›› PANORAMA TUCUMANO

El Bicentenario durará para siempre

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Guillermo Monti
LA GACETA

El año del Bicentenario será historia dentro de un par de parpadeos. Un brindis y bienvenido 2017. La noche del 8 de julio parece lejana, pero fue ayer nomás. ¿Se acuerda? La plaza Independencia lucía de bote a bote, desbordada por una alegría contagiosa. Se vio un Tucumán unido y positivo, necesitado de creer en un futuro distinto, y fue tanta la energía transmitida por la multitud que LA GACETA tituló “¡La patria viva!” Significó una vuelta de tuerca genuino a esos “viva la Patria” apagados y de compromiso que suelen proferirse en una que otra topada con forma de efeméride. Durante esos días, Tucumán se notó más vivo que de costumbre.

Escrito después de la medianoche, con la presión por el cierre de una edición histórica sobre el teclado, un texto en la tapa del diario intentaba rescatar el espíritu del momento. Van algunos párrafos:

- Había algo guardado en el corazón de Tucumán. Un sentimiento, una pasión, un orgullo. Seguramente quería salir, pero no encontraba la oportunidad.

- Al Bicentenario lo veíamos venir con indiferencia -en algún caso hasta lo ninguneamos- y anoche nos dio una lección, porque fue capaz de sacar lo mejor de nosotros.

- Semejante y maravillosa expresión de fervor y de unidad es la voz de una sociedad que zamarrea a la historia, la toma de los hombros y le pide a gritos un nuevo comienzo.

- Tucumán se apiñó en una plaza de todos, se abrazó al Himno, terminó empachado de fuegos artificiales y derramó tantas lágrimas que el 9 de julio nació navegando en un mar de emociones. Una noche mágica, redonda, cálida en pleno invierno.

- El futuro está aquí, es ya mismo, nos interpela, nos obliga, nos motiva.

Con LA GACETA de ayer se entregó un suplemento especial, al que bautizamos “Bienvenidos a la Era del Tricentenario”. Varias notas recogieron el guante del 9 de julio y apelaron a esos significantes -los intelectuales y los sentimentales- para hablar de lo que viene. Fue la sociedad -mayormente en la calle- la protagonista de las celebraciones del Bicentenario y ese mensaje, tan democrático, alcanzó múltiples destinatarios. Sería grave que esa fuerza espiritual terminara diluyéndose, de allí la necesidad de mantener el motor del progreso en marcha.

El tejido social tucumano es complejo, fruto de medio siglo de pésima calidad institucional. Nada es casual, fue tanta la violencia que soportó la ciudadanía y es tanta la pobreza estructural que, en cierta medida, somos un milagro diario. A tantas calamidades, desde el cierre de los ingenios a esta parte, la provincia se las arregló para responderles y mantenerse en pie. Hay mucha fortaleza en esta verde y plácida tierra del Aconquija, un capital más que simbólico que sólo puede servir para construir.

Seguramente suena redundante la apelación al Bicentenario como un ejemplo de lo que Tucumán está en condiciones de ser. Habrá que acostumbrarse, porque fueron jornadas inolvidables y conmovedoras. Ante cada vacilación, cada traspié, convendrá echarle una mirada a julio de 2016 y tomarlo como ejemplo. Para eso sirve, a fin de cuentas, la historia.

Pensar en el Tucumán inminente, en el que va perfilándose en el mediano plazo y en el de los próximos 100 años es una obligación para los estadistas y una invitación para el ciudadano de a pie. Más bien un desafío. Ser parte, no testigo. Con pensamiento crítico y con acción. Con honestidad y solidaridad. Con otra mirada para los que menos tienen. “El vagabundo que está llamando a tu puerta tiene puesta la ropa que alguna vez asuste”, escribió Bob Dylan, a quien este año le dieron el Nobel de Literatura.

La cultura líquida, esa embriagante sensación de euforia que proporciona lo inmediato, suele conspirar contra este tipo de reflexiones. Las palabras corren el serio riesgo de perder su valor cuando se amontonan porque sí o, peor todavía, se cambian por silencios que son en realidad indiferencia. Pues bien, todavía queda mucho que decir sobre el Bicentenario. Puede terminarse el año que lo cobijó, pero nunca su carácter fundacional, la certeza de que es el punto de partida para infinidad de cosas.