El rechazo

12 Ago 2018
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> SEXUALMENTE HABLANDO

INÉS PÁEZ DE LA TORRE

Psicóloga.

Alguien dijo una vez que cuando un hombre mira a su alrededor, ve un mundo lleno de mujeres atractivas y siente que, al menos en teoría, puede acercarse a cualquiera de ellas. Y es que el rol de la conquista, de tomar la iniciativa, de ser “el que propone” todavía forma parte de un paradigma cultural muy arraigado. Desmantelarlo no es sencillo, porque se remonta a muchos siglos.

En el Kamasutra, por ejemplo, Vatsyayana alecciona de mil y una maneras a los “ciudadanos” sobre el arte de seducir a las mujeres: cuando un hombre acomete, siempre ocurre que “primero ella se aleja, naturalmente, aun cuando esté en el fondo dispuesta a unirse a él”. En el capítulo “De las esposas de otros”, el sabio hindú despliega los artilugios necesarios para ganarse a una mujer comprometida. No descarta, sin embargo, la posibilidad de que, aun poniendo en marcha las mejores estrategias, una mujer rechace a quien intenta conquistarla. Y enumera, con la gracia que caracteriza a este antiguo texto, las muy variadas causas “que hacen rechazar a una mujer las persecuciones de un hombre”.

“El afecto por su marido”, “el deseo de descendencia legal”, “la diferencia de rangos sociales”, “la sospecha de que el hombre pueda estar ligado a otra persona” y “la desconfianza de su bajo carácter” figuran en la larga lista.

Otros motivos pueden venir de “la ira de ser abordada familiarmente por un hombre”, la falta de certeza “a causa de la costumbre que tenga el hombre de viajar” o el temor de que “no mantenga sus intenciones secretas”. Tampoco es muy auspicioso que ella piense que su pretendiente es “demasiado afecto a sus amigos y demasiado condescendiente con ellos”. Puede además negarse a los acercamientos por “la aprensión de que no sea serio”, por “una especie de vergüenza porque él es demasiado hábil” o por el “temor de que no sea potente, o de una pasión impetuosa”.

El “recuerdo de haber vivido con él en términos amistosos” no es precisamente un buen augurio, al igual que advertir “su falta de conocimiento del mundo” o “la desilusión al verle los cabellos grises o el aspecto mezquino”. Aunque quizás la mujer se niega sencillamente por “la indignación de que él no parezca apercibirse de su amor por él”. Puede tener recelo “de que le suceda alguna desgracia a causa de su pasión”, temor ser descubierta o que todo el asunto no sea más que una artimaña de su propio esposo “para probar su castidad”. “La desconfianza en ella misma y sus propias imperfecciones” la harán vacilar, al igual que la sospecha de que él “sea demasiado escrupuloso en cuanto a moralidad”.

Vatsyayana advierte que la negativa “en el caso de una mujer elefante” seguramente proviene de la “suposición de que es un hombre liebre o de débil pasión”. Sin embargo, “cualquiera sea la causa que el hombre llegue a adivinar, debe, desde el principio, esforzarse en destruirla”.

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