›› PANORAMA TUCUMANO

El encanto del “bel canto”

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Gustavo Martinelli
LA GACETA

¿Te gusta la ópera? Con esta frase se inicia una de las escenas más conmovedoras de la premiada película “Filadelfia” (1993). Esa en la que el protagonista, Andrew Beckett (interpretado por Tom Hanks) intenta explicarle al abogado Joseph Miller (Denzel Washington), lo que la ópera significa para él: un modo de vida, un sentimiento, un éxtasis. Y lo hace mientras escucha a todo volumen la extraordinaria aria “La mamma morta”, de la ópera “Andrea Chenier” de Umberto Giordano, interpretada nada menos que por Maria Callas. La escena, cargada de dramatismo, es ya un clásico de la historia del cine y el personaje de Hanks la usa para explicar cómo ha llegado al convencimiento de que no hay manera de sobrevivir al sida y que está preparado para enfrentarse a la muerte. Esa simple conjunción entre música, poesía e imágenes bastó para arrancar las lágrimas de los espectadores. De hecho esta secuencia ha sido el punto de partida para que muchas personas empezaran a escuchar ópera. Porque, seamos sinceros... ¿Quién puede decir que la ópera es aburrida? ¿Quién se atreve a sostener que “La Traviata” o “Aída”, o “La Bohème” carecen de glamour y sólo pueden exhibir ostentación? ¿Cómo puede ser que hayamos olvidado que la ópera, como cualquier otra manifestación del arte, es ante todo un vehículo para acercarnos a nosotros mismos? Hoy prevalece la idea de que para poder disfrutar de una gala lírica es preciso pertenecer a una fraternidad de iniciados cuidadosamente escogidos por las musas. Nada más errado. La ópera es un género que divierte y conmueve. Mujeres que cantan mientras agonizan, hechiceras que se confunden y matan a sus propios hijos creyendo que son los hijos de sus enemigos, brebajes mágicos que unen a los amantes o los separan para siempre, gigantes, dioses, dragones y artesanos que cantan a viva voz. Todo eso es la ópera. Y aún más: es también un drama que carece de lógica. Porque cuando un tenor se entera de que su amada corre peligro se entretiene dando un do de pecho magistral en vez de correr en su ayuda... ¡Claro que la ópera es ilógica! ¡Claro que es absolutamente absurdo que alguien cante mientras come o mientras se desploma agobiado por un ataque fulminante de tuberculosis! Pero es eso justamente lo que convierte a la ópera en un género deslumbrante, en una suerte de espectáculo global donde entran en juego todos los sentidos.

Por eso, que en Tucumán podamos tener la posibilidad de ver aunque sea una puesta de nivel superior por año es una oportunidad que no se debe soslayar. Un regalo que merece todo nuestro apoyo. No sólo como ciudadanos, sino también como artífices de la cultura local. El estreno de “La Bohème”, de Giacomo Puccini en el teatro San Martín fue, tal vez, uno de los mayores acontecimientos de este Septiembre Musical. Sobre todo porque la provincia siempre fue fértil para este género. No debemos olvidar que a principios del siglo pasado actuó en esta ciudad nada menos que Enrico Caruso, el tenor que hoy es una leyenda. Así, “La Bohème” viene a nutrir una agenda que se inició hace ya algunos años y que agrupa, entre otras, a “La Traviata”, “Tosca”, “Aída”, “Carmina Burana”, “Nabuco”, o “la hija del regimiento”. Por eso, no es exagerado afirmar que en Tucumán la ópera no sólo está viva sino que crece año a año. Y crece nutrida por artistas locales, que no es poco mérito. Porque nunca fueron tan verdaderas las manifestaciones amorosas o la pasión vital que cuando fueron cantadas sobre un escenario propio y con gente nuestra.

Lo que resulta un poco incomprensible es que, a pesar de contar con potentes elencos estables, con agrupaciones independientes de fuste y con uno de los teatros más bellos del país, Tucumán no haya podido aún establecer una temporada lírica organizada. Una de las razones es, por supuesto, presupuestaria. La puesta en escena de una ópera o zarzuela, por más minimalista que sea su concepción, requiere mucho dinero. Dinero que los funcionarios, en la mayoría de los casos, prefieren invertir en espectáculos más “populares” y vistosos en la plaza Independencia que, dicho sea de paso, son también caros. Sin embargo, este año se consiguió estrenar tres óperas: “Pagliacci”, de Ruggero Leoncavallo en marzo; “La hija del regimiento”, de Gaetano Donizetti en julio y “La Bohème”, ahora. Esto habla del dinamismo que tiene el género y de la gran cantidad de público que lo apoya en cada puesta. Porque -justo es decirlo- muchas de estas óperas se vieron en unas pocas funciones y, por lo tanto, mucha gente se quedó con las ganas. Ese público no es un público cualquiera, sino uno que está en constante renovación, que crece y se diversifica; que late y pide más. Porque, si algo tiene de gratificante asistir a una función lírica en Tucumán es comprobar la gran cantidad de jóvenes que llenan los palcos y las plateas. Éste es precisamente el mayor secreto de este género que amalgama teatro con música: llegar a donde la palabra ya no puede. Expresar con música lo que ya no somos capaces de gritar. Como dijo el poeta T.S. Eliot: “el que se acerca a las grandes óperas tiene un buen antídoto contra lo malo del mundo en que vivimos: la banalidad, el utilitarismo y la superficialidad ruidosa que no ayuda a educar la sensibilidad”.