Nadie puede ya confundirse con Rafael Nadal

10 Jun 2019

Por Sebastián Fest

PARÍS- Créanle. “Yo nunca soñé con ganar Roland Garros”, dijo Rafael Nadal tras, precisamente, ganar su Roland Garros número 12. Créanle, sí, porque el sueño del niño, del adolescente, del joven Nadal no era París, era Londres: quería ser rey de Wimbledon, y lo sería en dos ocasiones. Otra cosa es que lo de rey quede chico para su hazaña en Francia y que tampoco alcance el título de emperador. Nadal, como Luis XIV cuando dijo “el Estado soy yo”, podría lanzar un “Roland Garros soy yo”. Y a ver quién se atreve a decirle que no.

Y eso que no es sencillo ser Nadal en París. Por un lado está la paradoja de que, cuánto más gana, más se le exige. Los seis Abiertos de Francia sumados entre los 70 y los 80 por Björn Borg eran una frontera en la historia del tenis profesional, que parecía difícil de alcanzar. Roger Federer lo hizo, con seis Australia; y la superó con ocho Wimbledon (uno más que Pete Sampras), pero los 12 Roland Garros de Nadal clausuran la historia. Es enormemente improbable que alguien vuelva a hacer algo comparable en un torneo de esa envergadura. Sobre todo porque Nadal volverá a París en 2020, y quién sabe si en 2021 y años subsiguientes. Los 12 podrían terminar siendo 13, quizás 14.

Pero no es sencillo ser Nadal en París porque, además, la relación entre él y el público es absolutamente inusual. Se puede entender lo que sucedió el viernes, cuando en el Philippe Chatrier miles gritaron “¡Roger, Roger!” en varios momentos del partido. Primaba el deseo de que Federer pasara a la final, primaba el vínculo emotivo con un campeón irrepetible. ¡Pero el rival era Nadal, el hombre que hace casi 15 años que pone el torneo en boca de todos! Quizás por eso, una vez consumada la clara victoria del español, el público le dedicó un “¡Rafa, Rafa!”, que sonó casi a disculpa. No todo el estadio funciona así, porque en las filas superiores -las de los boletos más baratos- el apoyo a Nadal es mayor que en los asientos más elitistas. Pero el Chatrier es federiano. A Roger lo aman, a Rafa lo admiran. No es lo mismo.

En la final de ayer se vio una vez más que el español es un portento físico, sí; y que tiene un gran talento, claro. Un talento diferente al de Federer, por supuesto, pero talento innegable. Así y todo, lo importante, lo definitorio en su paso por Roland Garros pasa por el esplendoroso regreso de su mejor golpe, que no es su derecha con top spin, ni su revés cruzado. No, Nadal, un tenista con alma de futbolista, gana sobre todo con cabezazos. Es allí, en esa mentalidad envidiable, que encuentra año tras año la fuerza para levantarse y seguir. Venía con dudas y derrotas, pero recuperó la memoria en Roma, dominando con gran autoridad a Novak Djokovic en la final; y en París retrasó la inevitable explosión del austríaco Dominic Thiem, como figura central del tenis mundial. Cualquier otro habría perdido el domingo con Thiem en la final. Nadal no.

Por eso nadie puede ya confundirse con el español. El nombre “Rafael Nadal” que figura 12 veces en la base del trofeo de Roland Garros representa a un tenista extraordinario, no a un guerrero del polvo de ladrillo, que es a lo que en buena parte de su carrera no pocos lo redujeron.

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