Rusia, un mundo de sensaciones

14 Jun 2018
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Día 2. Tome nota. El jet lag viene a ser el peor enemigo de la primera noche de sueño en Moscú. No es el único, vale la pena aclararlo, porque justo cuando el ojo está bajando su persiana la noche desaparece como por arte de magia. A las 3 de la mañana, Moscú nos regala su noche blanca, la que no conocíamos y a la que también habrá que acostumbrarse. No pasa nada. Sigamos.

A la calle. Todo lo rodea al primer anillo de Moscú es de alto nivel, el famoso ABC 1. Cada cual hace gala de su auto, cuya diversidad de modelos y de marcas casi que asusta. Querés un Maserati, lo tenés; un Porsche, lo tenés; Mercedes Benz, ni hablar. Japoneses, coreanos, hay de a miles. Todos de alta gama. Tampoco faltan los Audi estilo sedan, cupé, pisteros. Hay de todo en Moscú, una ciudad fierrera. A los moscovitas les gusta la velocidad. El que tiene con qué, acelera, y el que no, mira desde la vereda. Sigamos.

El romance. Dicen que los latinos son de sangre caliente, lanceros. Los muchachos que se mueven en grupetes pequeños recurren a un arsenal de piropos controlados. Si por esas casualidades de la vida hubo una sonrisa de devolución, el pescador va por el premio mayor, siempre alentado por el resto de la manada: el idioma no es un problema. Todos son mimos acá, gesticulan, se hacen entender. Puede haber amor, un número de Whatsapp al menos. Bingo.

Comer, vivir, estar. Dependiendo del bolsillo, de si es gasolero o pudiente, los hinchas seleccionan diferentes bares o restaurantes. Moscú dispone de una amplitud de precios que acompaña hasta los más osados a los que su presupuesto les prohíbe superar los 30 euros diarios, una millonada en algunos casos. Los que menos tienen apelan a las famosas casas de comidas rápidas, tan globales como sus precios. Se puede comer por menos de 400 rublos, algo así como 7 dólares, más o menos.

El drink. El vodka no es una selección de primera mano. La cerveza sí. Moscú se parece más a un October Fest alemán que a la tierra del buen vodka. Precio y calidad.

El subte, un museo en cada estación. La descripción de las paradas en cirílico son ilegibles. No es una barrera. Lo bueno de las principales líneas es que giran en círculo, o sea, no te podés perder. A lo sumo te pasás de parada y volvés girar dentro de esta calesita gigante que viaja a oscuras. Vale la pena perderse, porque cada parada sorprende con una arquitectura de época maravillosa. Moscú es historia y su historia vive en sus calles y túneles.

El traductor. Encontrar un voluntario de la FIFA que hable español tiene carácter de milagro. En el media center cercano a Plaza Roja Elena es la salvación. Vivió cuatro años en Barcelona, lo habla perfecto. Y si con eso no alcanza, en su repertorio cuenta con italiano, francés e inglés. Una máquina lingüística Elena, la más recurrida entre los periodistas de habla hispana. Bien por ella.

El clima, una perinola. Lo mejor es salir con un bolso a cuestas, por las dudas. Puede llover de un momento a otro. Y cuando el sol pierde con las nubes, la temperatura baja considerablemente. Más vale prevenir que curar.

Nos vemos el día 3.

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