Te diré adiós

14 Ene 2018
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Nunca pudo dejarme. Ni siquiera sus infidelidades me torcieron el brazo. “Nos encontraremos de nuevo”, balbuceaba en nuestras últimas citas. Jamás le prometí ser Juana de Arco, nada que ver con ella. Le prometí hacerlo volar, pero no me necesitaba para eso. El piano era sus alas. Su alma olía a jazz, pero también a Ravel, Debussy y Chopin. Decía que yo era como la muerte y la transfiguración. Conmigo el dolor era más soportable. En ese espejo veía a un changuito de seis años acurrucado al lado del Bechstein vertical de su madre, escuchando la clase que el profesor le daba a su hermano Harry en esa casa de Plainfield, en Nueva Jersey. Poco sé de esa época, solo que era un leoncito que rugió por primera vez el 16 agosto de 1929. Su padre galés los hostigaba hasta en la respiración. Mamá Mary, una inmigrante rusa, cansada de sus borracheras y engaños, pegó el portazo y se rajó con los dos críos.

Una flauta lo lleva becado a la Southeastern Louisiana University; integra su banda; juega al fútbol americano. Con el título de piano bajo el brazo, en 1950, comienza a tocar en la Fifth Army Band, donde estará tres años. Ve la luz el Waltz for Debby que ronroneará en su mente el resto de sus días. Cuatro años después Nueva York le abre los brazos. La verdad, no recuerdo exactamente cuándo nos conocimos. Me parece que nuestros encuentros eran ya furtivos cuando se juntaba con los cinco morochos del sexteto, a quienes yo les presumía con algún éxito. Lo regenteaba un tal Miles Davis. Era el 59. Con John Coltrane, Cannoball Adderley en saxos, el contrabajista Paul Chambers, Jimmy Cobb en batería y Miles en trompeta le abrió las puertas al jazz modal con “Kind of Blue”. Nunca se supo a ciencia cierta si el Davis le había tucumaneado Blue in Green, tema que hizo historia. Por ser blanco, se sentía segregado por sus compañeros. Se fue.

Su Peace piece me repelía. Me volvía loca. No podía competir con esa suerte de Berceuse, de Chopin. Y yo que soy agarrera... su alma ya silbaba en trío. “Sunday at the village vanguard” fue su presentación. El contrabajista Scott LaFaro y el batero Paul Motian, sus laderos. Luego vino la tragedia. Fue en el 61. Los 25 años de LaFaro se estrellaron en Nueva York. Se vino a pique. La depresión lo arrinconaba. Un horizonte de flemático suicidio se insinuaba en los ecos taciturnos de sus gestos. Poco a poco volvió a amigarse con el piano.

Él es su cófrade. Charla. Sueña. Fantasea. Crea. “Cuando tocas música, descubres una parte de ti que no sabías que existía”, le dice a Eddie Gómez y este le contrabajea sus intuiciones. Lo nuestro fue una ida y vuelta, un tomo y obligo. En el Si menor de un vals se desliza ahora la muerte, esa misma que ha empujado a su esposa Ellaine, también mi adicta, a las vías del subterráneo. Los amores se frustran en sus calvarios. A comienzos de los setenta, Nenette se cruza en su teclado y germina en Evan. Una carta caricia le compone su padre.

La magia de un beso

Hurga en los huecos de la melodía, rastreando los sonidos del sentimiento. Ese espinazo doblado que se dibuja sobre las teclas, destila un lirismo sutil, una profunda diafanidad. El alcohol entretiene a menudo sus insomnios. “Creo en las cosas que se desarrollan mediante el trabajo duro. Siempre me gustaron quienes se desarrollaron, especialmente a través de la introspección y mucha dedicación”, le dice a la armónica del Toots Thielemans. Toca con varios de los mejores: Miles Davis, Lee Konitz, Charles Mingus, Cannonball Adderley, John Coltrane, Stan Getz, Niels-Henning Ørsted Pedersen… Tony Bennett modela en una balada la ternura. Le habla de Some other time, de ese My foolish heart, que tropieza en la magia de un beso. Piano y canto despiertan la intimidad de la vida y la invitan a soñar.

Me acorralan flashes del Village Vanguard. Tantas noches mimándonos. Estaba atado a un contrato. Por ese tiempo el brazo derecho se le declaró en huelga, tuvo que tocar durante varias semanas con el izquierdo, con la complicidad del pedal. Experimenta en todos los formatos. Conversa consigo mismo. Toca cien veces un mismo tema y siempre lo viste de un eco interior diferente. Very early, Time remembered, Waltz for Debby, Blue in green, Turn out the stars, Your story, Song for Helen, Letter to Evan, brotan en sus propios almácigos. 1979. Una camarera canadiense se le abrocha a su angustia. Nadie como yo para sacársela. Su hermano Harry, trampeado por la esquizofrenia, se mata. We Will Meet Again, le dice desde el teclado. Acepta todos los recitales que le ofrecen. Necesita sujetar su zozobra espiritual, nutrir de música su propio cortejo. Cualquier desvelo puede ser el último. Ha transformado un rostro del jazz. Los varios Grammy ganados no han podido perturbar sus tormentos. Ha hecho cantar la soledad en trío.

“Mi credo, respecto del arte en general, es que debería enriquecer el alma; enseñar espiritualmente exhibiendo una faceta del artista, que no podría descubrirse de otra forma… Cuando Chopin, Bach o Mozart improvisaban música, cuando hacían música en el momento, estaban en esencia tocando jazz. Dialogamos en sentido absoluto con nuestros estados de ánimo… y el arte musical es el arte de hablar con esta cualidad de la espontaneidad. Esa es la parte más emocionante del jazz”, le dice al guitarrista Jim Hall. Los dedos driblean la melancolía. No hay brusquedad. No hace falta aporrear las negras y corcheas para hacer cantar el corazón. El piano le practica un psicoanálisis a sus metáforas musicales, estrelladas en la penumbra de la nada.

1980, lunes 15 de septiembre. Nueva York. Los acordes de I Will Say Good Bye me derrumban. No puedo soportarlo. La hepatitis, el abuso de drogas, úlceras sangrantes, la mala alimentación, le han minado la esperanza y van despidiendo a ese lento suplicio de 51 años. Llueve, pero no en mi corazón. Aunque dicen que no tengo. Quizás sea cierto. No puedo afirmar que lo amé. Tengo miles de amantes. Pero él era muy especial. Lo que toco destruyo. Es mi naturaleza. Una suerte de poesía trágica deambula ahora despavorida entre las sombras. Soy una heroína que marcha abrazada siempre a la muerte. Bill Evans es desde entonces un soplo de jazz en el universo.

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