juegos de la Juventud de Buenos Aires, el deporte amateur perdió presupuesto. reuters

Es el 12 de octubre de 2018. Son horas de euforia porque Buenos Aires recibe a los Juegos Olímpicos de la Juventud. El presidente Mauricio Macri llega en helicóptero a Villa Soldati para almorzar con los deportistas argentinos. Comparte mesa con Iñaki Mazza, fueguino del BMX. “¿Qué podemos hacer por ustedes?”, le pregunta Macri. “Mauricio -le responde el joven, confianzudo- hacenos una pista techada para practicar todo el año”. Obra cercana a los 300.000 dólares. “¡Pero eso es mucha plata para andar en ‘bici’!”, le dice Macri. “Si no nos apoyan -remata el joven- después no nos pidan resultados”. En la misma mesa con el presidente está la remera María Sol Ordás, hija de olímpicos, subcampeona mundial juvenil y, días después, primer oro en los Juegos de la Juventud. Hoy, cansada de tanta preparación y tan poco apoyo, y más abocada a sus estudios, Ordás ya no rema más en la selección. Es una posible medalla menos para Argentina en los Juegos Panamericanos que comenzaron en Lima. Y no es el único caso.

El detalle de aquel almuerzo forma parte de una extensa investigación publicada por el colega Ernesto Rodríguez (ephectosport.com.ar). La detección de talentos para aquellos Juegos de la Juventud fue metódica. A partir de enero 2014, unos 700.000 jóvenes nacidos de 2000 a 2003. Primero quedaron 8.000. Luego 530. Y, tras un trabajo final de dieciocho meses en el Cenard, quedaron los 142 que formaron la delegación argentina. En esos cuatro años de preparación, el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Enard) invirtió 12 millones de dólares. La cifra incluyó un total de 16 millones de pesos para becas que en 2018 subieron a 5.520 pesos para algunos deportistas y sueldos de 7.200 a 19.200 pesos para 115 entrenadores. Además de otros casi 3 millones de dólares para que los atletas compitieran por el mundo y llegaran en buena forma a los Juegos, como se reflejó en la formidable e inédita colección de 26 medallas (11 de oro, seis de plata y nueve de bronce). Fue una conquista tan elevada que los premios económicos prometidos por el Enard (hasta 100.000 pesos por cada medalla dorada, 50.000 por la plateada y 20.000 por el bronce) sufrieron una rebaja sustancial. El pago, cuenta el informe de Rodríguez, aún sigue pendiente. De los 142 atletas de los Juegos de la Juventud, quedan 27 becados. Cerca de 13.000 pesos cada uno. Dinero magro para atletas que, como sucede en algunos casos, tienen hijos. Y más magro aún si se lo compara con los más de mil millones de dólares que, según el informe de Rodríguez, terminaron costando los Juegos de la Juventud, más de 45 veces más de lo informado cuando se ganó la sede.

Esa cifra significa también cincuenta presupuestos deportivos. Los últimos tres presupuestos fueron a la baja. Con una pérdida acumulada, en dólares, cercana al 70 por ciento. El de 2019 es de 991.127.720 pesos. Son 105,6 millones menos que 2018. Y casi 442 millones menos que 2017. Las consecuencias son inevitables. Becas demoradas. Viajes cancelados. Deportistas que renuncian. Menos preparación. En el medio de todo eso, se produjo la rebaja de categoría de la Secretaría de Deportes a Agencia de Deporte Nacional (ADN) por Decreto de necesidad y urgencia (DNU). Su titular, Diógenes de Urquiza, es el viejo proveedor de la ropa Signia que viste a los atletas, incluídos a los que desfilaron en la inauguración del viernes pasado en Lima. La crisis no se detiene allí. Desde los ‘90 hasta aquí desaparecieron alrededor de 1.500 clubes, centro histórico de formación de nuestros deportistas. Y unos 500 han sido gerenciados, con buena pérdida de su función social original. Sólo en Buenos Aires, unos 150 clubes barriales sobreviven hoy como pueden en medio de tarifazos que implican boletas de luz de 151.849 pesos, como la que recibió apenas días atrás el club Portela de Gerli, en el partido de Lanús.

¿Cómo no entender entonces que Argentina compita en los Juegos Panamericanos de Lima con la modesta intención de retener el séptimo puesto en el medallero final, sin aspiraciones de alcanzar en el sexto lugar a México? ¿Cómo no entender entonces el discurso oficial reciente que destacó más a los cuarteles que a escuelas y clubes? “En general -escribió días atrás en Página 12 Osvaldo Arsenio, ex director de Alto Rendimiento Deportivo- la política no conoce profundamente ni las cualidades ni el potencial del deporte y la actividad física”. Hay una mezcla de “ignorancia y mezquindad” que impiden señalar al deporte como prioridad, añade Arsenio en un artículo titulado “El deporte a la deriva”. Países vecinos dan mucho más dinero al deporte. Arsenio dice que así, formar deportistas, pareciera quedar en manos de las escuelas privadas más favorecidas. Y que “a los sectores más desprotegidos” apenas les puede quedar el fútbol. Es cierto, un gol de River o Boca este fin de semana de comienzo de Superliga hará mucho más ruido que los cientos de atletas compitiendo en Lima. Horas para contarnos si el veterano fichaje italiano arribado a La Bombonera, Daniele de Rossi -que no es responsable de nada, claro-, desayunó café o té, si pateó con la derecha o la izquierda, si estornuda o va al baño. Es una competencia que, sabemos, se hace cada vez más desigual.

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